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Fútbol y la capacidad de dar todas las batallas.

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Es difícil escribir algo que huela a editorial cuando parece que todo está escrito. Puede que sea mucha racionalidad, negociación y talleres. Ahora recuerdo que una profesora de redacción me dijo una vez: busque algo que empatice con el lector. ¡Fácil! Tratándose de chilenos, la respuesta es obvia: fútbol. Tratándose de fechas, reajuste. Así como todo el año estuvo dominado por el terremoto y el Mundial de Sudáfrica, la coyuntura actual –rescatados los 33 inmortales- , era simple: Marcelo Bielsa.

Pensando que los chilenos habían llegado al techo del mundo de la modernidad, Marcelo Bielsa había dado clases-literalmente- de liderazgo. En su última clase, de despedida, Marcelo Bielsa dijo que lo central era el hincha. Se podía jugar sin público (de hecho, en Chile se habían jugado partidos en estadios vacíos), sin prensa – bastaba con uno o dos relatores), pero lo central era el tipo que le daba pasión al espectáculo. Una de las diferencias entre el fútbol y otros deportes de competición, es que siempre el más malo, el más pobre o petizo, con apoyo, tenía posibilidades de ganar. Es un recuerdo inmemorial cuando se recuerda la fecha en que Ñublense le ganó al sobrevalorado Colo Colo. 

Enfrentarse como sindicalista a un gobierno de Derechas, con todas sus herramientas comunicacionales, desde la racionalidad pura, era asumir que se estaba derrotado desde el comienzo, era como tirar el dinero, como estafarse a si mismo. Como la espantosa experiencia de enfrentarse a la pantalla en blanco al escribir un editorial.

Entonces, recordando a Bielsa, pensé en un cine  – Hollywood se llamaba- donde proyectaban “Match en el Infierno”, que era de fútbol. Y era polaca, o checa. Sin doblajes. Una película seria y seca, de esas con poca música, que terminaba mal, como deben terminar las películas serias. 

Me enteré del resultado de la película por la radio y por los diarios: todo había sucedido como yo lo temía. En lugar del final amargo, seco y lógico de la versión antigua, acá los prisioneros del campo de concentración no solo ganaban el partido contra los guardianes nazis, sino que, en medio de la euforia entendible de su parcialidad, aprovechaban el festejo y se viraban del cautiverio -¡en la mitad de Paris!, aumentando la decepción del Tercer Reich.

 
Pero retornemos a “Match en el infierno”, a Bielsa y a la negociación, que es a lo que quiero referirme, y a esa frase que conjuga el mensaje pleno de coaching sindical, sabiduría y realismo.

Voy a refrescar un tanto la línea argumental de aquella película para explicar al lector inadvertido, más o menos, por donde va la cosa. La acción transcurría en un campo de concentración alemán, en la Segunda Guerra. Para celebrar el cumpleaños del hombrecillo, los capos del campo deciden hacer un partido de fútbol entre los guardianes y los presos. Los presos aceptan, a pesar de que no se los veía con el mejor ánimo ni con un excelente estado físico.

Pero tenían una carta en la manga: entre ellos había un húngaro que era un jugador profesional, que la rompía, más bien que la había hecho trapo. Era una resonancia ligada a la realidad, no sé si a Ferenc Puskas, o, a alguno de aquellos integrantes de esa formidable línea delantera húngara, que había había sido prisionero de los germanos en la vida real. Este tipo, el húngaro que la hacía de capitán, se llamaba, o le decían, ”Jo”

Los prisioneros, una multinacional de harapientos, comenzaban, entonces un duro período de entrenamiento bajo el permiso alemán, para enfrentar a la fuerte escuadra de la cruz gamada. Jo estaba muy animado ante la posibilidad de volver a ponerse los cortos, pero … ¿qué ocurre?

