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Yo y mis circunstancias. Cuando el entorno sí importa

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Los sospechosos de siempre

Desde el instante en que los “factores hereditarios” de Mendel fueron reconocidos y descritos a nivel molecular, la genética ha sido esa caja negra donde situar cómodamente el origen y control de múltiples características, simples o complejas, de la naturaleza humana. Así, los avances en genética siempre han estado acompañados por cierto ruido de fondo. Desde el siglo pasado han sido propuestas muchas “tecnologías sociales” de corte eugenésico, racista y antisocial, en coherencia con los “datos” aportados por la ciencia de lo hereditario.

Coincidiendo casi siempre con períodos de crisis económica y social, se han venido sucediendo cíclicamente planteamientos que intentan explicar la relación existente entre raza y coeficiente intelectual u otras características relacionadas con el éxito de las personas. Tales circunstancias constituyen el terreno abonado para una amplia aceptación de opiniones que sitúen en lo biológico, en lo genético o en la raza las causas de la marginación, el desempleo, la pobreza, los altos niveles de fracaso escolar, la delincuencia y el bajo coeficiente intelectual medio. La genética, en concreto, ha sido la disciplina preferida para dar barniz seudocientífico a planteamientos insolidarios y antisociales, difícilmente digeribles en crudo. Basta recordar la burrada emitida por J. D. Watson en 2008: “La inteligencia es hereditaria y los negros son menos inteligentes que los blancos”.

El genoma humano y dos cartas más


El destino del ser humano sigue siendo incierto, dado que no está escrito en nuestros genes. Si bien es correcto afirmar que ellos permiten la construcción anatómica de nuestro organismo, de ninguna manera son depositarios de nuestro destino como personas

El genoma humano fue secuenciado ya hace algún tiempo y de esta secuenciación se esperaba mucho (se conoció el texto). Walter Gilbert, en 1987, indicaba respecto a lo que podría derivarse del Proyecto Genoma Humano: “La secuenciación del genoma proveerá la explicación última de lo que es un ser humano”. Igualmente, en 1991, la Daniel Koshland afirmaba que “el conocimiento proveniente del Proyecto del Genoma Humano podrá resolver los problemas de la miseria y el crimen y ayudar a los pobres, los débiles y los desamparados”. Éramos demasiado optimistas, ingenuos dirían otros.

Pero, ¿hasta qué punto los genes determinan nuestro destino como seres humanos? El destino del ser humano sigue siendo incierto, dado que no está escrito en nuestros genes. Si bien es correcto afirmar que ellos permiten la construcción anatómica de nuestro organismo, de ninguna manera son depositarios de nuestro destino como personas. No dictan nuestro destino ni en la salud, ni en la enfermedad (salvo en contadas ocasiones donde se producen mutaciones asociadas con enfermedades raras) o en quienes vamos a ser. En definitiva, muy poco hay escrito en nuestro genoma que determine “fatídicamente” nuestras apetencias y nuestros gustos, nuestra reacción por las alegrías y tristezas del mundo, ni nuestra mirada “larga” más allá de nuestra existencia.Quizá por esto es que hoy existe gran interés por las neurociencias y en particular por la neuroepigenética. Se espera que los avances en neuroepigenética finalmente resuelvan o hagan obsoleto un debate que ha inquietado al hombre durante siglos: la cuestión sobre la naturaleza innata o adquirida de los rasgos de nuestra personalidad y los mecanismos que controlan nuestra conducta. Es decir, dilucidar ¿qué aspectos de nuestro carácter y capacidades vienen determinados por nuestros genes? y ¿cuáles  por nuestro entorno y experiencias? Y esto último tiene implicancias obvias en lo que respecta a políticas públicas, tanto educacionales como de salud, por ejemplo.

Dado que la herencia genética y el medio ambiente han sido considerados históricamente como dos factores independientes, los estudios de sujetos genéticamente idénticos, que han crecido en contextos diferentes, podría permitir diferenciar los rasgos de la conducta ajenos al genoma. Sin embargo, esta dicotomía ha sido cuestionada en más de una ocasión. A modo de ejemplo, cabe mencionar a Donald O`Hebb, quién consideraba que la cuestión “es análoga a preguntarse qué es más relevante para el área de un rectángulo: la longitud de su base o su altura”.

Hoy sabemos que existe una estrecha relación entre el genoma de un individuo y el ambioma en el cual éste se desarrolla (el ambioma corresponde a “el conjunto de elementos no genéticos, cambiantes, que rodean al individuo y que junto con el genoma conforman el desarrollo y “construcción” del ser humano). En la interfase entre nuestros genes y el entorno encontramos el epigenoma. Diríamos que los mecanismos epigenéticos definirían la fórmula que relaciona la longitud de la base y la altura en esta “geometría Hebbiana”de nuestras apetencias y conductas.

Dime qué vives y cómo lo vives, y te diré…

Si bien es cierto que la identificación de mutaciones genéticas es utiliza como un biomarcador en el diagnóstico de diversas enfermedades, el medio que nos rodea y nuestros hábitos, también pueden tener consecuencias sobre la información genética y su paso hacia la siguiente generación. Hasta no hace mucho se desconocía la relación entre el medio ambiente y la epigenética, pero gracias a diversas investigaciones se ha logrado demostrar que diversos factores ambientales pueden influir en las modificaciones de histonas y ADN, modelando la cromatina de forma reversible. Es en este punto donde la alimentación y los estímulos estresores, por ejemplo, adquieren relevancia.

