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El fuego y la violencia

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Perdón pero, ¿no les parece extraño condenar la violencia? ¿Es acaso necesario hacerlo?

Después de las horas de ardor en Chile del último 12 de noviembre, el Presidente ha salido por los medios a criticar y exigir que condenemos la violencia sobre las cosas ejercida en la calle por los manifestantes. En ningún caso se ha referido a los más de 22.000 detenidos, 800 heridos con armas de fuego, 200 personas con mutilaciones oculares y 180 denuncias de torturas además de los más de 20 muertos que su equipo de gobierno ha registrado en menos de un mes de crisis institucional.

Ha salido a exigir que condenemos nuestra violencia, nos lo echa en cara y hemos concurrido a condenarla y prometer ser buenos, reventando las redes sociales y los noticiarios de tv con un espíritu de construcción a mi juicio, inaudito.

La violencia debe comprenderse primero, saber por qué reflotó, condenarla es dar pie para que la otra violencia, la que impunemente ha ejercido el estado emerja victoriosa aún más, sin contrapeso alguno.


Negar nuestra violencia, la de las calles, es negar una parte constitutiva de nuestra construcción social, que puede que no nos guste en nosotres mismos, pero la mera represión no servirá para sanar los traumas, los convertirá solo en más odio o depresión

La violencia de la calle ha sido espontánea, su radicalización es por la misma violencia existente como la impunidad por delitos contra las personas , las violaciones de los derechos humanos, sobre todo contra niñas, niños y adolescentes que no encuentran ni verdad ni justicia sino una inexpresiva defensa corporativa a nivel internacional negando su existencia y barriendo bajo la alfombra de la manida paz, todo esfuerzo por reforzar la construcción de una democracia desde los derechos de las personas; o por la ridícula sanción a quienes cercanos al mismo Presidente utilicen la caja de los clubes deportivos y el ex Ministro del Deporte para cometer delitos económicos aprovechando su posición y privilegios, precisamente lo que el estallido social en Chile denuncia y reclama.

Esta violencia, que pareciera de pronto afectar gravemente nuestra conciencia, devolviéndonos del horror por la tragedia humana al dolor porque se quemen las cosas, esa violencia es acusada de ser concertada por aparatos expertos, como si hubiese sido coordinada. Basta ver noticiarios, redes sociales, y ya tienes un modelo a copiar. Si hubiera estado organizada, o tendría armamento de punta o precisamente habría intentado y/o logrado deshacerse de los poderosos. Pero ahí están ellos y ellas, gozando de plena salud y privilegios.

La violencia de la calle en Chile es frustración y rabia.

Salir por todos lados condenando la violencia, logrará que la misma violencia se esconda al final. Es cierto, pero reaparecerá con ira otra vez y, en esa oportunidad, será contra quienes se negaron a entenderla y prefirieron no luchar por los invisibles de la sociedad, por ellos que nos siguen necesitando.

Negar nuestra violencia, la de las calles, es negar una parte constitutiva de nuestra construcción social, que puede que no nos guste en nosotres mismos, pero la mera represión no servirá para sanar los traumas, los convertirá solo en más odio o depresión. Y de lo segundo, recuerden, vive el sistema, el modelo que rechazamos.

Nuestra historia, desde la colonia, destaca por hacernos reprimir nuestro sentimiento original, a cambio de opciones de status quo, aún cuando estas últimas nos sean perjudiciales. La represión de la violencia sin conocerla ni satisfacer sus demandas, ha traído consigo la posterior persecución de quienes la han ejercido o representan su ejercicio, por eso los pobres e invisibles los desaparecemos del mapa, por eso los institucionalizamos, escondemos bajo la alfombra o en las azoteas.

Toda esta correría contra la violencia sobre las cosas que se fulmina anatema hoy, siento, es una muestra de esnobismo intelectual, un temor a la violencia, la que sabemos, no es fundadora de nada y reaccionamos desde nuestra construcción intelectiva que después de un mes de conflicto, no estemos ganando nada, al contrario, hemos recibido las balas y balines; hemos tenido que conformarnos con agendas cortas sin financiamiento real; proyectos de constitución a punto de ser acordados por el peso de la noche y la desvinculación completa de responsabilidad por la persecución, muerte y tortura a la que nos ha acostumbrado la policía uniformada en Chile. No estamos dispuestos a perder, pareciera, y para eso buscamos ganar sumándonos simplemente al poder de siempre, desafectándonos de la violencia.

