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La filosofía tiene nombre de mujer

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En el siglo IV, en la lejana Alejandría, vivió una mujer que gracias a su espíritu curioso, su tenacidad y su postconvencionalismo, se abrió paso en un mundo de florecimiento intelectual marcadamente masculinizado. Ella, eligiendo a las ciencias como estandarte, enfrentó con sabiduría la misma oposición que hoy debe afrontar el sinnúmero de mujeres que aboga por un espacio en igualdad de condiciones en el que desarrollar sus más altas virtudes.

El nombre de esta mujer es Hipatia; Hipatia de Alejandría. Y si bien su legado es amplio y se la conoce hasta nuestros días por sus contribuciones en astronomía, matemáticas y filosofía (hay una película en su honor, protagonizada por Rachel Weisz, que si se toma como referencia histórica más que como ocio, debe ser contrastada con otras fuentes), lo que más la puede caracterizar, es su condición de mártir de la sabiduría e inventiva femenina.

Sí. Ella fue asesinada. Y sus asesinos fueron defensores intransigentes de ideologías que hasta el día de hoy conducen nuestra forma de concebir el mundo.


Como crepúsculo, el pensamiento femenino se encuentra en constante ascenso y descenso; entre luces y oscuridades; siempre bello, mostrándonos el cambio.

Al conocer la historia de Hipatia, pensamos que las discusiones actuales sobre tolerancia, inclusión y equidad se robustecerían si se incorporara en el discurso una postura como la suya, siendo ella un ejemplo de respeto por las diferencias religiosas y políticas, sobre todo si se tiene en cuenta que vivió en un tiempo cargado de beligerancia y violencia mucho más frecuentes y explícitas de las que podemos apreciar en nuestros días.

Su huella en el pensamiento –una recomendación en términos hipatianos, si se puede decir así– nos invita a perseverar en el desarrollo de nuestras virtudes y velar porque mediante el respeto y la exaltación del potencial humano, se construya un mundo libre de dogmatismos (como nota a pie de página, sepa que la frase defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea es mejor que no pensar, es de ella).

Y quizás, al hablar de grandes mujeres de la filosofía, aparecen en su memoria nombres como Simone de Beauvoir, Hannah Arendt o María Zambrano. Y sí, cada una de ellas es símbolo de la importancia del pensamiento femenino y del cambio de perspectiva que nos invita a construir un mundo mejor. Pero es la figura de la filósofa francesa Simone Weil la que nos interesa y no por los antecedentes que puedan rescatarse sobre su rol en las revoluciones sociales de su época, sino por la convicción que la llevó a emprender éstas y cada una de las empresas en las que se involucró apasionadamente durante su corta vida.

Simone Weil murió a los 34 años pero creemos que vivió mucho más de lo que han vivido quienes hoy tienen acceso a estas líneas. Su empatía y excelencia fue envidiada por de Beauvoir y su arrojo y simplicidad la facultaron para hacer cosas que pese a las facilidades de nuestro tiempo, pocos estarían dispuestos a hacer. Su conexión con la carencia del obrero perfiló su agudeza para abogar por una revolución, pero por una revolución responsable y fundada en el pacifismo y la integración del quehacer manual con el pensamiento. Asunto, este último, que en la actualidad se oculta, o en el mejor de los casos, se instrumentaliza políticamente cuando se debate en torno a interpretaciones desde la izquierda y la derecha que sólo reducen el cultivo de la mente y del cuerpo –que Weil defendió con tanto ahínco– a una mera discusión sobre los beneficios que uno u otro bando desea lograr con un determinado régimen educacional.

Pero la filosofía de Weil va mucho más allá. Aspira al deber-ser, a la coherencia y la incondicionalidad. Aspira a que cada persona lleve a la práctica sus ideales en una amalgama de experiencias que robustecen el pensamiento y la responsabilidad para consigo misma y con el entorno. Si Weil viviese hoy, probablemente recorrería ciudades repitiendo que un colectivo no hace una suma, y con toda certeza, se lamentaría al ver cómo niños, niñas y jóvenes se educan desarrollando una específica área del saber y siendo con ello, privados de la oportunidad de potenciar el cariz filosófico, literario, experiencial y comprensivo que es propio del desarrollo humano.

Su crítica, hoy más necesaria que nunca, nos dice que cada uno de nosotros, aún en nuestra pertenencia social, somos nuestra propia autoridad en el pensamiento que generamos, y así mismo, somos responsables de que cada miembro de las futuras generaciones aprenda a pensar por sí mismo. Es por ello que en un escenario de facilidades tecnológicas donde las redes sociales se han virtualizado, en uno mundo de atomismo en el que la experiencia humana se encajona cada día más, y donde la identidad se define por lo que se hace y no por lo que se es, las posibilidades de cambio continuarán reduciéndose si no se rescata el compromiso y la lucidez que mujeres como Simone Weil representan.

Por fortuna, ella no está sola. En nuestra reflexión y en nuestro reconocimiento destacamos la figura de una mujer que convence con su confrontación al predominio del progreso por sobre el simple acto de vivir. Rescatamos la historia de una mujer que estando embarazada, fue testigo privilegiado de cómo la autoridad masculina representada en la figura del médico, se sobrepone a los deseos y decisiones de la mujer que va a dar a luz, al concebir el parto como un proceso que mecaniza el cuerpo femenino y que produce un nuevo ser.

Ella, una mujer nacida en Dehradun y conocida por sus contribuciones en física teórica, filosofía y activismo, ha dedicado gran parte de su vida a la superación de las barreras entre la ignorancia y el saber, exponiéndonos un discurso sencillo pero que implica un esfuerzo de cambio y constancia.

Con su defensa de la no violencia como poder, se ha posicionado como una referencia en el feminismo y la ecología, siendo su principal crítica aquella que remece nuestra concepción de realidad al plantear que el principal efecto que las revoluciones científica e industrial han generado, es una visión de la Tierra como una fuente de materia prima y como una inmensa máquina de producción; visión que junto con eliminar toda limitación ética que aseguraría la conservación de lo biótico, da pie para que el hombre extienda el dominio que ejerce sobre la terra mater hacia la mujer. Así, este discurso como vertiente del feminismo, no parte de la noción de género, sino desde una lucha por proteger al medioambiente, ya que es la imposición de paradigmas económicos y científicos lo que somete a la naturaleza y, en consecuencia, somete a la mujer al excluirla de todo desarrollo científico y social.

Hablamos de un discurso que aboga por lo orgánico y que prescinde de metáforas mecanicistas. Un discurso que nos invita a cuestionar la objetivación del saber y a participar en todas las áreas en las que se lo pueda cultivar. Un discurso que legitima a hombres y mujeres como socios que se complementan en una única relación armónica con la Tierra. Un discurso que debería pertenecernos a todos y que nos lo ha regalado Vandana Shiva.

TAGS: #Filosofía Mujeres

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