El epigenoma (los signos de puntuación, que permiten dar sentido al texto, que cambian como consecuencia de nuestras experiencias) parece ser más vulnerable en ciertas etapas de nuestra vida que en otras (es cosa de recordar el proceso de formación de redes sinápticas durante los tres primeros de años en nuestras vidas). Por ello, cuando se evalúan los efectos de la influencia del entorno sobre el epigenoma, se deben considerar tanto la potencia de los estímulos, así como la etapa del desarrollo de la persona en la que se producen. Por ejemplo, las modificaciones epigenéticas causadas por el ambiente nutricional del embrión, feto y neonato podrían estar involucradas directamente en la etiología de enfermedades crónica en los adultos. Igualmente, diversos factores toxicológicos modifican el establecimiento y mantenimiento de patrones epigenéticos, con efectos a larga data. Se ha demostrado que desórdenes comunes como la obesidad, la diabetes mellitus tipo II, la hipertensión, el asma y la esquizofrenia tienen en gran medida sus orígenes en las etapas la gestación y la lactancia.

El “diseño” epigenético del embrión o feto durante su desarrollo en el útero y durante el desarrollo postnatal, está bajo la influencia del medio metabólico de la madre durante el embarazo, y de la cantidad y la calidad de nutrientes disponibles, a través de la leche materna, durante la lactancia.

Además, sustancias contaminantes del medio ambiente, tales como los metales pesados e hidrocarburos aromáticos, también pueden desestabilizar el genoma y modificar el metabolismo celular. El efecto de la exposición a contaminantes puede variar debido a alteraciones genéticas preexistentes que pueden predisponer a las personas a cambios epigenéticos adversos. ¿Qué pasara con los niños y niñas que hoy viven en la comuna de Puchuncaví, cuando ellos sean adultos?

Además, el impacto de lo que hacemos va más allá. En varios estudios realizados con poblaciones humanas, se ha observado que el “estilo de vida” que llevaron los abuelos cuando jóvenes, puede tener variadas consecuencias fenotípicas en sus nietos. Estos efectos transgeneracionales no han podido ser explicados por mutaciones genéticas, lo que refuerza la hipótesis que pueden estar relacionados, en algunos aspectos, con herencia epigenética.

A modo de resumen

Todo ello lleva a la idea general y final de que la expresión de nuestro genoma puede variar en un amplio rango, dependiendo del medio ambiente en el que éste se expresa. De ahí que hoy se hable de que nuestro genoma no posee mensajes “deterministas” sino realmente “tendencias genéticas”, “predisposiciones” o “inclinaciones”. Lo que determinará finalmente cómo ha de expresarse nuestro genoma es, pues, la relación dinámica genoma – ambioma, donde esta relación es en realidad una unidad funcional bidireccional. Es apropiado reconocer, como lo hizo Dobzhansky, que los genes y el medio ambiente son dialécticamente interdependientes a través de toda la vida del organismo.

En definitiva, el nuevo y creciente campo de la epigenética está abriendo nuevas oportunidades para conceptualizar nuestra naturaleza, y de cómo ella cambia constantemente en virtud de la argamasa de interacciones que vivimos día a día. No todo está en nuestros genes, no todo esta en el texto…

Nota.

Parte del texto ha sido extraído de: Hidalgo, M.Epigenética – un cambio de mirada, capítulo 5. En Ayurveda en una era post-genómica. Ediciones como sopla las velas. 2018.

TAGS: #Epigenética

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10 de Febrero

Interesante trabajo, aborda un tema espinoso y conflictivo. Basado en mi experiencia personal, tengo muchas dudas sobre lo contextual, pienso que la herencia genética tiene algo más que decir, en todo caso, tengo la impresión que investigar ventajas comparativas a partir de la herencia genética es hoy por hoy no aconsejable, puede resultar en la lapidación del científico que se atreva a plantearlo como hipótesis.

21 de Febrero

Gracias por el link, se aprende mucho. Al parecer los genes siguen esas potencialidades logradas a partir del contexto, del buen contexto. La critica sería ¿cuál es ese buen contexto que permite que se den esas potencialidades?, al parecer, y esa es una crítica al reducionismo científico, deja muchas variables afuera del análisis, no sería real, el contexto esta siempre lleno de problemas, más allá de los recursos, los sistemas politicos-sociales y aún de las voluntades.

21 de Febrero

Estimado Javier, reconozco que es u tema complejo y aún con más preguntas que respuestas. Respecto de lo que llamas buen contexto, creo que sería mucho más adecuado hablar de coherencias entre el entorno y herencias epigenéticas ínter y transgeneracionales. Éstas últimas, actuarían a modo de respuestas adaptativas predictivas. Es en su coherencia donde se daría ese hipotético “buen contexto”. Destaco, además, el hecho que la ciencia solo puede dar tenues luces de lo que realmente pasa, llámalo reduccionismo, yo prefiero llamarlo limitaciones del método y si uno tiene claro eso, no debería invalidarse, solo restringirse en su campo observacional. Una vez que logremos conocer más de este fascinante mundo de memorias, herencias e instintos podremos dar el siguiente paso. Por ahora solo caminar con cuidado y evitar verdades absolutas en este mar de incertidumbres.

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