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¿Cuánto vale la vida humana en Chile?

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En el año 2018 veíamos en las noticias cómo muchas familias de Quintero y Puchuncaví repletaban los hospitales e iniciaban una serie de protestas, para exigir el cierre de las plantas termoeléctricas a carbón; los gases tóxicos estaban enfermando a la población. Sin embargo, contrario a lo razonable, en lugar de decretar el cierre, continuaron funcionando normalmente. Peor aún, de acuerdo con la normativa, sus emanaciones se encontraban dentro de los límites permitidos.

En el mismo sentido, un estudio del 2012, sobre el costo-beneficio de las industrias, el Ministerio del Medio Ambiente le ponía precio a la vida humana. Según dicho estudio ese precio es de 390 mil dólares. Lo más increíble de todo es que, para medirlo, existen metodologías internacionales, las que también utiliza el Ministerio de salud. (minuto 1:18 reportaje “Quintero, el plan que no funcionó”)


Tal vez ese actuar a tiempo debió empezar mucho antes, no sólo cuando se supo de la propagación del virus, si no cuando comenzó a gestarse el tipo humano ególatra actual; exitista y hedonista, propio de un modelo económico basado en la competencia.

Ese es nuestro país, ese es el Chile en que vivimos. Y hoy, en el contexto de una emergencia de salud, vuelven a primar los mismos criterios. Es insólito que frente a una pandemia mundial las autoridades, estén pensando en temas económicos sin importar el sacrificio de vidas humanas.

Lo peor de todo es que no se trata de ignorancia o ingenuidad, ellos conocen las cifras, están conscientes del avance del número de contagiados y, pudiendo tomar medidas para detenerlo, optan por el funcionamiento del aparato productivo.

Entonces, ¿qué significa la vida humana para quienes gobiernan?

Al parecer nada. Así estamos, pero este no es sólo el Chile de quienes toman las decisiones, también es el Chile de los que venden una caja de mascarillas en $180.000; el Chile de quienes se agolparon en los supermercados para llenar sus carros sin pensar en el de al lado, en un gesto de nula conciencia social.

El mismo Chile donde, pese a todas las recomendaciones, incluso hoy, el comercio y los restaurantes, se repletan de miles de personas con un apetito de consumismo voraz. El mismo Chile donde muchos han decidido irse a la playa a tomar unas vacaciones, ignorando las advertencias de los especialistas.

Tal vez esta conducta se deba a que el coronavirus, según dijeron, afecta principalmente a los adultos mayores. Si es esa la razón, el subtexto sería que en nuestra sociedad, la vida humana, en particular, la de los ancianos, vale poco o nada; y no sólo para quienes nos “lideran”, también para aquellos que continúan entrando y saliendo de sus casas con total normalidad, como si nada estuviese ocurriendo.

De acuerdo con los anuncios del Colegio Médico, de no actuar a tiempo, en un par de semanas nos estaremos enfrentando a un complejo escenario. Pero, tal vez ese actuar a tiempo debió empezar mucho antes, no sólo cuando se supo de la propagación del virus, si no cuando comenzó a gestarse el tipo humano ególatra actual; exitista y hedonista, propio de un modelo económico basado en la competencia.

Por eso, para poder responder a esas campañas que nos llaman a cuidarnos entre todos y todas, deberíamos retroceder en el tiempo, hasta llegar a aquel punto donde empezamos a creer que nuestra existencia era más importante que la de los demás, que nuestras necesidades debían ponerse por sobre las de otros, sometiendo incluso a la naturaleza a nuestro antojo. Sí, debimos haber empezado antes; porque los valores no surgen de manera espontánea, forman parte de la cultura, constituyendo la idiosincrasia de un pueblo.

¡¡¿Pero cómo?!! Si siempre nos jactamos de ser tan solidarios, haciendo filas en el Banco para donar unas chauchas a la Teletón….

He ahí el problema: eso no es solidaridad, eso se llama caridad y de esa que acalla las sucias conciencias de quienes apenas pueden ver más allá de su ombligo.

En fin, vivimos un complejo presente, que pese a todo, tal vez nos permita mirarnos al espejo un rato, para descubrir quiénes somos realmente. Quizás este momento nos ayude a repensarnos como sociedad, para volver a convivir y no sólo cohabitar; para relacionarnos de manera colectiva, en pos de un anhelado bien común, con gestos de verdadera empatía.

Afortunadamente en este difícil contexto, todavía existen quienes sí se conduelen por los otros, y obedientemente han seguido las recomendaciones, no de las autoridades, que ya sabemos cómo piensan, si no de médicos que con verdadera vocación, han estado orientándonos respecto a las medidas preventivas.

Ojalá los gestos solidarios proliferaran exponencialmente, mucho más que el virus, para que la próxima vez que podamos abrazarnos, ese abrazo esté lleno de humanidad.

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