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Invisibles

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Están entre nosotros, son nuestros hijos atrapados en una adicción, son nuestros padres afectados de demencia, son nuestros parientes, vecinos o incluso nosotros mismos que vivimos una enfermedad mental, pero en silencio, abandonados por el Estado, invisibilizados por una sociedad que prefiere no ver… y, pese a que esto ya es suficientemente violento, hay violencia directa, discriminación, desprecio, indolencia para con su sufrimiento y el de su familia.


Nuestro Estado simplemente abandonó hace décadas la salud mental de sus ciudadanos, no hay políticas públicas contundentes en la materia

Año a año (a excepción de aquellos con elecciones, o estallidos sociales), el país asiste emocionado a una especie de espectáculo de caridad, una, a estas alturas, tradición que permite que sigamos auto calificandolos de los “campeones de la solidaridad” y otras loas completamente desproporcionadas, pero que se afirman en eventos como la Teletón. Sin embargo, esto ha contribuido a invisibilizar, por décadas, a otras discapacidades que no sean la física, en especial la mental.

El espectáculo televisivo y la organización benéfica privada que nació a su alero, son un ejemplo paradigmático de cómo entiende la “solidaridad” la sociedad neoliberal que hemos construido: dando una dádiva, entregando dinero, la misma Teletón lo mostró hace algunos años con el testimonio de un joven con dificultad de desplazamiento que pedía ayuda para cruzar la Alameda frente al paseo Ahumada en Santiago, pero la gente solo le ofrecía dinero…

Nadie puede desconocer que, para las personas con discapacidad y sus familias, que han sido beneficiadas por la Teletón, esta institución ha representado un apoyo invaluable, que ha hecho la diferencia entre la vida y la muerte o la posibilidad de desarrollar sus capacidades o no, y, por tanto, no se trata de enjuiciar su labor, sino solo el efecto colateral no deseado, de poner el foco de la atención pública en una discapacidad en particular, y los métodos para enfrentar las dificultades que acarrea.

La imagen de la discapacidad en Chile es la de un niño en silla de ruedas, no importa que la preeminencia de la discapacidad sea mayoritariamente de adultos en Chile, y por el proceso de envejecimiento de nuestra población sea cada día más marcada esa tendencia estadística, no importa que haya otras discapacidades, personas sordas, ciegas, y muy especialmente, personas con discapacidad mental, no importa, porque las personas parecen querer mantenerse ignorantes de una realidad escandalosa y, no importa, porque el Estado es el principal interesado en mantener esta imagen que fomente la caridad, para no hacer evidente su abandono total de esta dolorosa realidad, y en particular, de la salud mental de los chilenos.

Además de algún pseudo reportaje en televisión de vez en cuando, o algún mensaje desesperado de los profesionales del área que se cuela en algún medio de comunicación, nadie en Chile habla de salud mental y la profunda crisis humanitaria en que está sumida en nuestro país. Desde luego las políticas públicas en materia de discapacidad, pese a los avances, siguen centradas en un modelo asistencialista ocupado de entregar ayudas técnicas (sillas de ruedas, audífonos, y un largo y muy necesario etcétera) y no de generar el imprescindible cambio cultural que permita la construcción de una sociedad verdaderamente inclusiva y, además, en esa política la discapacidad mental es casi inadvertida.

Los Derechos Humanos de las personas que tienen una discapacidad mental, sea esta cognitiva o psíquica, son vulnerados a diario en Chile y a nadie parece importarle demasiado. El Estado, con su ausencia e incapacidad, permite que personas sean mantenidas en sus hogares en condiciones casi infrahumanas, no necesariamente por la crueldad de quienes las mantienen, sino por su imposibilidad material de entregarles mejores condiciones de vida considerando su condición, la inacción estatal trunca las capacidades de miles de chilenos que no están debidamente incluidos en el sistema educacional chileno que sigue segregando y discriminando abiertamente, nuestro sistema legal priva de capacidad jurídica a las personas denominadas “dementes”, una especie de cruel bolsillo de payaso en que caben muy disímiles afecciones mentales y se mezclan con condiciones como el síndrome de down, en un esquema de “blanco y negro” que no admite los necesarios matices en la materia, por si fuera poco, los medios de comunicación contribuyen a la estigmatización de las enfermedades mentales sin el menor remordimiento, y, por último, la red público-privada de establecimientos dedicados al tratamiento y estadía prolongada de personas con discapacidad mental, además de desesperadamente insuficiente, tiene un triste historial de malas prácticas, vejaciones, restricciones innecesarias a la libertad individual de los internos, abusos, violencia y un desgarrador y largo etcétera.

Nuestro Estado simplemente abandonó hace décadas la salud mental de sus ciudadanos, no hay políticas públicas contundentes en la materia, y peor aún, aspectos esenciales como el consumo de drogas, son abordados con una lógica fracasada de represión. La llamada “guerra contra las drogas” es un despilfarro descomunal de recursos en una política destinada invariablemente al fracaso más absoluto, en vez de abordar los alcances desde el punto de vista de la salud pública y las razones estructurales que afectan a una sociedad en que sus individuos son empujados al consumo de sustancias peligrosas (que incluyen al alcohol y el tabaco también), preferimos la respuesta violenta y fútil de alimentar la fantasía del control total, con más policías, helicópteros y demás recursos destinados a enfrentar a un narcotráfico creado y potenciado por esa misma lógica enferma.

Chile necesita un nuevo trato político, social y económico, que incluya una revisión profunda de la sociedad que hemos construido y sus valores, qué entendemos por solidaridad y qué valor le damos a la dignidad humana, son preguntas que nos ayudarán a re definirnos como una sociedad verdaderamente inclusiva, y nuestros ojos podrán abrirse a una nueva realidad, en la que no pueden haber invisibles.

TAGS: #Inclusión Discapacidad Salud Mental

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