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Isla Rey Jorge: una lección de convivencia

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En la Antártica lo natural es lo que parece extraordinario en el resto del orbe: buscar el entendimiento para la cooperación mutua. La naturaleza aquí es implacable y hace de los conflictos políticos una nimiedad distante, un obstáculo más que debe superarse.

Isla Rey Jorge, una de las que conforman el archipiélago de las Shetlands del Sur, es la verdadera puerta de entrada a la Antártica. Allí aterrizan aviones civiles y militares, haciendo uso de la pista de piedra compactada del Aeródromo “Teniente Rodolfo Marsh”. También llegan barcos pertenecientes a los programas antárticos de varios países y cruceros turísticos, que aprovechan los meses en que la bahía Fildes está libre de hielo.

Esta isla tiene otros nombres, siendo conocida como “25 de Mayo” para Argentina (que posee la base “Carlini”) y “Waterloo” para Rusia. Este último país tiene emplazada la base “Bellingshausen” (en ruso: Беллинсгаузен). Su nombre recuerda al almirante Faddey Faddeevich Bellingshausen, que exploró la zona a bordo de sus naves “Mirny” y “Vostok” por encargo del Zar Alejandro I. La base fue inaugurada en 1968 y es la que disfruta del clima más “cálido” de las estaciones rusas en el continente blanco. Tanto así que se refieren a ella como “Курорт”, es decir, “el balneario” o “el lugar de veraneo”.

La otra característica que hace especial a “Bellingshausen” es su extrema cercanía con las bases “Eduardo Frei”, operada por la Fuerza Aérea de Chile, y “Julio Escudero”, la base científica del Instituto Antártico Chileno (INACH). Vistas a la distancia, las tres parecen conformar un solo poblado. Un pequeño riachuelo, llamado por los rusos “el pequeño Volga” y visible solo los veranos, marca una tenue división. En una cima cercana, se puede apreciar la iglesia ortodoxa de “Santa Trinidad”, construida en Siberia y transportada madero por madero y anclada mediante grandes cadenas a la roca. Visitarla y contemplar sus íconos, sintiendo el aroma del incienso y de su madera de pino, es una experiencia notable. Más lejos, unos enormes y oxidados tanques de combustible recuerdan los días en que la Flota Roja se encontraba lista para una eventual tercera guerra mundial

Hoy chilenos y rusos comparten este espacio de manera fluida y conociendo la idiosicincracia del otro, apoyándose en casos de emergencia y compartiendo en eventos recreativos, junto al personal de las cercanas bases “Gran Muralla” (China), “Artigas” (Uruguay) y “King Sedong” (Corea). Pero hubo un momento en que las relaciones se tensaron, producto de una Guerra Fría que dejó sentir su influencia incluso en el confín de la Tierra.

Corría el año 1973 y un cruento golpe de Estado había puesto fin al primer gobierno socialista electo democráticamente. De improviso, dos estados afines, aunque con importantes diferencias ideológicas, se volvieron contrarios. Tanto Moscú como Santiago rompieron toda relación diplomática. Una consecuencia conocida de aquel hecho fue la cancelación de un partido eliminatorio para el próximo Mundial de Fútbol, con ese gol marcado en un solitario Estadio Nacional (vaciado de prisioneros solo unas semanas antes) y la victoria del equipo chileno por la no presentación de la selección soviética. Pero en esa época ocurrió en el continente blanco una anécdota no muy conocida, que dice mucho de la condición humana.

Justo en esa época se estaban efectuando las labores de ampliación que convertirían al Centro Metorológico chileno construido en 1968 en una verdadera base. En circunstancias normales, los rusos hubieran facilitado su maquinaria pesada para el desembarco de materiales de construcción. Pero la dotación de la base “Bellinsghausen” había recibido la orden de no entablar relaciones con los “fascistas”. Si los chilenos recibieron la orden de ignorar a los representantes del “marxismo internacional” en la Antártica, no es algo que haya trascendido, pero es muy probable que así fuera. El velo de la Guerra Fría había caído en una tierra dedicada a la paz y a la ciencia.

Esta situación duró hasta el invierno de 1974, cuando unos sorprendidos chilenos vieron aproximarse a un hombre, que atravesó el ya congelado “pequeño Volga” cubierto de una sábana blanca, Debajo portaba no un arma, sino una botella de vodka. Al preguntársele el porqué había desobedecido la orden de su gobierno, el hombre respondió que la orden era válida si alguien lo veía, pero como iba disfrazado de fantasma, simplemente era invisible y nadie podía denunciarlo. Solo cabe imaginar lo que produjo ese original acercamento en el ánimo de hombres que enfrentaban el aislamiento total y el rigor del invierno antártico. A la semana siguiente el “fantasma” volvió a tocar la puerta de la base “Eduardo Frei” y al cabo de unos días, cuando se perdió el temor de desobedecer a superiores que estaban a miles de kilómetros de distancia, todos los chilenos y rusos se reunieron a compartir.

