#Sociedad

No mueres solo, Daniel

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Con la innecesaria muerte de Daniel Zamudio -espina que ha quedado clavada imperecederamente en las páginas más negras y sangrientas de nuestra historia reciente- también ha fallecido una parte de nuestra sociedad. En estos días, nadie podría presumir que hemos recorrido un importante trecho del camino al desarrollo. Nadie podría sacar a relucir las siempre frías e inobjetables cifras macroeconómicas que tanto nos gustan, o que son el goce orgásmico de la cohorte empresarial y de gobierno, incluido nuestro Presidente. Son, indudablemente, días complejos que, para todo ciudadano con un mínimo de capacidad reflexiva, lo vuelven hacia un estado de dolor y revisión sobre algunas de nuestras conductas. Son días en los que hemos retrocedido como país y nos hemos empobrecido como personas. No puede ser que este asesinato sea recordado sólo por el cruento ensañamiento, la alevosía de los cobardes victimarios, y el nombre de la ley homóloga al de la víctima en su honor. Debe haber algo más. Un cambio profundo. Un giro de timón radical.

La enormemente discutida ley antidiscriminación, respecto de su efectividad y poder disuasivo, no convence. A mí modo de ver, no hará más que castigar, una vez consumado un nuevo acto vandálico, a los delincuentes de turno. Su efecto será el no dejar “en el aire” estas acciones llenas de odio e ignorancia. Pero su aporte al problema es netamente tangencial.

No mueres solo, Daniel. Contigo se ha ido esa falsa sensación de conformidad que a ratos envuelve a nuestra sociedad. Ha muerto aquella autocomplacencia. Pensamos que las convenciones -léase burlarse del más chico, gordo, narigón, negro, flaco, pelado y “maricón”, por decir algunos- que hemos formulado a lo largo del tiempo legitiman nuestras conductas. Esas acciones que no dudamos ni un segundo en realizar cuando estamos en presencia de alguien que no se ajusta a nuestros cánones rígidos respecto de cómo debe ser una persona.

Resulta muy fácil -y gratis- golpear a ciertos grupos, porque no tienen contención social alguna, como los “flaites” o los “maricones”. Se entiende de antemano que son “menos”, en el más profundo y doloroso sentido de la palabra. Tal vez, si hablamos de discriminación, ¿por qué nos indignó tanto el caso de las nanas que no eran tratadas con igualdad en sus condominios, pero, sin embargo, al referirnos a las nanas de nacionalidad peruana, lo hacemos con tono despectivo? Estamos en una sociedad polarizada, repleta de contradicciones que afirmamos, defendemos y aceptamos, como si fuesen conceptos coherentes y justos. Claramente, con la muerte de Daniel a manos de supuestos neonazis, se abre la posibilidad de analizar profundamente nuestras debilidades, odiosidades y temores para conformar una mejor sociedad. Una donde convivamos libremente heterosexuales con homosexuales, morenos y rubios, extranjeros y chilenos. Da igual. Una sociedad más amorosa e inclusiva, tal y como la demandó, sin respuesta, Daniel.

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Foto: jpcatepillan / Licencia CC

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