¡La verdadera intención del grupo de prisioneros era escaparse! Huir del campo de concentración aprovechando las relativas libertades que les daban sus captores. ¡Ya han dado el partido por perdido! Cuando le comunican eso a Jo, éste se embronca realmente ¡El quería jugar el partido! ¡Que no le vinieran con el asunto de fugarse cuando ya se veía de nuevo pisando el verde césped y había atesorado en sus oídos el repique del balón! ¡El partido estaba hecho y nadie de ley, nadie que sea verdaderamente futbolero, sea choro o vigilante, deja de lado un desafío para escapar de un campo de concentración por más fulera que sea la comida!

Los otros muchachos, los contra, habían conseguido camisetas para todos, tenían la pelota, habían arrendado la cancha, habían hablado con el referí, hasta le habían puesto redes a los arcos…

¿Quién iba a querer después, hacerle un partido a los prisioneros? Por supuesto, cuando se lo dijeron, Jo se puso muy mal. Y fue ahí, ahí mismo, cuando pronunció esa frase que para mí se inscribe entre las grandes del cine mundial: Jo agarró la pelota, la tiro para arriba, la durmió en el empeine cuando caía y dijo,“ el  fútbol es sagrado”

Pese a la potencia del pensamiento, el resto del plantel no se impresionó ante su retórica, no advirtió que estaba ante una sentencia que cortaba en un tajo la historia del más popular de los deportes.

Le contestaron que ganando o perdiendo eran boleta, que había que huir. Jo, de mala gana, lo acepta. Intentan escapar y los atrapan. Ante esta falta de espíritu competitivo, los alemanes, respetuosos del programa ya impreso, atentos a un público que saboreaba de antemano el encontronazo deportivo, pero sin olvidar los requisitos disciplinarios exigidos por la FIFA, emiten un fallo: la lista de buena fe del equipo de prisioneros, completa, será fusilada luego del encuentro, sea cual fuere el resultado.

Así que juegan y, en el primer tiempo, los germanos les pasan por arriba. En base a sus virtudes históricamente reconocidas, empuje, velocidad y pases largos, los alemanes se van a los vestuarios con merecida ventaja. Prácticamente nulo aporte de Jo. El húngaro no había podido superar, era notorio, el duro impacto emocional que significa, para cualquier volante creativo, saber que será fusilado luego de las duchas.

Debemos recordar, también, que los húngaros son algo latinos y, por ende, más propensos a sufrir anímicamente las presiones del entorno. Pero algo ocurre al comienzo del segundo período, que transforma a Jo. No lo recuerdo bien. Tal vez lo que varía su conducta es que se veía venir una goleada memorable. Ese relajo, ese “tómala tú y pásala, lo que desató el tigre dormido que habita en el orgullo de todo jugador que se precie. “¿Cómo me van a venir a dar un toque a mí estos troncos?” 

La cuestión es que Jo se enojó. En treinta minutos dio vuelta el partido, hizo tres pepas y hasta le puso la pelota del gol del triunfo al narigoncito judío que jugaba de once y que tuvo la mala idea de ir a gritárselo a la tribuna alemana, adonde estaba la barra brava de los nazis. Los alemanes se enojaron y no esperaron hasta la pitada final. Ahí no más los cocieron a tiros a todos, certificando que es muy difícil ganar de visitantes.

Abandonamos el cine, aquella tarde inolvidable, convencidos de que, si bien finales violentos como aquel le hacían mucho mal al fútbol, habíamos acuñado una frase rectora para la vida. No hay partidos jugados, no hay partidos ganadas ni perdidos de antemano.

Cuando algún irresponsable, algún advenedizo o inimputable me invita a una tertulia literaria un sábado por la tarde, o insiste en convidarme a cenar una noche en que se televisa un partido de fútbol en directo, las sabias palabras del talentoso medio volante húngaro vuelven a mis labios para abofetear al atrevido. Y éste ya no reitera su afrentosa oferta. Sabe que no hay razones, ni argumentos, ni sobornos, que tuerzan el soberano designio de lo sagrado.
 

Foto: Gotto78 / Licencia CC

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janoman

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