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El destino de nuestro voto

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Cuando los senadores y diputados de este país son descubiertos con los pantalones en los tobillos, se les sorprende manejando borrachos, usan recursos públicos para fines personales e intentan que se les paguen gastos médicos en forma impresentable y, lo que es peor, cuando ya aceptamos que irremediablemente quedarán impunes, tan impunes como el que asalta domicilios o el que destruye la ciudad, uno se pregunta ¿cómo le pido a mi hijo que vote?

Estos son los años en que se perdió el respeto, se perdió el control y se instauró la mentira como discurso permanente. Son los años en que se inició la funa a una Presidenta de la República en las puertas de su casa y con ello se inició un proceso que de aquí a la eternidad no nos volverá a permitir un presidente que sea respetado. Este es el país donde a los Presidentes de la República se les puede increpar, silbar y amenazar. Se puede invadir un tribunal o ingresar a una sesión del congreso y maltratar a un ministro, se puede lanzar un vaso de agua a la cara de una ministra como modo de protesta y se puede poner una bomba en un banco como medio de llamar la atención.

Siempre habrá una buena causa que lo justifique.

Estos son los años en que quien osa discrepar de un movimiento estudiantil de violencia premeditada, incontrolable e irresponsable, es un paria, no importa que apoye o no los principios del mismo. Son los años en que se puede destruir una ciudad o asaltar una compraventa de automóviles en nombre de la protesta legítima, y no hay un solo responsable. Porque se puso de moda no tener responsabilidad y la justicia se inventó códigos especiales para lavarse las manos.

Porque el ejemplo es tan malo, tan lamentable y el discurso es tan falso, tan poco creíble, que no resulta posible pedirle respeto a nadie. Cuando los senadores y diputados de este país son despreciados por negligentes, por engañar y negar, no nos queda dónde buscar el ejemplo en quienes se hacen llamar honorables. Cuando son descubiertos con los pantalones en los tobillos, cuando se les sorprende manejando borrachos, cuando se descubre que usan recursos públicos para fines personales e intentan que se les paguen gastos médicos en forma impresentable y, lo que es peor, cuando ya aceptamos que irremediablemente quedarán impunes, tan impunes como el que asalta domicilios o el que destruye la ciudad, entonces uno se pregunta ¿cómo le pido a mi hijo que vote?

El discurso político de negar a ultranza que no hiciste lo que debías cuando tenías el poder y que la culpa es sólo de tus opositores, ya huele mal, no resulta creíble. Cuando un presidente nombra ministros sin credibilidad y con mala fama en los negocios y los mantiene en su lugar sólo por tozudez, por necedad, entonces nos damos cuenta de que la clase política sólo se mira al ombligo y que ya hace años que dejaron de vernos.

Ya los católicos no pueden mirar al cielo y pedir ayuda. El representante terrenal a quien confiaron sus hijos es un abusador y usó redes de ocultamiento tan grande como la de los políticos o la de los militares, que durante veinte años se autodefinieron como los incorruptibles, los salvadores, los que sólo trasladaban televisores, los que nunca tuvieron cuenta en un banco americano.

Estos son los años en los que descubrimos que el servicio público dejó de existir, se lo comió el hambre por el poder.

Sólo nos quedan los jóvenes, los que vienen abriéndose camino. Ojalá descubran los caminos para caminar la vida sin destruir, para razonar por sobre el discurso demagógico, para ganarse el respeto sin mentir, sin incendiar. Porque nuestra generación ya no tuvo tiempo. Lo importante es aceptar el cómo llegamos hasta aquí, para no volver.

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Comentarios

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Cristóbal Villarroel

05 de octubre

Malo e inconexo, no se entiende si trata de hablar de la gente que no respeta a las instituciones, o si las instituciones se lo ganaron, articulo mal redactado, ideas mal hilvanadas….

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