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Hambre de saber

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Uno de los primeros encuentros con el conocimiento del que tengo memoria son los letreros callejeros, nombres de almacenes, indicaciones de tránsito cuando, sentado diminuto al lado de mi madre, viajábamos en micro por las calles de la ciudad.  No tengo claro si en Santiago o Iquique, tan pequeño era que el tráfago de carteles pasando raudos es solo un recuerdo borroso del amplio mundo que se me abrió cuando comencé a leer.  El pato del silabario hispanoamericano, aquella mascota creada por el ilustrador Mario Silva Ossa (Coré), famoso entre quienes nos alzamos por sobre los 40, encontró por esos años en mí un seguidor incondicional.

Los cinco tomos de la verde enciclopedia ilustrada Sopena, que en algún momento llegaron al desprolijo librero de mi casa clase media baja y que fueron comprados a un vendedor viajero, fueron otra puerta abierta a la de otra forma inasible realidad y fantasía que discurría allá afuera.  Aprender de memoria las definiciones de archaeopteryx y asteroideo fueron los primeros pasos de mi esquemática, cuadrada costumbre de leer (e incluso ver cine) en forma secuencial y no aleatoria, no sorpresiva: partí en la A, como si de una novela se tratara. Hábito que mantengo hasta hoy en algunas situaciones.


Constantemente escucho en el territorio que siempre es mejor hacer que decir.  Que la teoría, el discurso poco valen, que la experiencia personal más que la comunicación debe ser prioritario.  No estoy tan claro de aquello, aunque tampoco creo que saber y decir esté por sobre el hacer. La combinación de ambas posibilidades es lo que permite la evolución personal, social, colectiva.

Mi enseñanza básica discurrió en a lo menos tres escuelas municipales.  Ni emblemáticas, ilustradas ni de las que preparan a la elite republicana hija de la clase media.  El principal orgullo, además de ciertos profesores que marcaron mi escolaridad, fue pasar algunos años por la D-71, la Domingo Santa María, la de la matanza del infame 21 de diciembre de 1907.  En los 80 de la dictadura cívico-militar saber ello ya era toda una proeza.

En mi memoria de aquellos años aloja el sentimiento de que en las aulas públicas acceder a un libro era una odisea.  El alumno debía informar nombre, edad, curso, asignatura, profesor y poco menos que RUT del autor para tener derecho a sacarlo de la biblioteca, exigencia que complejizaba la lectura por motivos distintos de un examen obligatorio.  Ella, normalmente una bibliotecaria lenteada, era para mí una guardiana feroz que protegía un indescriptible tesoro de saberes arrumbado detrás del rectángulo-ventanilla en el cual se parapetaba para requerir santo y seña.  De seguro desde esa época tengo animadversión por cualquier tipo de traba que se ponga al conocer.  No me convocan quienes escatiman lo aprendido, sea esto propio o ajeno.

Ingresar a octavo básico a un colegio particular subvencionado, con beca estatal y privada, fue un cambio fundamental. El principal, poder deambular libremente por estanterías llenas de libros, revistas, enciclopedias.  Palabras, dibujos, incluso audios en caset estaban ahí para uno, literalmente al alcance de la mano, sin tener que dar mayor explicación para querer hojearlos, escucharlos, in situ o en el hogar.  Leer un libro solo porque sí, sin mayor ni menor razón, debiera ser un derecho garantizado.

De esos años son mis recuerdos de la serie completa de Mampato, libros de vaqueros, Camus y Hesse, El Prisionero de Zenda y textos completos de mitología griega y romana.  Entender los vericuetos de las relaciones entre dioses, semidioses, héroes y humanos mortales se convirtió en mi obsesión.  Tener el mapa mental completo, comprender cómo se formó el mundo y como evolucionó, según esas primigenias teologías, se transformó en un desafío prioritario.

Fue así que llegué a una obra-compendio que respondería mis dudas. Teogonía, de Hesíodo, escrita varias centurias antes de Cristo.  El problema, en Iquique era inubicable.  Por ello, la primera parada a la capital luego de 10 años vividos íntegramente en el norte fue la Biblioteca Nacional donde sabía albergaban el épico poema.  Antes que el cerro Santa Lucía, el zoológico.  Previo a Fantasilandia, la Torre Entel, las escalera mecánicas, debía leer ese libro.  Y lo hice.

Fue el 98 o el 99, ya en Coyhaique instalado, cuando se abrió la más amplia puerta al catálogo de artefactos culturales creados que, por lo menos personalmente, habría de cruzar.  Fue trabajando en Canal 4 “Rocco TV” que por estas tierras comenzó a masificarse el uso de Internet, con limitados buscadores y mucha menos información online que l actual.   La “Ventana Cultural”, que no era más que una secuencia de diapositivas de powerpoint representando obras y biografías de destacados pintores del mundo recopilados en la incipiente web, fue nuestro aporte  los televidentes de esos días.

Constantemente escucho en el territorio que siempre es mejor hacer que decir.  Que la teoría, el discurso poco valen, que la experiencia personal más que la comunicación debe ser prioritario.  No estoy tan claro de aquello, aunque tampoco creo que saber y decir esté por sobre el hacer. La combinación de ambas posibilidades es lo que permite la evolución personal, social, colectiva.

Decía hace un tiempo que la lectura, incluso de los clásicos, puede llevarnos por dos caminos (según la hegemónica visión maniquea, bipolar, de la existencia): el de la acumulación, la constante competencia con otros por saber más, convirtiendo el conocimiento en un privilegio de elite; el de la humildad, entendiendo las limitaciones de nuestro aprendizaje actual, que forma parte de un camino colectivo, incluso intergeneracional.

Hambres hay muchas.  Pero una fundamental, que nunca pasará de moda, es la que nos permite ir más allá de nuestra restringida dimensión sensorial.  Es esta una necesidad que es preciso fomentar.  Porque la vida no es solo pan.

TAGS: Conocimiento Lectura

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Javi-Al

06 de agosto

Concuerdo con Ud. y su hermosa reflexión, me recordó muchos momentos de mi infancia pobre y llena de curiosidad.

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