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Malestar y movilizaciones sociales

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Es curioso que autoridades de gobierno, políticos en general y aún analistas provenientes de las ciencias sociales estén descubriendo recién ahora (julio/agosto de 2011) un fenómeno por largo tiempo presente en nuestra sociedad. El malestar social no es nuevo en Chile. Lo que ha surgido en estos meses es una protesta masiva, de origen puramente social, que emana de un profundo descontento con la orientación que han venido tomando algunas áreas del desarrollo económico, político y social del país. Es posible que una de las causas de la fortaleza de esta protesta sea la prolongada experiencia de "malestar social", soportada en especial por los adultos que han adherido a ella. Es dudoso, sin embargo, que las protestas masivas que se experimentan actualmente en Chile, en España, en Israel o la "primavera árabe", correspondan a lo que tradicionalmente se ha entendido por malestar social. 
 
Para entender cabalmente la agitación social que se vive actualmente en el país conviene distinguir el malestar social propiamente tal de la movilización ciudadana en pro de objetivos políticos y sociales. El ánimo insatisfecho, la inquietud difusa, la frustración subjetiva son conceptos definitorios del malestar social. No la acción inteligente, con visión estratégica, dirigida a cambiar una situación objetiva. Obviamente que malestar social y protesta que tienda al logro de objetivos sectoriales o generales pueden coexistir en una sociedad, aunque es más difícil que lo hagan en un individuo. 
 
Las actuales protestas pueden ser una culminación activa de una subjetividad que por largo tiempo ha experimentado una insatisfacción no focalizada, que ha contaminado el conjunto del ánimo en las persona. Pero esa acción es de por sí una superación de esa inquietud difusa toda vez que se acompaña con un juicio certero sobre la realidad.
 
Es de la esencia del estado de malestar social el que los juicios que definen la situación, la explicación acerca de las causas y la intelección de las conductas para superarlas no estén elaborados, que sean muy primarios o simplemente inexistentes. La agresividad generada por el malestar social se expresa en la vida diaria más bien como agresividad dirigida contra si mismo o contra el entorno social inmediato (suicidios, consumo de antidepresivos, tristeza del ánimo –“tristeza del bien interno”, Santo Tomás- violencia intrafamiliar, drogadicción, alcoholismo). Cuando la agresividad traspasa esos límites y se hace masiva y se dirige al entorno más amplio estamos en presencia de disturbios urbanos (como los que actualmente ocurren en Londres), los que por definición no tienen un objetivo social o político, que trascienda la mera violencia la que, por otro lado, no se proyecta en el tiempo. Es algo muy diferente a las protestas en Chile de estudiantes, profesores, ambientalistas y padres de familia. A primera vista éstas son más parecidas a las de Israel, pero también diferentes a las de la “primavera árabe”, rebeliones que procuran el derribo de los gobiernos autocráticos. Con respecto a la situación en España hay que decir que al darse en un contexto de crisis económica, que incluye el desempleo prolongado, los “indignados” apuntan su descontento al conjunto de la institucionalidad política y económica. En nuestro caso la indignación alude, por ahora, a órdenes sectoriales (medio ambiente, educación, transporte urbano), no a la manera como hemos organizado la sociedad nacional. Sin embargo, no cabe duda que si el sistema político se muestra impermeable al sentir de la ciudadanía esta indignación puede transformarse en un repudio activo al conjunto de nuestro arreglo institucional, como ha ocurrido frecuentemente en la historia universal. Hoy en día con las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones la globalización acelera estos procesos. Además facilita la producción de una suerte de contagio que no repara en los matices.    
 
La causa del malestar social no es, por cierto, atribuible a un gobierno o a una política determinada. Ella está relacionada con las características de la sociedad que, en nuestra época, se estructura desde fines de la guerra fría en el marco de la globalización, del libre mercado y de la innovación tecnológica acelerada. Es una sociedad cada vez más confusa: el sujeto individual carece de normas en ámbitos conductuales cada vez mayores; las personas son colocadas de modo frecuente en situaciones de exclusión y sólo esporádicamente en situaciones de participación y pertenencia. En aspectos importantes para la seguridad personal y familiar el sujeto vive continuamente experiencias de miedo y peligro; la ambivalencia y la ambigüedad son más comunes que las convicciones claramente positivas o negativas. Todo ello repercute en la subjetividad en la forma de un desamparo que contamina la conciencia toda.
 
Factores que podrían aminorar el malestar social se encuentran en las relaciones sustantivas y equilibradas, que se establezcan entre las personas, la organización social (lo económico incluido) y el poder político. El tipo de relaciones entre esos tres niveles definen la esencia del sistema político, si verdaderamente democrático o no. Si las personas siguen inmersas en relaciones distantes y desiguales en los órdenes social, económico y político sus posibilidades de salir de un estado penoso de malestar, que se prolonga por largo tiempo, se hacen cada vez más escasas. Lo que vemos ahora en nuestro país es que los jóvenes muy especialmente, divisan un horizonte de salida: las movilizaciones y las protestas ciudadanas orientadas por una estrategia a la vez creativa, valiente e inteligente. Nada más lejos del desamparo es esta acción coherente que intenta trazar el destino de toda una generación con sus propias manos. 
 
El malestar social, por largo tiempo presente en nuestra sociedad, podría ser un antecedente, incluso una causa de la actual rebeldía de los movimientos sociales. Esta, sin embargo, ya no es malestar. Es propuesta, proyecto, acción dirigida a objetivos. Es vitalidad social.
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