Otra situación muy interesante es la que se produjo con la primera visita de Augusto Pinochet a estas latitudes, realizada en 1977. Una periodista francesa intentó obtener pasaje a bordo del transporte “Aquiles”, pero al negársele una plaza, pudo embarcarse en el “Yelcho” y llegar antes a la Antártica. Allí registró para la posteridad el desembarco de Pinochet y su comitiva justo al lado de “Bellingshausen”. Cabe destacar que la música que se usó para graficar ese momento en el documental resultante es un fragmento de la música de la película “Alexander Nevsky”, de Sergei Eisestein. Justo la usada cuando aparecían los villanos, unos despiadados caballeros teutónicos.

Pasaron los años y tanto Chile como Rusia experimentaron importantes cambios. Con el derrumbe del bloque soviético a principios de los 90, la dotación rusa quedó prácticamente abandonada a su suerte durante años, mientras su país pasaba por un convulsionado período de transición hacia una economía capitalista. Cuentan que recibieron toda la ayuda posible de sus vecinos chilenos, chinos y uruguayos, y que trabajaron usando su maquinaria pesada a cambio de víveres.

Hoy chilenos y rusos son parte de una misma comunidad antártica, cuya máxima expresión de unión es el Día de la Confraternidad Antártica o Midwinter Day. Se realiza en pleno solsticio de invierno, cuando el sol aparece unas pocas horas en el horizonte y el ánimo de las dotaciones, naturalmente erosionado por las condiciones de este lugar, necesita ser levantado mediante intercambios de regalos, encuentros deportivos y hasta un concurso de disfraces. Es un día en que se recuerda que la luz siempre regresa y que ilumina a todos los hombres por igual.

En la Antártica lo natural es lo que parece extraordinario en el resto del orbe: buscar el entendimiento para la cooperación mutua. La naturaleza aquí es implacable y hace de los conflictos políticos una nimiedad distante, un obstáculo más que debe superarse. En tiempos marcados por diversos conflictos armados y una preocupante situación mediombiental, ¿acaso no necesita la humanidad entera una lección como la que el clima antártico imparte a los que sobreviven a él? Puede sonar ingenuo visto desde el mundo “civilizado”, pero basta con poner un pie en ese territorio fronterizo para darse cuenta que el individualismo exacerbado, que ha permeado todos los aspectos de nuestra vida postmoderna, allí no sirve de mucho y puede ser hasta peligroso. Peligroso tanto para nosotros como para un ambiente que debe ser estudiado y protegido.

Un mundo más antártico sería, definitivamente, un mundo mucho más humano.

Nota elquintopoder: Rafael Cheuquelaf Bradasic es un Periodista y Músico magallánico, que desde 1995 forma parte junto a Héctor Aguilar Triviño del dúo electrónico LLUVIA ACIDA. Uno de sus temas recurrentes ha sido el Continente Blanco. En 2005 publican el disco “ANTARTIKOS”, que relata mediante canciones la historia de la Antártica y en 2007 lo presentan con un concierto en la Base “Eduardo Frei”. En 2012 editan y musicalizan el documental “EL CONTINENTE DE LA LUZ: PRIMERAS EXPEDICIONES CHILENAS EN LA ANTÁRTICA (1947-1949), en base a material restaurado por la Cineteca Nacional. Lo musicalizaron en vivo en el Museo de Arte Contemporáneo (MAC) y en la Feria Internacional del Libro de Santiago (FILSA 2012). Este 2013 viajaron nuevamente a la Isla Rey Jorge gracias al auspicio del Instituto Antártico Chileno (INACH), para registrar audios e imágenes. El resultado final de este proyecto son el disco y la película “INSULA IN ALBIS” (Eolo – Pueblo Nuevo Netlabel), un retrato musical y visual de la Vida Natural y Humana en Isla Rey Jorge.

LLUVIA ACIDA: “INSULA IN ALBIS” (2013) from Rafael Cheuquelaf on Vimeo.

 

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Comentarios

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mika martini

16 de septiembre

muy interesante y aleccionador.

16 de septiembre

Al final de este video, un testigo presencial de esta confraternización entre rusos y chilenos describe el acontecimiento: http://www.youtube.com/watch?v=PP-yzfs4f3I

Nicolás Harambour: Imaginando la Antártica | Prensa Antártica

06 de noviembre

[…] en particular, rescató en un artículo una simpática y esperanzadora anécdota antártica de los tiempos de la Guerra Fría que ha […]

Alguien

29 de marzo

Lección de convivencia? Que ingenuo eres.

29 de marzo

Cuidado con el uso de la palabra “ingenuo”. Los cínicos suelen usarla mucho para autoexaltar su supuesto sentido del “realismo”. Yo no describí en este artículo el “paraíso terrenal”, solo un lugar en donde representantes de distintas culturas conviven de una manera que no se ve fuera del Continente Blanco. No sé si has estado en este lugar al que entusiastamente me he referido. Yo he viajado varias veces a lo largo de varios años y creo saber de lo que estoy hablando. Así que mejor no voy a aplicarte un adjetivo, como tú tan livianamente lo has hecho conmigo. Saludos.

Gurú Antártico

24 de marzo

Hola Rafael:
Así es la realidad en la Antártica. Muy bien descrito todo el ambiente humano que se genera en esas cálidas tierras. Tuve la oportunidad de estar en una de las presentaciones que hicieron ustedes en la Base Frei. Saludos

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