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Herminda de la Victoria: 50 años de historia

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1967. Muchos de ustedes -me incluyo- no habían nacido siquiera, ni tampoco estaban en esa suerte de plan que supone -no siempre- la llegada de alguien a este mundo. 16 de marzo de 1967, para ser más específicos, en la comuna de Barrancas; un grupo de familias, agrupadas en el Comité de los Sin Casa, iniciaban una caminata en medio de la noche. “Salíamos muy tarde y si alguien nos preguntaba algo, les decíamos que nos íbamos a la playa”, diría la Compañera María con esa entrañable sonrisa que habitualmente caracterizaba sus relatos. Lejos de ir a descansar, las familias se encaminaban hacia un terreno solitario, dentro de Barrancas, en el actual límite para las comunas de Lo Prado y Pudahuel; iban a instalar un campamento para demandar un derecho básico, el de la vivienda. “No queríamos que nos regalaran nada, teníamos la libreta Corvi pero no podíamos postular al subsidio y nadie nos daba una solución, entonces nos tomamos los terrenos”, parece que estuviese escuchando a la compañera María.


"No queríamos que nos regalaran nada, teníamos la libreta Corvi pero no podíamos postular al subsidio y nadie nos daba una solución, entonces nos tomamos los terrenos", parece que estuviese escuchando a la compañera María.

Así se inició la toma. Decenas de familias, agrupadas con un problema común, practicando esa solidaridad de clase que te hace reconocerte en el otro, compartir necesidades, sueños, preocupaciones… y hambre. Exigían solución: no querían que les regalasen los terrenos, iban a pagar por ellos; querían levantar sus casas igual como levantaban sus sueños: mano a mano, ladrillo a ladrillo, sudor, esfuerzo, a punta de sacrificio. Imagino que en la toma pasaron hambre y frío y que pasaron meses así, compartiendo el baño (un pozo), agua, duchas hechizas. Imagino que tuvieron miedo, que dudaron si seguir en la pelea, que pensaron en abandonar. “Me acuerdo que una vez que llegaron los pacos a desalojarnos, nos empezaron a apalear a todos, mujeres, niños… la Gladys le voló la cara a uno de un charchazo, yo tenía esa foto”.

La historia fue pasando de boca en boca. Así empezaron a llegar distintas manos a ayudar, a atender enfermos, a visitar a los pobladores, a entretener a los niños. Y llegó también Víctor Jara, quien visitó la toma muchas veces y, conmovido por lo que los pobladores vivían, tomó su guitarra y empezó a componer, en la génesis de lo que después se transformó en el disco “La Población”; Luchín, el niño que jugaba con la pelota de trapo, fue uno de los niños de Barrancas, de esa toma de terrenos.

Sobre el nombre de la población hay muchas versiones. Que en medio de un desalojo -punto coincidente en distintas versiones-, los carabineros habían golpeado a una mamá que llevaba a su hija recién nacida en brazos, y que habían golpeado a la guagua y que había muerto. Otros decían que a la menor en cuestión “le había llegado un chorro de agua del guanaco” en medio de ese desalojo y eso le había provocado una enfermedad mortal. La versión oficial dice que Herminda, la niña en cuestión, había muerto de bronconeumonía, en medio del campamento. Lo que vino después combinó tragedia e indignación, una historia que estremece: los pobladores quisieron velar a Herminda en la toma, en la población que la vio nacer, pero los funcionarios del hospital no habrían querido entregar el cuerpo de la niña. Cuentan que una mujer habría entrado a recuperarlo para que finalmente fuera velado en los terrenos que la acogieron en su corta vida. A raíz de este hecho atroz, los pobladores en asamblea habrían decidido darle a la toma un nuevo nombre: Herminda, en honor a la pequeña fallecida, y de la victoria, por la esperanza de la victoria que alcanzarían cuando finalmente obtuvieran un terreno donde levantar sus casas.

Finalmente la victoria fue alcanzada y las familias obtuvieron sitio donde construir sus casas. Los compraron con el dinero ahorrado en la libreta Corvi y, si bien no fueron ubicados en la zona tomada, pudieron poner los primeros ladrillos que cimentarían ese camino a la dignidad que muchos, a pesar de la lucha, no pueden alcanzar. La Población, la de Víctor Jara, la que inspiró tantas letras, fue ubicada en terrenos de la actual comuna de Cerro Navia.

La historia siempre ha sonado como a batalla épica, casi de película. Me la he imaginado toda la vida en blanco y negro, pero sé que fue importante, de hecho incluso quedó registrado en un documental que se titula “Herminda de la Victoria“, atribuido al Cine Experimental Artístico de la Universidad de Chile.

