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Bien común: para todos

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Cambió el sentido común de los chilenos. En pocos meses, pasamos de considerarnos un país exitoso a considerarnos un país injusto que hay que cambiar. El viejo sistema de mercado impuesto en los 80, que medía el éxito en base al PIB y a los niveles de consumo de las personas, hoy suena anacrónico, está desprestigiado y la mayoría, incluso sus partidarios, están abriéndose a revisarlo.

El sistema ha demostrado que crea riqueza, pero también que concentra esa riqueza de manera crecientemente acelerada y que a la gran mayoría sólo le queda trabajar, endeudarse, sobreendeudarse y volverse a endeudar para vivir una vida precaria de estrechez e inseguridad si quiere participar en lo que hoy Chile le propone. Esta forma de vida tarde o temprano tenía que hacer crisis aunque los beneficios del crecimiento fueran tangibles. No es posible soportar una presión constante sin tomar acciones al respecto.

El gran cambio que se ha producido en estos días es que, a falta de líderes que los representen, los ciudadanos agobiados han decidido expresar su malestar con voz fuerte y clara. Todo parte con los jóvenes, porque la calidad de la educación y el endeudamiento de los universitarios es un tema noble y a la vez vergonzante que nadie se atreve a cuestionar.  Pero detrás de ellos fueron sus padres y con ellos los adultos y el malestar comenzó a extenderse a otros ámbitos de la vida nacional.

El cambio de eje que mueve todo es que estamos pasando de ser un país individualista a ser un país donde el bien común está primero. Pareciera que estamos dejando atrás un sistema competitivo de mercado buscando llegar a un sistema colaborativo donde yo desarrollo mi libertad, pero para ponerla al servicio del bien común.

¿Qué pueden hacer el gobierno y la clase política para alinearse con este nuevo sentido común que está emergiendo? Invertir en lo público. Una educación pública de calidad no sólo aumenta las posibilidades de los más pobres, sino que ataca un problema de fondo de nuestro país: la segregación. Debe haber educación pública de calidad para ricos y pobres, porque debemos  mezclarnos y terminar de la raíz con este absurdo de dos países que habitan el mismo territorio.

Hay que invertir en el transporte público para que el que usa la micro no tenga que pasar tres horas al día yendo de un lugar a otro. Hay que invertir en los espacios públicos de los barrios más pobres, porque el entorno de calidad elimina la frustración, da seguridad y disminuye la segregación. Hay que invertir en salud pública, porque sin salud no hay seguridad, y sin seguridad no hay desarrollo. Hay que invertir en convivencia, en participación, en democracia y cambiar el binominal para que la política vuelva a ser creíble.

¿No hay dinero para hacer todo esto?  Sí lo hay, sólo que está concentrado en pocas manos. La solución es simple: subir los impuestos a los que más tienen, como acaba de suceder en Francia; como proponen sus pares alemanes y varios empresarios chilenos también. 

Todo está dado para abandonar los paradigmas que ya no son funcionales.

* Columna publicada originalmente en La Tercera

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Foto: HikingArtist / Licencia CC

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27 de Septiembre

Concuerdo plenamente con lo expresado en este comentario, en el malestar que se ha venido gestando por décadas, en en análisis de las inequidades y en la existencia de dos sociedades paralelas dentro de un mismo territorio y del camino de salida, unidos en pos de una nueva sociedad en que el bien común esté por sobre los actuales vicios.

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