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Acerca de lo imposible

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En un principio, pedir soluciones concretas, reales y responsables no tiene nada de malo. El problema es que junto con esa exigencia suele surgir el uso de los epítetos “izquierdista”, “izquierdismo infantil” y “ultra” para referirse a todos aquellos que ponen sus miradas y sus aspiraciones más allá de lo inmediatamente alcanzable, más allá de lo que se puede tocar y manipular hoy día. Se usan esos epítetos para desvalorizar. Se usan esos epítetos para intentar hacer prevalecer lo posible por sobre lo imposible.

Existen dos tipos de imposibilidades: las lógicas y las físicas.

Dado que esto es así, entonces ¿por qué se utiliza con tanta frecuencia el concepto de “imposible” en política y en economía? Se utiliza porque en nuestro uso diario, el concepto de “imposible” opera como sinónimo de “poco, muy poco probable”, “muy, pero muy difícil” y a veces como sinónimo de “irreal” (que no se condice con las condiciones objetivas de la “realidad”). Por eso, en el discurso político, se privilegia lo posible por sobre lo imposible.

Pero, dado el uso que le damos al concepto de imposible en política, no permite reconocer que lo imposible es siempre anterior a lo posible. Es decir, siempre una posibilidad fue antes una imposibilidad. Lo posible crece a partir de lo imposible lo que convierte a lo imposible en la tierra fértil de todo lo que se considera posible.

Por eso cansa escuchar repetida majaderamente la idea que en política sólo importa lo posible, lo que se puede “hacer”. Los cambios, dicen algunos, tienen límites. Y si se hacen cambios, estos deben ser paulatinos y graduales. El realismo político es, pareciera, una cualidad necesaria que todo aspirante a Presidente debe poseer. Y es este axioma (tan evidente para muchos) el que permite barrer con una mano a todo aquel candidato que peque de utópico, de poco realista y de tener un discurso lleno de ideas “imposibles”.

Pero en política, ¿quiénes definen lo posible? ¿Quiénes establecen las fronteras de lo permisible, de lo políticamente responsable, de lo deseable y de lo práctico? Es en momentos de elecciones que nosotros los ciudadanos debemos hacernos estas preguntas ya que nos corresponde a nosotros decidir quién (o quiénes) serán los más preparados para llevar a cabo los cambios posibles, los ajustes razonables y las soluciones prácticas a nuestros problemas.

Los prácticos se ufanan de ser realistas, de ser los más preparados y de saber cuántos cambios se pueden introducir al sistema sin quebrarlo, sin provocar una crisis social que desemboque en alguna catástrofe institucional que eche por la borda todos los logros sociales obtenidos a la fecha (en otra columna ya hablé de como las “soluciones” que propone la derecha chilena no tienen nada de “práctico” sino que muy por el contrario son “soluciones” irreales). Es por esto que la política está plagada de discursos que ofrecen soluciones “concretas”. Muchos ciudadanos incluso piden y exigen que los candidatos expliciten las medias concretas que nos quieren proponer. Y si faltan las medidas responsables y serias, entonces se procede a desvalorizar el discurso y la visión que se propone.

En un principio, pedir soluciones concretas, reales y responsables no tiene nada de malo. El problema es que junto con esa exigencia suele surgir el uso de los epítetos “izquierdista”, “izquierdismo infantil” y “ultra” para referirse a todos aquellos que ponen sus miradas y sus aspiraciones más allá de lo inmediatamente alcanzable, más allá de lo que se puede tocar y manipular hoy día. Se usan esos epítetos para desvalorizar. Se usan esos epítetos para intentar hacer prevalecer lo posible por sobre lo imposible.

Es precisamente porque lo imposible no se valora en su justa medida que en estas elecciones existen ciertos candidatos que son desvalorizados por aquellos que dicen privilegiar las soluciones por sobre los sueños. Tengo en mente a Marcel Claude, Roxana Miranda y Alfredo Sfeir. Aunque usted no vaya a votar por Claude, Miranda o Sfeir, usted no sólo les debe respeto a esos candidatos sino que les debe el reconocimiento de que sin ellos, usted no sabría qué es o qué no es posible hacer. Sin ellos, usted no sabría hacia donde orientar sus soluciones “prácticas” y “concretas”. Es gracias a ellos (y todos los chilenos que los apoyan de manera directa o indirecta) que usted se puede ubicar en la comodidad de su “centro” político y que puede proponer soluciones “realistas” para las injusticas sociales que nos aquejan como país.

Los límites de lo posible no lo establecen los que operan dentro de lo posible. Los que operan dentro de lo posible sólo lo pueden hacer porque los que nos ubicamos más allá de lo posible (en la “imposibilidad”) hacemos factible lo posible. Somos los que miramos al horizonte y avanzamos hacia él los que, con cada paso, actualizamos y posibilitamos que se materialicen nuevas soluciones posibles. Los que se ubican en la imposibilidad hacen posible que todos los “operadores” prácticos (aquellos políticos que se jactan de ofrecer soluciones “responsables”) puedan aparecer en escena en todo esplendor y ofrecer sus soluciones “prácticas”.

Por lo tanto, más primordial, más fundamental y más esencial para el espíritu de una nación son todos aquellos que habitan en la “imposibilidad” y que se resisten a vivir dentro del mundo de lo posible y las soluciones responsables. Barrer sus discursos y sus visiones a un lado sólo empobrece y limita el mundo real que todos habitamos. Negarse a ver y apreciar lo imposible sólo empequeñece el mundo de lo posible que tantos valoran por sobre todo lo demás. Incluso, erróneamente, por sobre lo imposible.


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