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El Mundial, época odiosa para quien aborrece el fútbol…

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Para quien no gusta del fútbol, el Mundial es una época trágica… Todos los temas parecen subordinados hoy a lo que ocurre en Sudáfrica. Escenario de una suerte de Gran Circo Romano globalizado, donde gladiadores venidos de todas partes del planeta dirimen la supremacía ante una audiencia universal que los observa embobados desde cada rincón de la Tierra.

Debo confesar, antes que nada, que yo soy uno más en medio de la inmensa multitud que fija casi en forma exclusiva la sintonía de su atención en este evento, y se ausenta del resto de las preocupaciones cotidianas por el tiempo que dura la disputa, siguiendo con devoción partidos que en otras circunstancias le importarían un rábano, como Japón- Camerún o Nueva Zelanda- Eslovaquia.

Pero, hecha esta confesión, me permito añadir que mi estado de alienación no me impide tener la suficiente lucidez como para darme cuenta de la condición de virtuales parias a la que son reducidos por estos días aquellos a los que no les gusta el fútbol. Es decir, a los que no les va ni les viene la situación del isqueotibial izquierdo de Suazo o las diabluras de la Jabulani, el esquivo balón que se ha convertido en el terror de los guardametas.

Un gran amigo mío, el escritor y periodista brasileño Sergio Leo, ha expresado mejor que cualquiera, creo yo, la sensación de extrañeza y distanciamiento que rodea a los que permanecen inmunes a la seducción de la “pelotita” y al canto de sirena de las insoportables vuvuzelas.

Leo anota en su blog, en un posteo magnífico titulado “Cuándo, al final, acaba esa Copa?”, que durante este período se siente algo así como “un ciudadano ateo de un país convertido al fundamentalismo”. Y añade: “Las emisoras de TV convocan insistentemente a los fieles a la oración, amigos que antes te trataban cordialmente pasan a condenar tus comentarios de infiel, tu convivencia social es amenazada por la incapacidad de seguir las ceremonias y rituales que todos esperan que sigas”.

Brasil ni siquiera debuta, agrega a renglón seguido, y “como en las coberturas de los viajes presidenciales o las reuniones de la OMC, ya me cansé con los preparativos. Me hincharon la paciencia, y espero fervorosamente que todo acabe luego. Aunque no me arriesgo a decir eso en público, por miedo de latigazos, apedreamientos y crucifixión en el atrio del templo, para servir de ejemplo a los otros sacrílegos”.

Convengamos en que Leo es bien osado y audaz, porque decir esas cosas en el país de los postulantes a hexacampeones del mundo le puede costar caro. Cuanto menos algún amigo le puede quitar el saludo u otro lo puedo acusar de apóstata y traidor a la “verde amarela”, dadas sus temerarias y antipatrióticas opiniones. Por eso es que ofrece disculpas de antemano y suplica: “No quieran mal al bloguero, tengan piedad de él y de su infierno particular”, sabiendo que “seré excomulgado por aquel que lea el texto hasta el fin”.

Yo, por mi parte, no suscribo su desprecio hacia el más popular de los deportes que se expande sin prisa pero sin pausa hacia todas partes, pues pienso que a esta altura sólo los canadienses (herejes del soccer, pero adeptos sin remilgos al hockey sobre hielos…) y algunas tribus perdidas de esquimales se mantienen impávidos ante el clamor del primer Mundial realizado en África.

Pero sí me siento solidario con su rechazo a toda la parafernalia mediática que rodea al hecho deportivo en sí, que a esta altura parece ser lo menos importante de todo, al menos para los medios. No soporto más a enviados especiales o corresponsales de ocasión animando a un grupo de simpáticos sudafricanos a entonar por enésima vez el “ceacheí, chi, ele é, le”, creyéndose la mar de originales y creativos.

Tampoco resisto más los despachos que dan cuenta de cómo ingeniosos ganapanes se las arreglan para subsistir en Johannesburgo o en Nelspruit, haciendo empanadas de horno o vendiendo camisetas o chucherías de la más diversa especie para poder cumplir con esa especie de peregrinación a la Meca que representa seguir a la “Roja” adonde ella vaya.

Una cosa es el entusiasmo mundialero, que es legítimo para cualquier hincha, y otra cosa es la tontería llevada al extremo. Un feligrés, por ejemplo, exhibe orgulloso la polera firmada por el “Chupete” o el “Mago” Valdivia, y afirma que a partir de ahora no la lavará nunca más, con el mismo fanatismo con que un peregrino a Tierra Santa se habría inclinado ante el Santo Grial.

En fin, como decía el maestro Fabregat, de la revista Humor, en Argentina: “La inteligencia humana es limitada, pero la estupidez no tiene límites…” Y eso que todavía nos falta el relato del inefable Carcuro, impregnado del chauvinismo más ardiente, cuando la selección dirigida por Marcelo Bielsa haga su ingreso al gramado del estadio donde debutará, en pocas horas más, ante la oncena de Honduras.

Para entonces, espero, yo me refugiaré en Directv, si Dios y la conexión satelital me lo permiten, buscando escapar a las encendidas proclamas y a la unidimensionalidad del fanatismo.

Y, ojo… Por favor no vean esto el típico elitismo del intelectual que procura andar siempre a contramano de las masas, para no contaminarse con el rebaño. El genial Leo lo dice mejor que yo, así que le ofrezco la palabra para que remate con sus conceptos, lo que no podría expresar de forma más ajustada:

“Yo entiendo, claro está, la belleza de la cosa, el ballet de los jugadores en el campo; las historias de superación física y social; el ejemplo de jóvenes salidos de comunidades carentes transformados en ídolos mundiales (y fuente de renta para muchachas avispadas…); entiendo el placer de participar de un entusiasmo colectivo… Pero la agonía y la histeria de los mujaidines de camiseta verde-amarilla, berreando por la patria de los chuteadores, de esa Iglesia fui excomulgado cuando era niño…”

O sea, futbolero sí, hasta ahí acompaño la cosa. Pero jamás chiíta. Así que no esperen ver mi nombre en la lista de los descerebrados que anuncian a todos los vientos –y en Twitter o en Facebook, para que no quepan dudas- que se empelotarán en la Plaza Italia, si es que Chile llega a la final del Mundial de Sudáfrica. O que pagarán todas las mandas que les demande su fundamentalismo mundialista…
 

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