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Los 33, nuestra gran metida de pata

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El tema mineros, a mi entender, tiene tres ejes fundamentales a considerar. 1. El evento 2. La oferta y 3. La convicción.

Vamos por el primero: Los 33 mineros que permanecieron encerrados a 700 metros de profundidad, han internalizado aquel evento de manera muy distinta. Algunos han podido reprimir hoy parcialmente lo sucedido con la finalidad de continuar con sus vidas, de manera que no los afecte de manera particular. Esto puede deberse a la experiencia previa en minas y/o eventos similares, a la interpretación que se hace del mismo o simplemente a un bloqueo, que se impone al trauma, lo que les permite conducirse, al menos superficialmente, de manera fluida. Tarde o temprano aquella interpretación cobra, pero de manera disímil. Para otros, recomponer la pérdida drástica de la vitalidad les ha significado transitar desde la rabia a la melancolía, desde la ansiedad a sedación más enconada y en demasiadas oportunidades, desde el miedo hacia el terror. Todos estos estados no implican la resolución de los conflictos allí anidados. Lo que hace menos llevadera tal condición.

En resumen, la interpretación posterior del evento, seguirá cobrando, muy a pesar de ellos mismos y sus esfuerzos.

Lo que es más dramático de pensar, es lo que generó el evento en primera instancia, en esos momentos, horas y eternos días en los cuales la vida pasó a tener una significante muy distinta a la que otrora tuvo. Aquella en la cual debió haber una resignación y entrega total a la temida, comentada, pero poco familiar muerte. Entregarse a la muerte, como destino asumido, implica una serie de conflictos que una mente debe reconocer y obligatoriamente soportar. Podría, sin más, aventurar que hubo experiencias de tipo religioso, fantasías o manifestaciones sexuales, fantasías antropófagas, convenios, juramentos y conjuros ante dios y o aquellos que le reemplazasen, experiencias que de inicio pudieron tener sentido, pero que sin embargo y a la postre hieren, minan o socavan las convicciones más profundas que un día arraigaron su sentido de vida anterior. Si agregamos, a esto, que se genera una especie de cuenta final respecto de lo vivido. Ello genera un desandar de caminos que aún hoy les debe pasar  factura.

Por cierto, no todas las experiencias son homologables, respecto de las psiques que las experimentan, pero dado el nivel homogéneo de las aquí referidas, podría hipotetizar que se interpretaron bajo patrones muy similares.

La internalización del evento ha generado traumas, algunos visibles, otros no tan evidentes pero traumas al fin y al cabo. El cómo convivir con ellos y superarlos yoicamente, es materia de terapia. Ojo, no sólo a los mineros, sino que terapias de índole familiar y de pareja. Una re-educación de entorno y contingencias.

El segundo eje dice relación con la oferta que recibieron y aún reciben éstos mineros escasamente familiarizados con la exposición pública y privada que, una vez vueltos a la superficie se les hizo con promisoria proyección de vida.

Hablamos de ofertas que dicen relación con casas, trabajo, becas, nuevas leyes, dinero, viajes, películas, libros, sobretodo, protección…En resumen; un resolverles la vida de allí en adelante.

Si bien, es cierto que han podido materializar algunos de esos ofrecimientos, la resolución del diario vivir ha quedado postergada, en fojas cero, o en punto muerto, pues jamás el flash de una máquina ha podido hacer germinar una semilla, sobre todo una tan frágil como la metafóricamente referida.

La convicción, cómo tercer eje, entra en juego cuándo nuestra sociedad, ávida de eventos a los cuales aferrarse para evadir sus propias precariedades, les refiere, apuntando directamente al neo-narcisismo colectivo, que se les ha conferido el título Per sé de héroes.

Creíble o no por todos, en ellos se acuñó aquella condición de heroísmo, que sin duda jamás ostentaron, pero que al parecer necesitábamos.

Los mineros fueron parte de una hazaña en la que no participaron, más bien la padecieron, participaron en un rescate en el que su propio esfuerzo no fue relevante y por último participaron de una sobrevivencia que les fue forzosamente obligatoria, pues el costo de no adherirse a ella era la muerte. ¿Héroes? ¿De qué?

El único título real que debieron y deben ostentar es el de víctimas. Víctimas de un sistema que permite que accidentes cómo el que ocasiona el evento, estén más presentes de lo que uno espera. Muchas veces escondidos bajo la sombra del poder, el dinero o de ambas. Víctimas de un empresariado que esquiva responsabilidades, dejando pasar el deterioro, la falta de prolijidad, las carencias técnicas y/o naturales a costa de la salud, bienestar e ingresos de sus propios trabajadores. Víctimas de un trabajo que por cientos de años ha sido y seguirá siendo paria de nuestra sociedad, al cual se ingresa por costumbre, por herencia experiencial, por hambre, pero jamás por gusto.

Víctimas, nunca héroes.

¿Qué es lo que hicimos con aquellas psiques que otrora no conocieron más que el deber a cambio de alimento?, ¿qué le vendimos?

¿Cómo es que dejamos que nuestras necesidades, se impusieran a las de ellos, confiriéndole un status y poder, que más temprano que tarde les quitaríamos?

A nadie le debe extrañar que ahora el evento siga generando ofertas para tan necesitadas psiques, cómo la millonaria indemnización que abogados expertos, deben haber puesto en dichas fragilidades para que éstas las reclamasen ante el estado y en calidad de héroes, les fuera otorgada.

Que enorme quiebre de paradigma ha sufrido nuestra sociedad.

Nuestros héroes nos están cobrando hoy muy caro el haberlos salvado ayer. Es hora de bajarlos de su pedestal, habrán estimado otros y entonces la pregunta cabe de cajón: ¿De quien es la culpa?

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Foto: Big Picture

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