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Échame la culpa. Suicidios e indolencia colectiva

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Leía el relato de la guardia del Costanera Center, enfrentada a otro suicidio más desde el quinto piso del centro comercial, mientras tanto, por los parlantes del metro anuncian la interrupción del servicio por “aproximación de una persona a las vías”. El reclamo de pasajeros no se hizo esperar, entre abucheos y desgano. Los pocos con el pesar de que otra persona decidió terminar con su vida.


Chile, país OCDE, el país con la segunda mayor tasa de suicidio, donde un 80% de la población padecería trastornos neuropsiquiátricos sin diagnóstico ni menos tratamiento, representando el 23% de carga de enfermedades

“Disculpa por molestar” es lo que habría dicho la señora a la grazna que la atendía en una cafetería. Una adulta mayor, que previo a lanzarse pide disculpas, frente a quien sabe qué tormento cargaba, que la nubló. Un suicidio más, una acción más para la bitácora de un centro comercial. Un suicidio más, una cifra más para la institucionalidad. En tanto, trabajadores y clientes pasmados ante el hecho, sin contención, sin más protocolo que la instalación de una carpa plástica sobre la persona suicida.

Mientras tanto el metro se detiene. Cierran estaciones. El suicida del metro portaba un frasco con cianuro. Emergencia química. A la gran mayoría sólo le importaba la interrupción del servicio. “¿Qué importa el suicida, si ya murió?” Poco, nada, si las razones se las llevó con él.

Chile, país OCDE, el país con la segunda mayor tasa de suicidio, donde un 80% de la población padecería trastornos neuropsiquiátricos sin diagnóstico ni menos tratamiento, representando el 23% de carga de enfermedades. Mientras tanto, una institucionalidad que no observa la gravedad del asunto, no se apresura ni previene. Pero lo más grave es esa indolencia colectiva, la que lleva a observar el metro cuadrado miserable. Premio a tus ganas de (sobre) vivir, a la elección de (sobre) vivir. Admirable, respetable. Pero no todos tenemos los cojones para eso.

Los suicidas se vieron enfrentados a la prácticamente nula acción de la institucionalidad en salud, pero también al juicio, a la estigmatización, a la risa, a la burla, porque eres “el raro”, “el llorón”, y a unos tantos los invitaron a “ver el lado medio lleno de la vida”, a disfrutar del “pastito verde”, ¿Pero sabes? Pilar Sordo sólo sirve para rellenar matinales en vez de los consejos de Pedro Engel, o los psíquicos de turno. Mucho se puede hacer por una persona en situación de depresión, o cualquier otro trastorno, no sólo escuchándole, brindando espacios de contención y seguridad, también respetando un sentir, un pensar, porque nadie que llega a suicidarse no pensó mil veces antes de decidir acabar con su vida.

¿Qué carajo piensan los suicidas? Según el Plan Nacional de Salud Mental (tenemos plan y documentos para todo), “la posibilidad de las personas con enfermedades mentales de proveerse sustento mediante el trabajo e, incluso, sistemas de protección social, son menores, en comparación con personas sin enfermedad mental. Entre las personas con trastornos mentales severos, la cesantía es aproximadamente 6 a 7 veces mayor que entre las personas sin trastornos mentales”, pues bien, quizás ahí te explicas gran parte de las razones, la posibilidad de acceder a un empleo en búsqueda de mejorar sus condiciones materiales de existencia.

Tantas preguntas, tantas preocupaciones. ¿Llegaste atrasado a la cita de Tinder?, ¿Tenías hora al dentista?, Es viernes ¿Querías procrastinar lo más rápido posible durante el fin de semana?, Ah! ¿Tenías pasajes para iniciar tus vacaciones? Échame la culpa. Se me ocurrió suicidarme.

TAGS: Suicidio

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