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El mejor regalo

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“Como siempre, en diciembre la gente se aprestaba a celebrar la Navidad. Desde comienzos de mes multitudes invadían el comercio para efectuar sus compras. Personas con el rostro preocupado se movilizaban tratando de encontrar precios más bajos, algunas cargando paquetes que significarían la sonrisa de sus destinatarios. Árboles navideños daban un aspecto festivo a las tiendas y las luces iluminaban las frías noches del mes.

Traté de ubicar a mi madre entre todas aquellas personas desconocidas, pero no, ella no estaba en condiciones de hacer regalos y mucho menos de comprar siquiera un pequeño árbol para adornar nuestro hogar. 


Cuántos niños como yo no reciben regalos en este mes festivo, niños que sueñan con el Viejito Pascuero y que no reciben regalos aunque escriban miles de cartas para él.

Desde pequeño mi madre inculcó en mi mente que no podría aspirar a poseer los bienes de otra persona debido a nuestra condición de pobres, de no contar con dinero para adquirir lo que para otras familias era normal comprar. No, no debía soñar y tener ilusiones de esperar un regalo cada navidad, pues no sería así. Estaba consciente de esto y por ello no me entristecía en la Noche Buena al no recibir un presente, pues me contentaba con el cariño de mis padres y con tenerlos siempre junto a mí.

Siempre es eterno y mi padre no era eterno, eso lo comprendí con dolor y angustia. Lo que sentí y lo que viví cuando murió no se podría explicar. Mi madre se avejentó, nos sumimos en la desesperanza ¿Con qué íbamos a subsistir? Gastamos todos nuestros ahorros en el funeral, ¿Qué sería de nosotros? Algunas personas derrochaban dinero, lo gastaban en lujos, en frivolidades, mientras que nosotros…

¿Cuántos niños como yo no reciben regalos en este mes festivo, niños que sueñan con el Viejito Pascuero y que no reciben regalos aunque escriban miles de cartas para él?

Mi madre encontró trabajo como dependienta de una tienda. El sueldo era poco, más alcanzaba. A veces ella llegaba muy tarde en la noche y ello se debía a que el negocio cerraba después de la hora normal por ser una fecha especial, por esto yo pasaba todas las tardes solo y me dedicaba a pasear por diferentes lugares buscando un árbol. Al fin encontré uno maltrecho y minúsculo. En la casa lo adorné y arreglé para luego guardarlo celosamente, pues ese sería el regalo para mi madre. Lo colocaría en su sitio la noche previa a la Navidad. Al mismo tiempo elaboré una tarjeta y dibujé en ella al Viejito Pascuero, a mi madre, a mi padre ya muerto y a mí. Y arriba, en el cielo, la estrella de Belén. Quedó hermosa, según yo. La guardé y esperé pacientemente la Noche Buena.

Soñaba con el Viejito Pascuero, que iba a llegar, descendiendo de la chimenea que no teníamos y cargando en sus espaldas un saco repleto de obsequios para nosotros. Me acercaba a él y veía que era mi padre disfrazado de Papá Noel, le sacaba la máscara y su rostro era esquelético, el de una calavera. Le preguntaba por qué era tan feo, por qué estaba tan raro, él me respondía que para las demás personas era así, para los adultos, pero para mí debía presentar el semblante con el que lo recordaba, mas como yo ya era un hombre debía saber la realidad definitiva, por mucho que me asustara y doliera. Las imágenes se desvanecieron y desperté llorando, mi madre llegó junto a mi lecho, me abrazó y secó mis lágrimas diciéndome:

– Tontito, te dije que no soñaras lo que no puedes tener.
– Mamá, papá está muerto, eso significa que no lo veré más, que no podrá jugar conmigo. Mamá ¿Él hizo algo malo y por eso Dios se los llevó?
– No hijo, Dios habrá tenido otras razones.
– ¿Me puedes dejar solo? Tengo sueño – dije.
– Claro, hasta mañana hijo – y salió con inquietud en sus ojos.

Una vez que se fue, me cubrí con las sábanas y lloré largamente, hasta que me dormí. Desperté al otro día cuando ya mi madre se había marchado al trabajo, me dediqué toda la tarde a colocar el árbol en su ubicación y colgar de él la tarjeta que había elaborado, además hice una estrella que coloqué en la cima del árbol y aguardé la llegada de mi madre. Pensé en Jesús y le pedí que cuidara de ella.

Pasaban las horas y me quedé dormido, desperté producto de unos ruidos en la puerta, era ya muy tarde. Pensé que era mi mamá y esperé en la cama. Se abrió la puerta y ví una sombra que no me era familiar. La figura era obesa, llevaba un gorro y un saco a sus espaldas. Me asusté, ya que todo concordaba con el sueño que había tenido. La persona avanzó, más se quedó estática mirando el árbol navideño.

Encendí la luz y ví ¡Al Viejito Pascuero! éste me miró y sonrió, se aproximó y observé que era mi madre disfrazada de Santa Claus. Había arrendando un traje, ese era mi regalo. Había sacrificado su sueldo para hacer realidad mi sueño, pero se había quedado impresionada al ver mi presente: el árbol. Me abrazó y lloró, por mi padre, por nuestra pobreza, por mi obsequio, más repentinamente secó sus lágrimas y dijo:

– En fin, qué le vamos a hacer.

Luego se sacó la barba y me la colocó a mí, nos aproximamos al árbol y nos quedamos contemplándolo, abrazados, haciéndonos ilusiones, riéndonos. Mientras, allá afuera, en el cielo, una estrella brillante aparecía.”

TAGS: #Navidad #relatos

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Comentarios

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Carmen Gloria Henríquez Araya

05 de diciembre

Una historia tristemente bella.
Vi reflejada mi pobre pero feliz infancia.me gustaría contarles a mi hijo Jorge, pero es muy triste, lloraria tal cual lo hago ahora yo.
Tristemente bella.

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