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La esencia de la enseñanza: ser buen profesor

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Javiera tiene 13 años,  es inteligente, una de las alumnas más cleaver del séptimo b, pero se enoja con facilidad. A poco de comenzar la primera hora de clases, una compañera le ofrece pelea. La “Javi” no responde, se pone nerviosa y prefiere bajar la vista a su cuaderno y apretar los puños, la situación queda en nada hasta el recreo, ahí la cosa cambia. La Javiera está enojada, harta de que la molesten, y no lo piensa mucho antes  de devolver los golpes que le habían ofrecido en medio del patio. La pelea la terminan sus compañeras, y el inspector alertado por un profesor – que al verlas pasó de largo –  aparece a último momento para llevar a ambas niñas a inspectoría. Suspende a Javiera, aunque virtualmente no fue ella quien comenzó el conflicto. De vuelta en clases, la Javi intenta contarle el problema a su profesora jefe. ¿Qué obtiene por respuesta? “No es manera de solucionar las cosas, no son animales. Los problemas que tengan en la casa los dejan en la casa. Yo tengo problemas, hartos problemas y no los traigo al colegio. Si te suspendieron es tu culpa” Mientras la clase continua con normalidad, la Javi termina en su puesto llorando. No es la primera vez que un profesor prefiere no escucharla, en su colegio anterior tampoco la oían y sus compañeros le hacían bullyng, por eso sus papás pidieron el traslado. Pero aquí la situación no es muy diferente, sino por el contrario.

Muchos de los profesores – me rehusó a decir todos – parecen haber pactado un código de obligaciones implícitas, sombrías y siniestras. Territorios delimitados por líneas geográficas invisibles. Las peleas en medio del recreo, por ejemplo, no son su asunto. En la sala de clases la situación es distinta, allí sí interfieren, porque las acciones están pauteadas: gritan a la primera, amenazan – gritando – a la segunda, anotan – después de gritar – a la tercera, y envían – gritando –  a inspectoría a la cuarta. Preguntar por el problema, no es una opción. Hacerse cargo del problema, imposible. La educación en el colegio depende de las órdenes, del control y de qué tan enserio se tomen las reglas. “Gobiérnense” es la palabra que más suena en boca de los profesores, poco importa si los aludidos tienen siete años y definitivamente desconocen su significado. Escuchar a los niños, tampoco parece ser parte de sus obligaciones, las caras de tedio los delatan, no los miran mientras hablan, prestan poca atención a sus preguntas, responden cosas que no vienen al caso y en la “mejor” de las situaciones contestan: “estoy ocupado, anda a sentarte”. Lo que más sorprende, es que casi todos estos “pedagogos” portadores de la etiqueta “siglo pasado” no sobrepasan los 30 años.

Rodrigo cursa séptimo por segunda vez. Acaba de cumplir 15, sus ojos son curiosos, pero habla poco. Sentado en un rincón, pasa las horas de clase mirando por la ventana, buscando afuera algo que claramente adentro no encuentra. No presta mucha atención, tampoco molesta. Si alguien le hace alguna pregunta sonríe, pero no responde.  A su corta edad ya sabe muy bien lo que significa ser ignorado. Pertenece al denominado grupo D.F[1], y los profesores nunca han tenido el menor tino al decírselo. Hace mucho tiempo que nadie pone expectativas en él y él no quiere poner expectativas en sí mismo. Todos dicen que no puede, y él está convencido que es cierto, o al menos lo estaba antes de rendir su último control de lectura. Ese día martes el Roro parecía inquieto, habíamos hecho un repaso y un par de actividades con el curso jornadas atrás para preparar el control y a diferencia de otras ocasiones, él había abandonado su constante búsqueda tras la ventana para hacernos compañía,  aunque lo habíamos animado a participar y él había vaciado su cabeza de preguntas, tenía miedo de haber revuelto las ideas. Al finalizar el control, me pidió ansioso que se lo revisara y, mientras lo hacía, él aguardó a mi lado en posición firme, en silencio y con la respiración contenida. Al ver el resultado sus enormes ojos se contrajeron con fuerza hasta quedar entrecerrados, sonrió.  – ¿Esa es mi nota profe?… Nunca me había sacado esa nota[2] – gritó exaltado. Luego tomó su prueba de sobre la mesa, rojo de puro orgullo, me miró fijo y comentó –  no soy na´h tan tonto, ¿eh, profe?

Rodrigo no es tonto y mucho menos deficiente mental, tiene déficit atencional y problemas de aprendizaje leves. Basta con apretar un poco, guiar sus conocimientos, responder sus dudas con paciencia y no perder el control mientras te persigue por la sala preguntando por quinta vez lo mismo que hace dos segundos le acababas de responder. Nada que a un alumno en práctica – mi caso – le cueste trabajo, y mucho menos de lo que debiese costarle a un profesor que lleva 10 años de carrera. Aun así, la experiencia para Rodrigo fue toda una novedad, él para los profesores es, simplemente y en el mejor de los casos, uno más entre 35, y en el peor,  uno menos en la lista.

Madeleine es bajita, veloz e inquieta como una ardilla Narniana[3]. Su carita infantil esta coronada por dos hoyuelos feroces que se pronuncian cuando sonríe. Le gusta hablar con ella misma en voz alta y contarse chistes de vez en cuando. No aparenta más de 10 de años, pero tiene 13 desde Junio. No le gusta la clase de lenguaje (“no importa mientras no hable”), le desagradan las matemáticas (“no importa mientras no se pare”), detesta ciencias (“da igual mientras no moleste”) y pone mala cara en historia (“no interesa mientras no interrumpa”). Siempre lleva un cuaderno y un plumón a cuestas. Le gusta dibujar calaveras y ponerles nombres, su favorita es azul y se llama Perry, como el ornitorrinco. Madeleine no pone mucha atención en nada, y la mayoría de los profesores no ponen mucha atención en ella, porque hacerlo implica quitar la atención del resto. Y es que la Made, como la llaman todos, vale por 5 y hasta por 6 alumnos juntos, así que cuando no está oyendo, a nadie le importa demasiado mientras se mantenga quieta.

