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¿Qué comes? Pues, lo que me alcanza

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Desde el año 2010 existe en nuestro país el programa “Elige Vivir Sano”, política pública diseñada e implementada por el gobierno del ex Presidente Sebastián Piñera –a cargo de su esposa, Cecilia Morel- que tiene como objetivo mejorar la salud y la calidad de vida de las personas a través del consumo de alimentación sana y de buena calidad, realización de ejercicio físico, entre otros. Una maravillosa idea dados los alarmantes índices de obesidad y sobrepeso que tiene nuestro país.


Es por eso que creo firmemente como consumidor que el foco de la política pública está desvirtuado: el cambio no sólo debe provenir del ciudadano receptor, sino que también debe existir esfuerzos institucionales. Subsidios a las frutas y verduras (uno a la palta, por favor), mayores impuestos a la comida chatarra, regulación de las franquicias de comida rápida, entre otras medidas.

Sin duda, la alimentación sana es casi una obligación en una sociedad obesa como la chilena. Pero, sinceramente, ¿qué tan efectivo puede ser un programa como “Elige Vivir Sano” en nuestra sociedad? Me explico: al mes de abril de 2015, el kilo de paltas supera con facilidad los $3500 (US$6), el de limones los $2000 (US$3) y los precios (y stock) de la mayoría de las frutas y verduras están a merced de las condiciones meteorológicas. Otra variable: el sueldo mínimo mensual al año 2014 en Chile es de $255 mil (US$418), según información entregada por la Dirección del Trabajo. Y según datos de la fundación Sol, el 53,5% de los trabajadores gana menos de $300 mil (US$491) al mes.

¿Es “Elige Vivir Sano”, entonces, un programa fracasado? No lo es. Si bien el actual gobierno no le ha dado la misma importancia que la administración pasada, sigue siendo el principal bastión gubernamental en contra de los malos hábitos alimenticios. El problema es que no parece estar enfocado en aquel segmento de la población (53,5%) que simplemente no puede costearse un desayuno diario con pan integral, palta, frutos secos y leche sin lactosa. El chileno promedio, ese que trabaja para vivir y que vive para trabajar, compra 2 kilos de pan, toma té o café al desayuno (que endulza con azúcar o sacarina), acompañado de un sándwich de mortadela lisa y queso o con quesillo o 2 huevos revueltos.

Sí, es probable que si tuviese el dinero seguiría tomando ese desayuno, porque para que cambie sus hábitos debe haber un cambio cultural y mental, pero ese cambio no se realiza de la noche a la mañana, y menos con esfuerzos gubernamentales que no atacan lo central: la alimentación sana es carísima. Para una familia de clase media de 4 personas es mucho más barato, rápido y fácil almorzar durante un día hábil tallarines con salsa de tomates con jugo en polvo o Coca Cola: nadie tiene tiempo, ganas ni dinero para hacer cuscús o pavo al horno con salsa de verduras. En mi propia familia, de 4 personas y con un nivel de vida de clase media, intentamos durante un tiempo vivir a costa de ensaladas, carne de pavo y reemplazando el pan por galletas integrales. No sólo no resultó, también nos dejó casi en bancarrota.

Es por eso que creo firmemente como consumidor que el foco de la política pública está desvirtuado: el cambio no sólo debe provenir del ciudadano receptor, sino que también debe existir esfuerzos institucionales. Subsidios a las frutas y verduras (uno a la palta, por favor), mayores impuestos a la comida chatarra, regulación de las franquicias de comida rápida, entre otras medidas. No basta con decir “coma sano” ni mostrar por TV lo dañino que es tomar Fanta: si bien no soy partidario de que el Estado nos diga qué comer y qué no, sí debe tener una mayor incidencia en un asunto tan delicado como lo es la salud de sus ciudadanos. Ya que tiene la salud pública casi abandonada, entonces que se preocupe de prevenir enfermedades. Así no seguimos colapsando los consultorios.[i]

[i] Valor del dólar aproximado al 27 de abril de 2015.

TAGS: Alimentos Familia Vida Saludable

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