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El verdadero chilean way: nunca tanto

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Chesterton, en su breve Historia de Inglaterra, cita una pregunta de Kipling que tiene plena validez en el aquí y ahora de nuestro Chile: What can they know of England, who only England know?

La pregunta tiene múltiples traducciones posibles. Todas ellas apuntan a la raíz de una infinidad de problemas que nos afligen en el vano intento de enjuiciar un país totalmente chilecéntrico. Nuestros optimismos desbordados, nuestras más severas autocríticas, nuestros ataques de fatalismo depresivo, todas esas estúpidas frases que en algún momento hemos citado como la crema de nuestra sabiduría, se estrellan con los bordes estrechos de nuestro provincialismo insular.

Cito al azar  tres de ellas, una pesimista, una optimista y una que tal vez nos define con mayor objetividad:

Es la raza, la mala.

La mujer y el vino chilenos son los mejores del mundo.

The chilean way.

La primera, negativa,  parte de algo inexistente: la raza chilena. Este país es un crisol de (casi) todas las razas existentes y sus habitantes somos todos mestizos.

Que la mujer chilena sea bella es cierto, con notables excepciones que no voy a citar.  ¡El vino? de acuerdo, es excelente, como el de otras latitudes igualmente agraciadas por el clima y el suelo.

La tercera es la más asertiva. Es posible observar un chilean way en nuestros actos y, sobre todo, en nuestras omisiones. Un destacado humorista nacional lo ha descrito como el “nunca tanto”. Somos honrados y ladrones, flojos y trabajadores, comprometidos y abúlicos, apasionados y apáticos a la vez, pero  nunca tanto. Debemos reconocernos en ese chilean way, pero no sabemos si hacerlo con orgullo o con vergüenza. 

Tal vez, en esta disyuntiva  – como en tantas otras – viene bien un poco de humildad. Somos un pueblo en busca de su identidad. Tenemos paisaje,  tenemos arte, una historia que, aunque breve está repleta de hechos, algunos honorables y nobles, otros detestables y vergonzosos. Tenemos instituciones, visionarias algunas y  retrógradas, otras.  Tenemos una democracia que de ejemplar pasó a inexistente y luego, a vacilante. Una economía que de caótica pasó a ordenada y tal vez, en demasía  prudente. Un sistema educacional que de antaño era señero y ahora,  enfermo y de diagnóstico reservado.

Si nos preguntaran: ¿cómo les ha ido en estos doscientos años?, la única pregunta a la vez honesta e informada sería: – más o menos, aunque nunca tanto.

Conocemos de éxitos efímeros y fracasos persistentes. De triunfos ocasionales y derrotas crónicas. De iras profundas y perdones transitorios. De carencias generosas y de riquezas mezquinas.   

El bicentenario pasó casi inadvertido entre terremotos y derrumbes, reconstrucciones y rescates. Faltó silencio y sobró bulla. Faltó reflexión,  sentarse juntos en una mesa y discutir.

Aunque tardío, parece oportuno que lo hagamos y conversemos sobre un tema muy sencillo de enunciar y dificilísimo de zanjar. ¿Qué queremos hacer ahora? ¿Qué tipo de país queremos ser? ¿Qué vamos a comer, con qué nos vamos a calentar, con que, iluminar? ¿Qué haremos en nuestro tiempo de ocio? ¿Cuántos queremos ser?

Es la hora de dejar la ambigüedad, la vacilación, el obsecuente hábito de aceptar todo lo que venga porque no se nos ocurre nada original. Que dejemos de ser los ingleses de América, o suizos, italianos o españoles. Que busquemos un real significado a eso de ser chilenos. Tal vez, partiendo de lo (poco) que sabemos: Somos una nación multicultural y multiétnica latinoamericana a comienzos del siglo XXl.

Y ahora: ¿qué?

Queremos construir una hipótesis de desarrollo en la que queden claramente definidos tanto un perfil de sociedad, como un programa y un plazo para lograrlo. Eso significa una reforma (concreta) de educación, una matriz energética, un plan de salud pública, una reforma tributaria, un nuevo sistema político que nos saque de la condición de consumidores y nos eleve a ciudadanos. Queremos tomar con mano firme el timón vacante para dirigir nuestra nave al puerto que hemos elegido. Que no sean sólo los vientos extraños que nos lleven a su antojo sin que sepamos ni ellos ni nosotros hacia donde apunta nuestra proa.

Difícil, pero nunca tanto.

————

Foto: Chilenidad / Licencia CC

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