#Sociedad

Una bandera sin pliegues

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La aceptación mediatizada de la bandera, de los colores y de la fiesta que hace tanto tiempo ha marcado la forma en que ciertos espacios de lo LGBT se hacen presentes en la ciudad, plantea la necesidad urgente de una revisión de los modos en los que representamos nuestro ejercicio de estar en el mundo: nos obliga a repensar sobre como nos nombramos y sobre la sociedad que queremos e imaginamos.

Un arcoiris de 100 metros de largo, fabricado en tela, atraviesa la Alameda. Se alza en Santiago una enorme bandera multicolor del orgullo, una bandera que supuestamente representa los intereses de una comunidad LGBT que se construye en torno a unas demandas bien específicas que hablan de matrimonio, de vida en pareja, de integración y de igualdad.

Sin embargo, lo que en realidad pudimos ver, es que en la marcha por la igualdad -convocada por la Fundación Iguales y desarrollada el sábado 22 de junio de 2013- se alzó sobre nuestra ciudad una bandera sin pliegues, sin dobles lecturas, sin miradas criticas.

Esa bandera que se levantó sobre Santiago como un signo de victoria y libertad es, en realidad, un triste y mudo testigo de la desarticulación política de un movimiento LGBT, que hoy, en Chile, se construyen bajo presupuestos blanqueados y carentes de sentido crítico.

Es una bandera que niega nuestra historia y blanquea la existencia de las demandas de los colectivos y organizaciones que desde las críticas a la heterosexualidad como régimen político imbricado con la raza y la clase, buscan la desarticulación de las representaciones de lo normal, entendiendo que existe una fractura insalvable entre la búsqueda de la justicia y la incorporación legislativa de lo distinto en los márgenes de lo que se asume socialmente aceptable y permitido.

Esa bandera es el soporte simbólico sobre el que se levantan los silencios, las cuentas pendientes, la obliteración de las identidades inconvenientes y los gestos discordantes.

Representa la incorporación colonizada de un discurso que desdibuja lo local y sus violencias cotidianas, a través de la construcción de una ficción higienizada de lo homosexual entendido solamente como lúdico desmarque “Chic” hacia lo supuestamente diverso.

Pero no nos dejemos engañar, en Chile el demarque de la heterosexualidad no es chic, ni es lúdico, ni es integrador. Es un combate cotidiano por la propia existencia, enmarcado, por supuesto, en la desigualdad sistémica de un país en el que la pobreza, el racismo y la desigual distribución de las riquezasa condensan una serie de cuestiones que jamás podrán articularse bajo una bandera de colores que nos dice que somos todos iguales.

La aceptación mediatizada de la bandera, de los colores y de la fiesta que hace tanto tiempo ha marcado la forma en que ciertos espacios de lo LGBT se hacen presentes en la ciudad, plantea la necesidad urgente de una revisión de los modos en los que representamos nuestro ejercicio de estar en el mundo: nos obliga a repensar sobre como nos nombramos y sobre la sociedad que queremos e imaginamos.

¿Cuáles son las condiciones en que se han construido, apropiado y significado los elementos de los que las organizaciones LGBT más mediatizadas echan mano a la hora de articular las imágenes a través de las que buscan representarse?

¿Cuántos caben realmente bajo el alero de una bandera que se levanta sin pliegues ni dobleces, y que es, a fin de cuentas, un signo de libertad sin historia?

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