La Herminda, la combativa. De esa población sacaron a piedrazo limpio a Pinochet en 1988, cuando anunciaba su “candidatura” al plebiscito en una chocolatada que no era más que un acto político encubierto encabezado por el alcalde designado de esa época. De esa población sacaron, también a piedrazo limpio, a Nicolás Monckeberg, diputado RN, cuando se atrevió a aparecer en la tarde previa a la celebración del aniversario de la toma: la Herminda no se presta para lavados de imagen de nadie, menos de la derecha.

Medio siglo ha pasado desde que mi abuela, la Compañera María, dirigente de los Sin Casa de Barrancas, se sumó a esa marcha que tenía como objetivo la toma de los terrenos. Para mí los 16 de marzo no pasaron nunca desapercibidos, pues son parte de mi historia; durante toda mi vida escuché el relato y crecí imaginando cómo era la carpa donde dormía mi mamá, mi tía, mi abuela y mi abuelo. La distancia de los años me hace entender la necesidad y sentirme mucho más orgullosa de la validez de la lucha de mis abuelos. Crecí en la Herminda, mi familia sigue allí, SOY de la Herminda, y me sigue emocionando la lucha de los que estuvieron antes de que yo siquiera pensara llegar a la tierra, porque gracias a esa carpa, a la libreta Corvi, al techo que construyeron mis abuelos con sus propias manos, hoy soy lo que soy: esta historia, la que corre por mis venas.

¡Felices y orgullosos 50 años, Herminda!

 

TAGS: #HermindaDeLaVictoria #HistoriaDeChile #Vivienda Campamentos

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Comentarios

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Paz

20 de Marzo

Yo también soy de la Herminda y me habría gustado tanto pertenecer a la parte luchadora de la población, donde la gente se ayudaba y se apañaba, nunca renegando de su identidad.Sin embargo, el tiempo ha pasado y en el entorno donde crecí,no existe nada de eso,sólo vecinos que las circunstancias juntaron,nadie con ese sentido de pertenencia y donde la droga y el desencanto le ganaron a cualquier sueño. Hoy brindo por los que hicieron posible el lugar donde viví mis primeros 7 años,donde llegó mi abuela a formar la familia que me dio una infancia que, aunque resistiendo los embates de la dictadura en los ochentas, fue maravillosa,humilde,transparente, como todas las viejas y viejos que pararon la olla y nos dieron un lugar para vivir.Un saludo especial al kinder 1985 del colegio Robert Kennedy, ojalá alguien de allí leyera este texto, nunca más los ví.

22 de Marzo

Yo ya habia dejado de ser para esa epoca, un pelusa inconciente y albergaba sentimientos de fraternidad y solidaridad con los pobladores de esa epoca. Hoy respeto a cada uno de ellos y admiro con mucho sentimiento su lucha por mejores condiciones. Esa lucha no ha terminada, le hemos battido debajo de la alfombra y eso es mas doloroso quizas.

jorge duarte

12 de Septiembre

Yo con mi padre cuando tenía 7 años le acompañe esa noche para que un amigo suyo (no recuerdo su nombre) tuviera su casa…Herminda la Victoria con gente muy buena ,cariñosa y humilde…pero valiente…

Bernardo Correa Negrete

25 de Julio

Mil veces me imaginé esa historia. mil veces pasaron por mi cabeza momentos de injusticia y sufrimiento que no viví porque nací en una familia de clase media, pero que me enseñó de empatía con el dolor de los que nacieron teniendo menos que yo, o con menos oportunidades que yo.
Entré a la universidad el año 1986, con un rector militar. Sentí el miedo a expresarme, de decir que pensaba que las cosas no estaban bien. Trabajé de obrero porque mi familia de clase media (ni yo) tenía derecho a un crédito fiscal para poder estudiar.
Esa experiencia fue una tremenda escuela, porque me enseñó que fui un privilegiado y que debo estar agradecido de la vida y de los que me enseñaron con su ejemplo. Es lo mismo que ahora le transmito a mis hijas pequeñas.
Lo más cerca que estuve de ese lugar fue cuando el año 1995 llegué a San Francisco con La Estrella en Pudahuel, como profesional buscando una oportunidad de trabajo en “La Capital”, porque nuestro sueño del arcoiris de la democracia ya se estaba destiñiendo.
Ahora tengo un trabajo estable y una familia consolidada. Gracias a Dios no dejo de conmoverme con la Herminda de La Victoria y espero que mis hijas también lo sientan, para que puedan sumarse desde su tribuna y apoyar a los que siguen sufriendo por una vida digna en nuestro Chilito.

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