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La comezón del bicentenario

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Ya está terminando Septiembre, Aún cuando técnicamente podemos celebrar nuestro bicentenario todo este año, inevitablemente asociamos  este mes con la fiesta y celebración más significativa.

¿Cuál es la sensación en este momento? Tiendo a pensar que el bicentenario tiene un dejo amargo. Hay algo que no nos termina de convencer. Si miramos algunos indicadores macroeconómicos, nuestra infraestructura, el posicionamiento internacional, nos sentimos contentos y orgullosos, pero cuando miramos hacia adentro y vemos el enraizado conflicto mapuche, el desprestigio de la política, los nulos avances en distribución del ingreso y mejora de la educación nos sentimos incómodos y decepcionados.

Tengo la impresión que, como país, estamos desconcertados, descentrados, una especie de comezón del séptimo año o crisis de los 40. La sensación de haber avanzado, pero que ese avance es insuficiente y que hay grandes proyectos que no hemos podido abordar de manera exitosa y que no es claro que podamos resolver.

Cuando éramos niños imaginábamos que en el año 2010 las cosas serían muy distintas. Probablemente, que andaríamos en autos que vuelan, que podríamos viajar a la luna. Nos imaginábamos una fecha muy lejana, casi inalcanzable.

Hoy ha llegado ese momento y nos damos cuenta de que en algunos campos se ha avanzado mucho más de lo que imaginábamos, pero en otros las cosas no son muy distintas de lo que pasaba hace 30 ó 40 años.

Al mirar los actos de celebración del bicentenario no puedo dejar de pensar en los desafíos que tenemos como país y en el rol que le cabe al gobierno, a la oposición y a la sociedad civil. En el liderazgo que se necesita para avanzar más decididamente hacia la solución de los grandes problemas que aún tenemos.

Evidentemente carecemos de liderazgos que nos convoquen y movilicen. Cada uno se ha replegado a su casa, a su trabajo, partido, iglesia o asociación y estamos cayendo en el peor escenario: buscar soluciones particulares a problemas que nos son comunes.

Todo liderazgo debe dar sentido, tener influencia y obtener resultados. El gobierno ha puede mostrar algunos resultados y cierta capacidad de influencia, pero adolece de sentido, de proyecto de país. No basta con un conjunto de proyectos, se necesita el alma que aglutina esas actividades y metas.

Esa carencia de sentido, de sueño, de relato, es lo que nos está pasando la cuenta como país. No podemos celebrar tranquilos, principalmente por que no está claro hacia dónde vamos. La respuesta de ser un país desarrollado no es suficiente, necesitamos un sueño de país que nos convoque y movilice, por el que valga la pena trabajar y luchar.

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Foto: monky.cl / Licencia CC

 

 

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