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Nuestra persecución

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¿Cuántas horas de nuestro tiempo malgastamos en pensar que debemos llegar, de una u otra manera, al tan anhelado éxito? No vivimos tranquilos. Vamos desesperados por el devenir cotidiano de un lugar a otro entre nuestras ocupaciones laborales, académicas, familiares y sentimentales bajo la permanente tensión. Es una sensación persistente que se ubica entre el límite de nosotros y de nuestros sueños. Desde ese lugar opera. Nos habla reiteradamente sobre la superación; sobre nuestra capacidad de perfeccionamiento; sobre nuestra “hambre” de triunfos; sobre la inmensa ambición (que, en muchas ocasiones, puede ser muy sana).

Esta energía por “pegarse el salto”, entendiendo el concepto como emerger hacia un nuevo horizonte, propiciado por tus capacidades individuales, es alimentada, con la misma intensidad, por los exponenciales influjos de nuestro exclusivo sistema económico. Con bastante ahínco, nos dicta los “estándares adecuados” a los que se debe aspirar si se pretende lograr un cierto “estatus”. Presiones que provienen desde los mensajes publicitarios, hasta las más insignificantes conversaciones o meras disposiciones simbólicas a las cuales otorgamos real validez. Nuestra persecución no descansa. Jamás lo hará.

¿Será el sino que marca la existencia de la humanidad completa? Platón, hace ya varios años, decía que: “el oro del hombre siempre será el motivo de todos sus males”. Será, entonces, el motivo de nuestro mal la constante y afanosa –casi obsesiva- búsqueda de un cierto “bienestar” económico la cruz que todos, sin distingo, debemos cargar. No lo sé. Pero sí me resulta absolutamente agotador el tener que lidiar, día tras día, con tamaño problema. A mí no me deja tranquilo. Siempre me habla la voz de la superación. Ahora bien, aquello no sería pernicioso si es que no me angustiara, paralelamente, la voz de la presión social que define a la “superación” como la mayor cantidad de bienes materiales que tú puedas acumular. De esta forma, el crecimiento intelectual y espiritual prácticamente no vale nada, por decirlo de alguna manera. Además, ninguna casa comercial te facilitará algún préstamo por el solo hecho de incrementar tu acervo. Esto último, aunque suene a caricatura, grafica lo único que pareciera importar: el consumo material.

Es urgente intentar encontrar el preciado equilibrio entre una superación “saludable”, que acumule tanto bienes tangibles como intangibles, y su práctica concreta al interior de nuestro sistema que seguirá adelante, y con el pie a fondo en su acelerador, por encontrarnos en esta loca persecución. Nuestra propia persecución.

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Foto: Dominic / Licencia CC

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Comentarios

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30 de abril

Pablo:
Eso que llamas éxito y que está atravesado por la competitividad, el perfeccionamiento y la ambición individual son, en el fondo, imposiciones externas que tienen como fin normalizar a los individuos, constreñirlos y someterlos. Se presenta como lo deseable, a lo que todo individuo debe aspirar, cuando en el fondo no es más que servidumbre voluntaria y esclavitud moderna.
Por otro lado, el dinero y el consumo material son fenómenos relativamente nuevos. En el caso del dinero, la importancia que le hemos asociado a través del tiempo no siempre ha sido la misma (Ortega y Gasset reflexiona sobre ello en la Rebelión de las masas si no me equivoco) lo cual nos conduce a rechazar su pretendida universalización y poder. Mientras que el consumo, por su parte, opera en base a necesidades muchas veces creadas y ficticias de las cuales es fácilmente desprenderse si se es individuo con algún grado de autonomía. Y es aquí donde radica precisamente el problema, ya que la subjetivación (la forma en que uno se constituye como individuo) se encuentra totalmente fabricada por el poder, la moral, la economía y la política.
Es por eso que te equivocas rotundamente cuando sostienes, con cierto tono derrotista, que el crecimiento intelectual no sirve prácticamente de nada en las sociedades actuales cuando, en el fondo, son las principales armas (poder-saber diría Foucault) para erradicar, cambiar o transformar ese tan anhelado exitismo por una cosa totalmente distinta. Es necesario y urgente desprenderse de las “vanas opiniones”, como diría Epicuro, para así poder apreciar que nuestras “persecuciones” no fueron más que polvo y sombra…
Saludos!

01 de mayo

¡Cómo estás, Camilo! Gracias por compartir tu visión sobre el tema que traté en la columna. Respecto del mismo, aún no he observado que nuestras “persecuciones” se hayan transformado en “polvo y sombra”. No habría nada que me reconfortara más. Pero muy por el contrario. Permanecen gravitantes en nuestra sociedad. Sin ánimo de instrumentalizar las legítimas reivindicaciones salariales que hoy, día del trabajador, se han realizado con bastante fuerza, me permito citarlas como un claro ejemplo de justicia, dignidad, pero, además, también como parte del problema que intento graficar en mi texto. Sí comparto plenamente tu juicio sobre la importancia del “poder-saber”, aunque cuando hago alusión, y con algo de caricatura, a la imposibilidad del acervo para acceder al consumo, no lo toco desde una posición derrotista, sino que me extrapolo en el relato a lo que concibo como “la crueldad” del mercado. Quizá fui un tanto lírico. ¡Saludos y muchas gracias!

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