El poder y la violencia son opuestos, donde uno domina, falta el otro. La violencia aparece donde el poder no está o está en peligro de desaparecer. La violencia puede destruir al poder; es absolutamente incapaz de crearlo, nos dirá Hannah Arendt, la violencia no es la manifestación temporal de un bien todavía oculto, no hay creación de soluciones en ella.

Por eso, tal vez, hemos comprado a ciegas el fervor de la condena y atemorizados por la ira de algún dios, creímos la homilia del Presidente que por la noche nos llamó violentos y nos acusó de destrucción y de robo, mientras debemos presenciar la fuga de capitales más grande de la historia generada por los mismos grupos de poder de siempre, acentuando las crisis económicas que nos esperan; la relativización de los derechos conculcados por la profesora que quiere el dinero de su pensión y no que lo siga perdiendo la AFP asintiendo el mismo Estado contra ella ante el Tribunal Constitucional, o; creando proyectos de solución coronados con los senadores donde genera bonos de subvención a los mismos garantes del saqueo que han fundado nuestro malestar y el móvil mismo de nuestro estallido.

A ese feligrés que necesita de habitar en el lenguaje de la mesura, se le olvida que la violencia es, ante todo, un instrumento, que surge por la rabia y la injusticia; que emerge contra lo que es posible cambiar o derrotar, la violencia estalla porque el doliente comprende que existe una oportunidad de cambio, de no aceptar la sumisión y desea la desobediencia por un sentido ético de renovación y estético en el uso de la violencia hacia los objetos de representación de esa sumisión de la que ha sido víctima, por eso la violencia de los invisibles, de los encapuchados es hacia las cosas, hacia los monumentos descabezados, las tiendas de carabineros, las reparticiones del Estado, los semáforos y todo representación de dolor o de ausencia en sibusabilidad para ellos.

Comentario aparte es el de la iglesia que, a juzgar por el daño causado en nuestra historia antigua y reciente, llama la atención que solo haya sido una la que arda.

Cuando en Chile, existen 6 millones de empleos par 11 millones de trabajadores, donde se registran más de 850 mil subempleados, 1 millón de personas que cumplen horarios y reciben órdenes, pero no tienen contrato de trabajo escrito y gran parte del empleo creado en la última década es precario.

Con esa realidad el Presidente discute y negocia el orden llamándolo paz social y condiciona la urgencia de una nueva constitución a un proceso y construcción basado en los mismos actores del poder un han sido deslegitimado a por la comunidad en Chile, que ha intentado sacar a la calle a todas la fuerzas armadas y de orden para aniquilar a sus ciudadanos como si de un enemigo se tratase; cuando el mismo Presidente y su gobierno complota contra la auto convocatoria de las personas que debaten y piensan con las comunidades para rediseñar el Estado de los próximos 50 o 100 años y nos termina acusando de violentos y usted le cree como si de un sermón del patrón o del señor se tratara; entonces podemos dejarnos vencer y olvidar las muertes de las personas en la calle aún sin esclarecer, de los ojos de Gustavo Gatica y tantas y tantos otros que han sido cegados en estos días, de las personas violentadas sexualmente; de las vulneradas que como usted o como yo no logran llegar a fin de mes porque buena parte de los bienes sociales y éticos son inaccesibles  o los esquilma un sistema anclado en principios legales que no nos pertenecen.

Pero si usted aún confía en que esta vez no dejaremos que la ira solo entregue dolor, sin verdad ni justicia, entonces de marcha atrás y no condene a ciegas la violencia, entiéndala, convérsela y hágala parte de su propia identidad, porque para tenga acceso a esos bienes tan mesurados y pacíficos que la democracia reclama, ya ha tenido que correr mucha sangre inocente que aún no encuentra justicia, sea porque ha sido invisiblenpara nosotros durante décadas, o bien la busca sin la luz de sus propios ojos, o porque le han cegado su vida, definitivamente.

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