Todo lo narrado hasta aquí, a mí me suena simple y llanamente a una declaración de guerra: la vocación por poco convertida en reliquia de anticuario y las salas de clases casi transformadas en mazmorras. Locos colmilludos con títulos ocultos bajo la chaqueta. Clones de Umbridge[4] intentando gobernar la mente y el espíritu de los niños, siniestros y elaborados planes para transformarlos en zombies. Pero, ¡diantres! Hay algo aquí que no cuadra, ¿cuál es el centro de esta declaración?

Si revisamos el panorama general, sinceramente creo es molesta la obviedad del asunto, así que enfoquemos. ¿Qué es vocación? Obviando, si es posible, la religiosidad que impera en el término, digamos que se trata de un llamado accidental, una incitación más que una invitación, un empujoncito al vacío, que para el caso – el nuestro, claro – podemos traducir como la relación más tierna, perfecta y pura que puede surgir entre la enseñanza y los hombres. Ser profesor es aceptar esa llamada y  dejarse embriagar antes de la primera copa. Pero hay más. Tiene que haber algo más y no por capricho, sino por una necesidad espiritual. Digo, todos pueden enseñar, los padres son maestros sin ser profesores y no es el bautizo universitario, ni el titulo el que te hacen parte del club. Hay quienes sin tener ninguna de estas características, poseen esa magia que solo es posible evaluar en el brillo de los ojos de un niño cuando ha aprendido algo nuevo. ¿Qué hace la diferencia entre el loco colmilludo que lleva el título apretujado bajo el gabán, que camina con prisa evadiendo los charcos de agua, que no sonríe ni en la foto de fin de curso, que está ronco de tanto gritar y la chica despistada, con el pelo revuelto, que entra al salón con prisa, que reparte saludos entre sus teenagers, que no mete más ruido al hablar del que hace cuando desliza sus tenis por el piso? ¿Qué dirían de ellos Javiera, Rodrigo y Madeleine? ¿Si los dejaran elegir, si pudieran probar un par de semanas, por cual decidirían?

Vocación no es otra cosa que inspiración pura. Ser profesor por vocación es entender que la enseñanza es más que la imposición ciega de un montón de normas, o la entrega de contenidos. No basta ser una divinidad intelectual, hay que tener la capacidad de encantar. Entender que no se trata con seres inferiores, sino con personas pequeñitas. Ser feliz un poco todos los días y poder contagiarlo. Ser Profesor – y ahora con mayúscula – es aceptar la misión de alentar voluntades y desarrollar potenciales, sentirse inquieto e inquietar el resto, hacer un cambio. No es gradual, es caótico y hermoso como una suite en Chelo. Y lo importante es entender que, si esto no se entiende, si se olvida el fin, no se pierde una batalla, se declara una guerra.


[1] Deficiente mental                 

[2] 6.5

[3] Mundo fantástico creado por C.S Lewis.

[4] Personaje creado por J.K Rowling. 

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13 de marzo

Se tiene, como modelo y caricatura, al profesor tipo, como un personaje que vive un poco de la filosofía, bonachón, obviamente no consumista, generoso, con altura de miras, pausado y paciente. O sea, un prohombre a secas.
La realidad es que las personas que enseñan tienen muchas formas, gustos, intereses, problemas y ambiciones. Cuando decidieron ser profesores (con mas o menos convencimiento), practicamente NINGUNO pensó que mas de la mitad del tiempo de clases se destinaría a imponer disciplina, a calmar niños, a detener peleas o a tener que callar al curso cada 3 minutos; por el contrario, también se imaginaron una sala de clases bucólica, con niños interesados, amables, simpáticos; no se imaginaron jamás que habrían niños con D.F., Dislexia u otro déficit; y menos, niños garabateros, deslenguados o que intenten agredir.
No creo que se le pueda pedir a alguien, en pleno siglo XXI que sea modelado con la base del profesor rural del siglo XIX, que se batía con la escasez, grupos mas pequeños y que tenía mas herramientas disciplinarias que ahora. Los profesores aludidos en el artículo están asustados de imponer orden; no se meten en conflictos porque eso les puede provocar problemas laborales, etc. En suma, el modelo de profesor del nuevo milenio debe variar; y no se le puede pedir el estoicismo y frugalidad del modelo anterior.

14 de marzo

Arturo, personalmente creo que el enseñar y a la vez educar a los niños, no es solo pasar materias y dejárselas claras, si no que también se refiere a entregarles modelos, disciplinas, hábitos, modales y todo lo que se relacione con el educar. Claramente un profesor no es un padre, el profesor no le enseñará cosas exactas ni tampoco entregará una formación entera a los niños como lo hacen en casa, pero sí entrega experiencias básicas relacionadas con las relaciones grupales. Y por lo consecuente cuando se decide el ser profesor esas pequeñas grandes cosas que trae el educar se deberían tener claras.

Si nos referimos al texto, Valera habla de profesores que cometen el error de no saber manejar situaciones, de profesores poco empáticos y de esos profesores que discriminan sin hacer una observación profesional. Sí, es posible que los niños nos hagan perder la paciencia a todos, pero eso ocurre cuando se nos olvida que fuimos chiquitos. Quizás la empatía y el profesionalismo son un método que los profesores muchas veces pasan por alto.

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