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Dime por qué renuncias y te diré qué gobierno tienes

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Mientras el viernes 23 de marzo resonaban los hurras por el acuerdo entre el gobierno y los dirigentes de Aysén por un conflicto de más de cuatro semanas, en una oficina cercana a La Moneda un hombre sentía probablemente una mezcla de abatimiento y rabia. El ministro de Energía, Rodrigo Álvarez, veía cómo algunos de sus colegas se llevaban la gloria por un acuerdo que él sólo podía ver por televisión. El abatimiento se debía a que varias de las soluciones las planteó, supuestamente, él mismo. La rabia encontró su camino al ver que sus compañeros lo olvidaron a la hora de los apretones de manos, abrazos y fotos con los dirigentes ayseninos. 
 
Horas después, el ministro Álvarez renunció a su cargo a través de un correo electrónico al Presidente Sebastián Piñera, de gira por Asia. En una carta pública para explicar su decisión, dedicó párrafos de gratitud al Presidente y de regocijo por el acuerdo alcanzado por Aysén. Hacia el final deslizó cuatro cuestiones: primero, que él había seguido una línea de acción dura contra los ayseninos pese a que no la compartía; segundo, que dado que esa línea de acción fue cambiada y él no participó en la nueva estrategia, su poder como interlocutor ante cualquier otro conflicto fue expoliado; tercero, que dado que alguien debía asumir la responsabilidad política por el cambio de acción, suponía que debía ser él. En cuarto lugar, como colofón casi emocional, sugirió que no fue tratado con el debido respeto por sus compañeros. Su partido, la UDI, lo respaldó y justificó su decisión.
Cada una de las razones mencionadas por el ahora ex ministro de Energía describen, en distintas dimensiones, las deficiencias del actual gobierno. 
 
1. Líneas de acción disidentes. Las estrategias que buscan sofocar los movimientos sociales con fuerza bruta tienen partidarios en quienes creen que así las masas entienden: a golpes. Quienes plantean el camino del diálogo, no obstante, deben sonar convincentes ante sus interlocutores y, sobre todo, deben conocer bien sobre qué se paran (es decir, qué bases de apoyo y redes en la comunidad tienen). El ex ministro nos muestra que el gobierno buscó ambas estrategias a la vez y, como era de esperarse, fracasó en las dos. En el primer caso, porque los golpes no se llevan bien con la democracia; en el segundo, porque Álvarez partió a Aysén sin un cheque en blanco, pese a que él quiso jugar al póquer ante los dirigentes dándoles a entender que iba con todo el poder para resolver in situ. 
 
2. Cambio de estrategia. En general, los gobiernos deben anticiparse a los cambios sociales. Al menos, prevenirlos o, si ya es tarde, evitar que deriven en conflicto. Con este gobierno no sólo cuesta prevenir y contener, sino que tiene cierta extraña capacidad para empeorar la situación. En parte, esa naturaleza inclinada a estropear se debe a que en este mundo al revés, los movimientos sociales son los que se anticipan al gobierno. Por lo tanto, es fácil adivinar que La Moneda será la que cambiará de estrategia. Es cuestión de tener paciencia hasta que el Ejecutivo ceda. Obviamente, depende también del movimiento social aprovechar esa debilidad del gobierno para clavar la estaca concreta del éxito (sí lo logró Aysén, pero no los estudiantes, por ejemplo). El ex ministro no podría perder su poder como interlocutor ante otro conflicto, puesto que es el gobierno completo el que tiene incapacidad de interlocución.
 
3. Responsabilidad política. A no ser que incumpla alguna disposición constitucional, el único integrante del gobierno que es irrenunciable es el Presidente. Hasta ahora, sin embargo, el que más veces debió haber renunciado ha sido su ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter. Primero, por sus constantes fracasos como jefe de gabinete; segundo, por el incumplimiento de la promesa presidencial de “acabar con la delincuencia”, y tercero, porque ha sido el promotor de la vez tras vez fallida estrategia de la “línea dura” contra los movimientos sociales. Mientras Hinzpeter siga en el gobierno, no hay manera de que éste pueda levantarse.
 
4. Compañerismo. El ex ministro Álvarez dice que si bien puede no haber amistad en el trabajo político, sí debería haber compañerismo en el equipo. Pero no: el compañerismo y la complicidad deben dejarse para el club social o, a lo más, para el partido. En rigor, lo que debe haber es coordinación y consistencia. Este gobierno se descoordina con facilidad, lo que se traduce en mensajes contradictorios a la ciudadanía. Además, la consistencia de un relato traquetea porque unos tiran el mantel mientras otros aún almuerzan. En este gobierno a nadie le preocupa que los ministros den sus opiniones personales sobre materias lejanas a su área de acción, sino que, aún más insólito, los presidenciables ya ni se molestan en hablar de cómo, a fin de cuentas, competirán para reemplazar a su actual jefe. 
 
El ex ministro Rodrigo Álvarez encarna él mismo los males de este gobierno que él critica. Cuando se está en un gobierno, se sigue la línea de acción que éste tome, sí, pero también debe seguirla si el gobierno cambia de opinión. Y todo, sin chistar. En cuanto a responsabilidad política, el llamado a cobrarla es el Presidente, ni más ni menos. El ex ministro contribuye a minar la autoridad presidencial que él tanto dice admirar al enviar su renuncia por email, y sobre todo mientras su jefe intenta proyectar cierta imagen de seriedad y estabilidad en rincones lejanos de Asia. ¿Cuán trágico podía ser esperar una semana? Y eso que al cuestionar a sus colegas habla de que “hay formas que se deben necesariamente guardar”.
 
Pero si hay algo peor en el actuar del ex diputado corresponde a su argumento del compañerismo: por supuesto que la lealtad entre colegas es un valor importante, pero lo es más el valor de la lealtad hacia un gobierno elegido por la ciudadanía. Por sentirse maltratado por unos pocos ministros, Rodrigo Álvarez traiciona la lealtad al gobierno que él, como tantos otros, ayudó a elegir. Ahí está, precisamente, la mayor grieta de la actual administración: la falta de lealtad, que se traduce en descompromiso. No se trata de Piñera, sino del proyecto que RN y la UDI —y la mayoría de los votantes— confiaron a Piñera. Sin siquiera llegar a juzgar las precariedades o fortalezas del Primer Mandatario, la renuncia de Álvarez revela la fatalidad de este gobierno: si quienes están llamados a creer en él no están comprometidos, no se puede esperar nada más que mucho menos por parte de los ciudadanos.
 
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