#Religión

La encrucijada de la fe

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Por algún motivo que desconozco, me he topado con muchos católicos y evangélicos en los últimos días. Esto me sorprende mucho, ya que la gran mayoría de las personas que conozco no profesa ninguna religión y se autodefinen como librepensadores, agnósticos o derechamente ateos. La religión era para mí un fenómeno marginal, algo que le sucedía a otras personas y un fenómeno externo. En estos días, sin embargo, he podido comprobar el dolor y la rabia que aflige a los devotos de la Iglesia Católica y a sus hermanos evangélicos, su sensación de haber sido engañados y estafados por quienes ellos llegaron a considerar santos.


El pecado de los creyentes, dentro de su propio sistema de creencias, fue la idolatría. Adoraron a hombres y mujeres en vez de a su dios que reclamaba ese amor sublime exclusivamente para él.

Ante su tremenda frustración, no he podido más que sentir una empatía que antes no sentía por las personas creyentes. La sensación debe ser comparable a la de un boxeador que lesiona a un oponente contra el que no tiene nada más que el hecho de estar en un cuadrilátero en la esquina opuesta; mi oposición al cristianismo no era más que un ejercicio intelectual que, si bien tenía implicaciones éticas y emocionales, nunca fue guiado por el odio, sino por la sincera intención de hallar la verdad. Mis discusiones con los creyentes no eran más que una mala imitación de los diálogos socráticos, pero nunca hubo en mí ninguna intención de destruir nada más que lo que consideraba como una idea errónea.

No los he visto derramar lágrimas, pero he visto el rictus de la tristeza en sus rostros. Me he dado cuenta de que mis discusiones con ellos siempre iban a ser estériles, porque aquello que para mí no era más que un ejercicio, aunque un ejercicio trascendental y filosófico, era para ellos el sentido mismo de su existencia: ellos se habían casado con su fe, y mientras yo hablaba desde la cabeza, ellos lo hacían desde las entrañas. Si alguno de ellos me hubiera hecho cambiar de opinión, lo hubiera hecho alegremente, porque aquello no era más que un ejercicio en el que no me jugaba nada.

La fe es un misterio insondable para mí: yo no tengo fe, a no ser que contemos la fe en lo que puede verse y comprobarse, pero esto no es la fe de la que hablaba el apóstol Pablo: “la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). No es que haya perdido la fe, sino que nunca la tuve. Recuerdo a mi abuela tratando de inculcármela, a mi bisabuela viviéndola, pero aquello era para mí algo que no tenía el menor sentido, incluso a los seis o siete años; la edad de la razón me había vuelto demasiado racional tal vez. Con el tiempo todo el concepto de me dio risa, incluso luego de haber conocido a gente brillante que sí tenía fe.

Hoy en día, mi visión de la fe ha cambiado. Ya no es el misterio inefable que era para el niño de siete años ni tampoco la cosa risible que era hasta hace poco. Observándola, desde fuera, por supuesto, me doy cuenta de que se trata de una emoción que hace que algunos deban buscar en lo invisible algo más grande que ellos mismos para darle sentido a sus vidas. Hice lo mismo, pero yo encontré la filosofía y la literatura, en donde tengo espacios de libertad que son imposibles en la vida cotidiana. Acaso sea eso lo que me previno de tener fe, pero hay artistas que también creen.

Me parece que el propio constructo judeocristiano tiene la respuesta: “sólo adorarás al señor tu Dios”. Los creyentes han adorado a personas e instituciones, han traspasado aquella devoción que sólo debían a su Ser Supremo a hombres –y mujeres, seamos inclusivos –de hueso y carne, una carne que los ha llevado a las indecentes perversiones que ya todos conocemos. El curita Poblete y el obispo Durán no son santos, sino meros seres humanos, tal vez demasiado humanos. Más allá de las perversiones conocidas, su pecado más grande fue tomar la fe de los creyentes para ellos mismos, en vez de para su dios, existente o no. El pecado de los creyentes, dentro de su propio sistema de creencias, fue la idolatría. Adoraron a hombres y mujeres en vez de a su dios que reclamaba ese amor sublime exclusivamente para él. Si existiera, seguramente aquello, más que una cuestión de celos fue un asunto de mera seguridad: los humanos no somos confiables, pero esta idea es en mi caso mera especulación y blasfemia, aunque no es que me importe lo último.

Alguna vez estuve convencido de aquello de que hacía falta la religión para que personas buenas hicieran cosas malas. A ello se ha agregado hoy el convencimiento de que cualquiera que renuncie a su propia razón para entregarse a una “verdad”, así entre comillas, que diga un libro, una persona o una institución es tan culpable como aquel que se atribuye la representación monopólica de un dios. Heidegger decía que los dioses habían huido. Tal vez lo hicieron para que el hombre encontrara en sí mismo lo que encontraba en ellos. Si están en alguna parte, acaso lamenten el dolor de los mortales, al mismo tiempo que se enfurecen ante su falta de responsabilidad y su renuncia al uso de sus propias facultades mentales. Los creyentes, en especial las víctimas, han pagado cara su falta de visión.

La fe sigue para mí, sin embargo, tan misteriosa como antes. Si han de padecerla como una enfermedad o vivirla como un don, espero que la dirijan al reino invisible del que hablaba Pablo y no a nuevos taumaturgos que les roben su razón. Si ese dios del que hablan se comunica con ellos de alguna manera, espero que entren de lleno en sus estados místicos y que no se entreguen al capricho de pastores inicuos que los hacen juzgar con dureza a los demás, contradiciendo incluso la palabra de su propio evangelio. No sé qué pueda pasar con ellos. Hacer predicciones es difícil, pero creo que sobrevivirán y su fe, a no ser que se transforme, morirá junto con las esperanzas infantiles.

TAGS: #Fe Religiones

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