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Surco

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En el año 1995 yo conducía una sección en un programa radial de una pequeña estación. Un día, el locutor estrella del programa tomó sus maletas y se mandó a cambiar. "Te vas a tener que hacer cargo de todo el programa", me dijeron. Tendría que hablar de otras cosas además de lo mío que era rock progresivo y música experimental de los setenta, pero igual acepté. La cosa resultó bien, para sorpresa de todos y mía. Al día siguiente me llaman de la gerencia y me señalan que íbamos a estar enlazados con la Teletón, que seríamos una de las radios de la quinta región conectadas a la señal y transmitiríamos en vivo durante la vigilia. "El viernes vas a tener que conducir el programa, y tendrás que animar a la gente". Baldazo, de agua fría; peor que eso, más bien. El problema para mí no fue el hecho de estar en vivo y ante tantos radioescuchas. El problema es que detesto la Teletón, desde la raíz al nervio, y la sigo detestando aún más. Entonces qué hacer: Manos en los bolsillos, me dije, y caminar, la calle tal vez pudiera dar, si es que la hubiera, alguna respuesta.

Observando, escuchando en las esquinas, en las plazas, en el mercado por la mañana junto a una paila con huevos y una taza de té de desayuno, dejé de lado mi resquemor al respecto y la gente me regaló sus motivos, lo que significaba la Teletón para ellos, motivos que no tuve ni la más mínima intención de hacer míos, porque no lo eran, y dudo que alguna vez lo vayan a ser, pero los acogí y presenté sobre la mesa del programa. Dejé el canal abierto para que la gente me llamara y dialogara entre sí y compartiera su alegría o su molestia con la Teletón, estrategia que no planeé, y que resultó del todo positiva para todos y para la radio también. Sin planearlo tampoco, me conmoví con lo que esa noche oí. Cuando me fui aquella madrugada ni siquiera pensaba en el bien o el mal, pero tenía una clara certeza: esa cosa de la Teletón indiscutiblemente hacía que se tejiera un nosotros bien grande, aunque no se estuviera de acuerdo.

Hoy es no hay buenos días, para nadie, o casi nadie. No quise quedarme en casa respirando ningún tipo de duelo de un pequeño grupo de gente de la tele que indudablemente se vio afectada por la sabida tragedia, y que, por cierto entendible, traspasara su dolor tan poderosamente como lo puede traspasar una señal de televisión abierta. Preferí levantarme y salir a caminar con mis manos en los bolsillos, Tal vez la calle pudiera darme, si es que la hubiera, alguna respuesta, me pensé.

Ahora veo las esquinas de los barrios, las plazas, se respira un peso duro que entristece. Y lo pienso: de los 21, la mayoría o tal vez ninguno de ellos no fue nunca un admirado mío, ni mi soldado, ni mi héroe, y a lo mejor ni siquiera le tenía ni la menor estima, y sin embargo veo a la gente tan triste, leyendo callados los diarios, las señoras en los negocios llorando como si hubieran perdido un hijo, como si algo se hubiera partido en sus propios comedores, y me lo cuentan, y me duele, aún hoy descubro que no tengo temor alguno a conmoverme.

Pienso en el significado y lo que simboliza todo esto. Será por el todo país, el momento en que ocurrió la tragedia, o la manera cómo sucedió. Pienso que no es un asunto de cariño por alguien en particular, pienso que hay un asunto mayor que hace que se teja un nosotros, tal vez por desencanto general, del destino, del gobierno de turno, de esta vida tan material y cada vez más desechable y con menos significado. Será por descargo de tanta desunión nacional, tanto golpe y ninguneo injusto de las estructuras. Será por pensar que de alguna manera u otra esos 21 iban por una razón de real servicio, que por fin se iba a dar un ¡vamos! a la tan desairada palabra reconstrucción al menos en un rincón lejano de este crudo país tan hermoso y tan herido. Y pienso que tal vez al fin y al cabo sí sea un asunto de cariño por alguien en particular, porque es de esa manera noble de hacer personal todas nuestras estrofas la que nos hace pueblo.

Pienso hoy en las esquinas de barrio y la calle, no hay buenos días, para nadie, o tal vez para muy pocos, y ésta es mi sociedad, y con todas sus imperfecciones, es la sociedad que amo, probablemente no por lo que es, sino por lo que me gustaría que fuera: una sociedad que no quiero poseer, que no quiero que me sirva, que no necesito que me haga reír ni que me ponga caras bonitas. Y lo pienso en carne porque acaba de perpetuarse un ejemplo, acaba de caer un grupo cuyo pensamiento político es totalmente opuesto al mío y sin embargo trató a su modo de construir un desafío que no tendría por qué pertenecerles. Una sociedad al fin y al cabo, que aspiro que al menos sepa aceptarse, y de la que tan solo me conformaré con sentirme parte.

Hoy en la mañana no hubo un buenos días, en mi desayuno mi pan tostado no me pareció más delicioso, ni mi taza de té me supo más dulce. Recordé aquella Teletón del año 95, en la que curiosamente el slogan de turno decía "nuestra gran obra", año en que paradójicamente no se alcanzó la meta, tal vez como advirtiendo que aquello que se quiere imponer como santo discurso, termina mal.

Las calles hoy amanecieron más calladas que de costumbre. Tal vez una parte mía se duele, y tal vez sea bueno callar un poco también.

«Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua».  John Keats escribió de esta manera su propio epitafio, pensando que dormiría bajo el total olvido, y sin saberlo abrazó la eternidad.

www.marcelomunch.blogspot.com

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Foto: Fundación Jardín Botánico Nacional de Viña del Mar / Licencia CC

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