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El mito del self-made man/woman y su impacto en el sentido comunitario

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Cada cierto tiempo es posible escuchar a personas, hombres y mujeres (aunque es más bien una noción masculina), hablar de sus propias y particulares capacidades para desenvolverse en el mundo que les rodea. De sus personales habilidades, nacidas al parecer solo de su empeño y tesón, que les han permitido surgir principalmente en términos económicos y materiales.

Esta es una discusión de larga data.  Inserta en los clásicos de la filosofía global, de mucho antes que José Ortega y Gasset dijera que el ser humano es él y su contexto.  “Soy yo y mi circunstancia”, dijo el intelectual español en Meditaciones del Quijote de principios del siglo XX.  Dando cuenta así de la inseparabilidad del camino recorrido por quienes me antecedieron por el que como individuo transito hoy.


Es lo bello de la responsabilidad intergeneracional. Del trabajo colectivo que cruza el tiempo, donde nos entendemos como comunidad más allá de mi aquí y mi ahora.

Esta confluencia de influencias es la que queda eliminada de un plumazo cuando escuchamos la figura del “self-made man de la cultura estadounidense.  Del país del norte porque fue un senador de ese país, Henry Clay, quien acuñó la frase en 1832.  Asociada a esta mirada se anclan conceptos como “el secreto de mi éxito”, que incluso tiene una muy popular película (“The Secret of my Success”) que en 1987 protagonizó Michael J. Fox.  Véanla, los que quieran, no ahondaré en el argumento pero de seguro ya entienden cuál es.

Y aunque se sienta como un debate baladí, no lo es tal cuando en todo momento desde las políticas públicas y la propia ciudadanía se exacerba al máximo esta mirada.  Esta exclusiva mirada del empoderamiento individual.

Escuchamos a tanto ciudadano hablando de su capacidad de gestión y virtudes personales, incluso mucho joven en nuestra región de Aysén, preocupado solo de sus emprendimientos y ganancias, sin comprender que si hoy puede hacer lo que hace es porque hubo otros y otras que antes que él (o ella) hicieron camino.  Cuidaron el territorio para que hoy pueda hacer turismo aventura, fundaron escuelas para que se educara, generando comunidad como colchón que acoge a sus nuevos integrantes.

Y así, muchos van caminando por la vida con sus propias capacidades, su certeza meritocrática, sin involucrarse en procesos colectivos que mantengan la posta donde nos necesitamos los de ayer, los de hoy, los que vendrán.

Si tuvo educación, fue también porque muchos y muchas lucharon (e incluso dieron la vida) por la educación básica gratuita.

Si hoy es mujer y tiene derecho a voto fue porque muchos y muchas impulsaron el sufragio universal.

Si puede deleitarse y hacer empresa con los paisajes de esta Patagonia, es porque muchos y muchas han abogado (desde antes incluso que algunos por acá estuviéramos) por la defensa territorial, por un Aysén como reserva de vida.  Y que lo siguen haciendo, a pesar del rechazo (un clásico también) de un sentido común conservador que quiere seguir haciendo las cosas como siempre en su relación con la naturaleza y los territorios.  Y ya vemos a lo que nos ha llevado aquello.

Es lo bello de la responsabilidad intergeneracional. Del trabajo colectivo que cruza el tiempo, donde nos entendemos como comunidad más allá de mi aquí y mi ahora.

Entenderlo es también parte de la labor actual.  Su comprensión es la que borra de raíz el mito del self-made man(o woman).

TAGS: Individualismo

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