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De horrores, exilios y violencias

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Como uno más de esas miles de personas reivindico mi derecho a decir que más que reparación y reconciliación, lo que necesitamos hacer como país es introducirnos en los difíciles caminos de la violencia, de sus mecanismos y explicaciones, de sus cientos de formas de manifestarse, y sus capacidades de engatusar, de mentir, de esconder las tristezas y las heridas de tantas personas en nuestra sociedad.

Parafraseando el tango podríamos decir que “40 años no es nada”. Sin embargo la frase que intenta reducir en un verso los significados del partir, vivir y volver a la vida, a la tierra, a la historia, cobra vigencia real en la medida que nos acercamos a la fecha emblemática del golpe militar.

Sabemos que los símbolos permanecen y se transforman en tales si esos significados permanecen en el tiempo, en la memoria individual y colectiva. Adquieren valor por ser la repetición, en este caso anual, que invocan hechos o acontecimientos determinantes. Septiembre, desde siempre, mes de la patria, mes de la primavera, es desde hace 40 años, mes del quiebre democrático, del horror político, de la perdida de inocencia, de la destrucción de La Moneda, de la muerte de Allende, el primero en caer de una larga lista de caídos con o sin sepultura.

Pero no es solo la historia la que se rememora, ella esta allí como un hecho estático que tiene días, horas, minutos que la identifican. Los hechos pasados tienen esas características, son hechos detenidos en el tiempo sujetos al recuerdo, al olvido o a la amnesia. Sin embargo la fuerza de esos acontecimientos muchas veces provocan un estado de dejá vu permanente frente a la dinámica en la cual conviven ese pasado con el presente siempre presente, impredecible, agitado, conmovedor.

Vivo en Chile de manera permanente hace 11 años. Después de varios intentos, simulacros mas o menos afortunados, logro reinstalarme en el país que me vio partir una fría mañana de junio del 1974 en vuelo SAS, con interminables escalas que me alojarían en una luminosa Estocolmo, muy cerca del solsticio de verano que de inmediato me hizo recordar a Punta Arenas, mi tierra natal.

Disfrute esa noche intensamente. Camine por calles, internándome en lo desconocido, sin rumbo fijo, solo teniendo una tarjeta del hotel en el que estaba alojado como referencia, única posibilidad de retorno en ese mundo desconocido. Caminar sin temer, cruzarme con gente sin tener miedo. No ver ningún militar ni policía mientras pensaba en los meses de encierro, de tortura, de esa incertidumbre indescriptible que se siente cuando no sabes si al siguiente día estarás vivo, si resistirás los tormentos, sin lograras callar dando paso a la infernal delación.

Esa noche pude estar seguro que estaba a salvo, que no había delatado a nadie, que el quiebre si estaba presente, que estaba viviendo anticipadamente esa frase que muchos años mas tardes se hizo tan popular, por necesaria y sentida. Estaba viviendo mi personal “nunca más”, esperando reencontrarme con mi esposa y mi hijo que casi no conocía, que había nacido en octubre del 73, y esperaba poder ayudar a mis padres detenidos en Isla Dawson y en regimientos magallánicos.

Detrás mío quedaban los tiempos y los momentos vividos, Londres 38 y Tejas Verdes. Recordaba cuando mi cuerpo estaba sujeto con correas que estaban tensadas al máximo, cruzándose desde puntos de amarre que solo podía imaginar. En esa posición encorvada tendido, creo, sobre un caballete de madera sentí correr los minutos, las horas sintiendo que la tensión y el dolor iban en permanente aumento, hasta llegar a una sensación de dolor amortiguado que no estaba solamente depositada en los puntos más sensibles, rodillas, tobillos, muñecas, hombros, sino que se iba trasladando a todo el resto de los músculos y tendones del cuerpo.

Su brutalidad refinada la transforma en un dolor crónico que adormece, que te hace sentir cual indefenso, pequeño, eres.

Pasadas unas cuantas horas, estás en condiciones de enfrentar a tus interrogadores en los términos y condiciones que ellos lo encuentran conveniente. Desde ese momento solo los enfrentarás desde lo más escondido de tus sentidos y convicciones. En ese momento comienza la verdadera dimensión del suplicio. El de sobrevivir con tu dignidad incólume, el de evitar que otros sean pasados por el desgarro, el implorar silenciosamente que tu seres queridos no sean arrastrados al horror. Desde esos días nunca mas pude jugar ajedrez.

Han pasado cuarenta años y aún puedo rememorar casi en detalle los momentos, días y semanas en que estuve absolutamente entregado al arbitrio de mis captores.

