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Ciber-vigilancia y el fin de la utopía digital

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Mientras proyectos como GNU, o el movimiento del software libre en general, abogan por la adopción de tecnologías abiertas y neutrales en el contexto internacional, países como China comienzan a ver el predominio occidental en la industria TIC como una piedra en el zapato en su camino a convertirse en la próxima superpotencia capaz de rivalizar con Estados Unidos.

Impacto ha causado la reciente noticia de que la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos estaría espiando a cientos de miles de personas en todos el mundo a través de dispositivos de radiofrecuencia instalados sigilosamente al interior de sus computadoras personales. Si bien el espionaje online de usuarios a escala global no es algo nuevo y ya estaba siendo explotado hace años tanto por gobiernos y empresas de marketing digital (basta ver las ofertas de datos de empresas como Gnip, Datasift o NTT Data), esta sería la primera vez en que se estaría introduciendo hardware para espiar a los usuarios y obtener información de sus equipos incluso cuando estos estén desconectados de Internet, algo que parece más sacado de una película del cyberpunk antes que de nuestra pulcra realidad virtual. No obstante, más allá del escándalo, ¿debiésemos sorprendernos?

La pregunta puede incomodar a varios, pero es sincero preguntarse hasta qué punto Internet, o en general las tecnologías informáticas que usamos diariamente, son un terreno público y neutral para nuestra actividad cotidiana. Cuando caminamos por la calle o vamos a una plaza, estamos en un espacio abierto que, al menos en teoría, es de todos. Sin embargo, cuando enviamos un mensaje por Twitter o incluso escribimos un documento en Word, estamos haciendo uso de una tecnología desarrollada por una empresa privada en un contexto legal distinto al nuestro donde muchas veces operan restricciones de uso que desconocemos. Ciertamente la tecnología no tiene un rol político en sí mismo, pero tampoco se puede desconocer el hecho de que perfectamente puede ser utilizada políticamente en un orden social que lo avale y que se beneficie de ello (Winner, 1986), y a diferencia de un espacio público tomado por un protesta política, estamos frente a artefactos de propiedad de empresas privadas fuera de cualquier mecanismo de deliberación democrática.

Lo anterior no es nada nuevo en el contexto de la industria del software. El propio proyecto GNU de Richard Stallman surge con una misión de liberación del ciberespacio del control de las grandes corporaciones de software, buscando entregar el control del software a los usuarios y promoviendo un desarrollo participativo del mismo (Manifiesto GNU, 1985). Posteriores declaraciones de tecno-idealistas se suceden durante las décadas de los 80’ y 90’ en documentos tales como el Manifiesto Hacker (Blankenship, 1986) o la Declaración de Independencia del Ciberespacio (Barlow, 1996), remarcando la idea de que el espacio digital debe estar libre del control del gobierno y los intereses privados. En ese sentido, las dudas sobre la “honestidad” de las tecnologías de la información no son algo que recién estemos descubriendo gracias a la NSA, sino que es algo que se vislumbró como una amenaza desde los albores de la revolución digital. No se puede decir que nadie nos avisó.

Mientras proyectos como GNU, o el movimiento del software libre en general, abogan por la adopción de tecnologías abiertas y neutrales en el contexto internacional, países como China comienzan a ver el predominio occidental en la industria TIC como una piedra en el zapato en su camino a convertirse en la próxima superpotencia capaz de rivalizar con Estados Unidos. En este sentido, es digna de destacar su política de innovación endógena lanzaba en los 90’, y potenciada especialmente desde el año 2006, que busca convertir al país en una potencia científica y tecnológica a partir de sus propias creaciones y patentes, en lugar de mantenerse como una fábrica de creaciones de bandera estadounidense (Liu and Cheng, 2011). En un plan más ambicioso, su meta no estaría sólo en ahorrarse el costo de patentes, sino también en algunos casos en ponerse a la cabeza de la innovación TIC de los próximos años, asumiendo el rol controlador de la industria que actualmente recae en Estados Unidos (Williams et al, 2011). En palabras del actual líder chino Wen Jiabao “Sin innovación independiente, China no podrá reclamar un espacio de igualdad en el mundo o alcanzar el honor nacional” (2006).

Existen dudas sobre qué tan viable es este nacionalismo tecnológico en un contexto de globalización y progresiva apertura económica a nivel mundial. Si bien el rol del Estado en la innovación es algo que no se puede despreciar, los procesos de innovación distan de ser lineales o simples de predecir. A esto se suma el débil punto de partida del gigante asiático y el predominio del mercado estadounidense en estas materias, que lleva décadas de innovación y exhibe un poderoso ecosistema de emprendimiento tecnológico en su costa oeste. No obstante, más allá de si la política de desarrollo endógena china es exitosa o no, lo que no deja lugar a dudas es que al menos para este país la tecnología dista de jugar un rol neutral en el escenario internacional.

Sin duda las tecnologías de la información han contribuido a tener una sociedad más informada y con acceso a una mayor diversidad de opiniones y contenidos. Las redes sociales también han aportado a facilitar la organización de actividades y han creado una cierta atmosfera de deliberación pública en un contexto virtual, algo impensado hasta hace pocos años cuando la web aún era algo estático y más cercano a la prensa que al diálogo fluido. Sin embargo, no se debe olvidar que cada tweet que se envía llamando a una protesta queda almacenado en cientos o miles de servidores de empresas de marketing digital, así como probablemente en computadores de la NSA y cuanta agencia de seguridad se encuentre escuchando las redes en ese momento. Así mismo, aún sin acceso a internet, cada vez que se escribe un documento en Microsoft Office se está utilizando un sistema desarrollado por una empresa cuasi monopólica de Estados Unidos que ha colaborado en diversas instancias con las agencias de seguridad de su país y de cuyos productos sólo podemos confiar en su transparencia, dado que su código es cerrado. Sin duda podemos buscar alternativas para escapar del dominio de Microsoft, y en ese camino probablemente demos con una alternativa como Kingsoft Office, desarrollado por la industria nativa china. Su único detalle: también es de código cerrado. Las alternativas libres desarrolladas por las comunidades de código abierto, aunque bienintencionadas, muchas veces no han podido estar a la altura de lo que demandan los usuarios.

John P. Barlow en 1996 llamaba a crear “una civilización de la mente en el ciberespacio. Que sea más humana y hermosa que el mundo que vuestros gobiernos han creado antes.”, pero probablemente olvidó que esa sociedad se hospedaría en la infraestructura de la misma civilización de esos gobiernos.

Bibliografía

1) J. P. Barlow (1996). A declaration of independence for Cyberspace.
2) Liu, X., & Cheng, P. (2011). Is China’s indigenous innovation strategy compatible with globalization?.
3) Stallman, R. (1985). The GNU manifesto.
4) Robin Williams , Ian Graham , Kai Jakobs & Kalle Lyytinen (2011) China and Global ICT standardisation and innovation, Technology Analysis & Strategic Management, 23:7,715-724, DOI: 10.1080/09537325.2011.592265.
5) Winner, L. (1980). Do artifacts have politics?. Daedalus, 109(1), 121-136.

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Foto: Fibonacci Blue / Licencia CC

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Comentarios

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Abel villa

29 de Enero

Es la priemra vez que comienzo a tomar consciencia de la magnitud de este problema. Desde que cuento con una computadora, las llamdas “actualizaciones” siempre han llamado mi atencion porque piden ser descargadas justo despues de haber visitado sitios de critica, opiniones de izquierda, entre otros; bueno, eso es mi parecer.

Excelente articulo.

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