Durante los primeros años del exilio, estos recuerdos formaban parte de lo cotidiano. Se transformaron en relatos de la solidaridad internacional. Más de alguna vez me vi sorprendido porque ellos emanaban en mi palabra como un acontecimiento más de mi vida, como también lo hacía con mis historias escolares, vacacionales o simplemente como parte del anecdotario de la vida. En el intento de recuperar la normalidad, todo parecía ser digno de ser incorporado a lo cotidiano.

Mi vida en el exilio escandinavo recuperó ese hálito de libertad y de integración social necesario para sentir que el proceso de sanación estaba en marcha. De vez en cuando, me invitaban a hablar de Chile, de su tragedia, de sus razones y sinrazones. De lo qué se podía hacer para cambiar el derrotero militar. Inevitablemente la conversación derivaba a mis experiencias personales y el gran final se centraba en los pormenores de mi detención, las torturas a las que había sido sometido, a mis reacciones, sentimientos y efectos, aunque este tema era evitado por mí y los oyentes.

Puedo asegurar que en ello no había nada de morbosidad. Era una forma de contextualizar -con un relato personal- los horrores del proceso chileno.

Pero la aparente tranquilidad era una forma de despiste, de tránsito por carriles equivocados. En la estación de Tejas Verdes me habían colocado en el vagón de los destinados al exterminio de la que la casualidad y la fortuna me libró ser incorporado a la lista nunca menos inmensa de amigos y desconocidos que pasaron a tener el nombre común de desaparecidos.

La vía libre de la vida comenzó a pasarme las cuentas pendientes. La violencia me acechaba y cada manifestación palpable y cercana de su presencia, se reproducía en mí, justamente desde lo inimaginable, lo odiado, lo que había marcado mi vida. El odio a la violencia incrementaba mi violencia. Era la reproducción absurda del paradigma violentista «a la violencia se responde con violencia». Algunas huellas dejé marcadas y en cada una de ellas me enfrenté a mi propio fantasma. En mis conductas rechazaba la violencia, violentamente, y el no saber explicar su origen me conducían a la parálisis y la depresión. Era mejor desaparecer que aparecer en la violencia.

Los afectos la despejaron y permitieron la sanación. Si sobreviví fue porque tuve cercanía con mis emociones, porque supe vincularlas al dilema de vivir o morir. Ellas fueron las que me permitieron usar mi razón para solucionar los jaques y mates a los que estuve expuesto yo y mis compañeros buscados en mis interrogatorios, en ese duelo desigual que se produce entre el torturador y el torturado. Derroté a la violencia desde el amor y no desde la razón.

Me pregunto si el tema de la tortura sólo atañe a los hombres de armas que la practicaron, o a nosotros sus víctimas. Los torturados no necesitamos de interpósitas personas, instituciones o mandatarios que hablen de lo que sucedió. Para eso está el Informe Rettig, donde está expresada en detalle la continuación de mi historia, cuyo comienzo resumí al inicio de estas palabras.

Como uno más de esas miles de personas reivindico mi derecho a decir que más que reparación y reconciliación, lo que necesitamos hacer como país es introducirnos en los difíciles caminos de la violencia, de sus mecanismos y explicaciones, de sus cientos de formas de manifestarse, y sus capacidades de engatusar, de mentir, de esconder las tristezas y las heridas de tantas personas en nuestra sociedad.

Hoy año 2013 observo y participo activamente en las nuevas luchas que se están planteando, junto a una juventud que no nació en el miedo, que enriquece su participación desde la conciencia de derechos humanos concebidos en su mas extensa y amplia expresión.

En ese contexto aparecen las imágenes dejá vu al ver las calles llenas de personas que agitando las banderas de siempre reclaman por los derechos tan ampliamente reconocidos en las declaraciones internacionales y tan desoídas en la realidad de cada uno y una de los y las manifestantes. Y esa sensación no solo se refiere al nivel, profundidad y similitud de las demandas sociales. Ella está, y muy presente, en la amenaza de violencia declarada y tacita que se esconde en las declaraciones de los responsables de las políticas públicas. Hay algo que circula en el ambiente que hace que mi sensibilidad, golpeada hace 40 años, se pone en estado de alerta.

Por ello aspiro a que los debates y declaraciones, encuestas y tendencias de opinión pública no esquiven el sentido profundo de la violencia en nuestro país. Porque hablar de reconciliación no se limita al perdón y al no olvido.

Que lo que hace cuarenta años fue una realidad monstruosa escondida en las nubosidades de las conveniencias e hipocresías, y que hoy aparece macerada por el paso de los años, solo servirá como verdad permanente, si queremos y podemos avanzar y profundizar sobre las causas y raíces de la violencia.

Es lo que quiero y requiero, como verdadera, profunda e indispensable reparación.

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Foto: Londres 38, espacio de memorias

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jose-luis-silva

11 de septiembre

Lo felicito por su reflección señor. El objetivo comun es el que puede reconciliarnos, ninguna otra cosa lo hará.

Saludos

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