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Vía institucional de Revolución Democrática, ¿dónde hay que apuntar?

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La gran pregunta es cómo conseguir aliados para una eventual nueva coalición de izquierda que asuma el poder en el mediano y largo plazo. Es el debate pendiente que debemos tener sin olvidar que quienes nos convocan no son los escaños parlamentarios ni los puestos de gobierno, sino una sociedad mejor para todos, y el empoderamiento de los que no participan, de los desesperanzados. Las alianzas que hagamos no sólo deben llevarnos al poder formal, sino darnos el verdadero poder: la capacidad de cambiar los sentidos comunes de nuestros compatriotas para bien.

Este año tomé una decisión importante en mi vida: no sólo comenzaría a formar parte de una organización política (a las que rara vez adscribí), sino que además trabajaría en la campaña de Giorgio Jackson, candidato a diputado por Santiago Centro. Fue el mismo Giorgio quien me convenció después de dos horas en donde hablamos de la vía institucional, y de los muchos frentes en donde hay que dar la pelea para poder lograr una sociedad distinta. Lejos están los días en los que la voluntad popular podía sola doblegar al Estado. El Estado hay que ocuparlo, colapsarlo, socavarlo y desde allí construir algo nuevo. En definitiva es hacer de este un capitalismo más pasable, sentar las bases para la asamblea constituyente y avanzar en politización, en la reivindicación de la política como una actividad deseable y necesaria. Con todo lo anterior podemos empezar a planificar una vía alternativa.

Y así me fui empapando del trabajo en el comando. Con la recolección de firmas, con lo difícil que es llevar una campaña independiente, con los cerrojos del binominal y comprendiendo que, al menos desde Revolución Democrática, lo fundamental del proyecto no era sólo la instauración de un régimen distinto en el Estado, sino la fraternidad. Practicarla es difícil: querernos a pesar de las diferencias y hacer política por amor al otro no son cosas que se logran de la noche a la mañana cuando nuestra historia formal nos recuerda constantemente sobre mezquindades y egoísmos, cuando el sentido común en nuestro país dicta que la política es lo opuesto a lo fraterno.

Sin embargo, el mayor desafío que hemos enfrentado, a mi juicio, no es el de querernos. De querernos nos queremos, hemos discutido en plenarios extenuantes y aun así podemos disfrutar de una cerveza juntos al final del día. El problema ha sido definirse como un movimiento político con vocación de poder, de izquierda, transformador, y toparse con que no sólo existen cerrojos constitucionales para acceder al poder, sino que además estamos reconstruyendo izquierda sin saber realmente dónde está, o al menos, sin ponernos de acuerdo en hacia dónde señalar. Que no se confunda: el proyecto de RD es de largo aliento y está en transformación constante, y ojalá nunca deje de mutar, pues debe ser siempre vigente, pero para acceder al poder se deben tender alianzas, y son esas alianzas en donde el camino es completamente difuso.

Obviamente existe un eje de trabajo directo con la sociedad civil. Nuestra misión es revivir la vida política de nuestro país con dignidad y empoderar a todos, sin importar su origen, para que se hagan cargo de la construcción del futuro que sueñan. Creo que éste es el más importante de nuestros objetivos, sin embargo, en paralelo y para darle sustento al discurso validador de la política, hay que ocupar espacios de poder, disputar lo formal.

¿Y desde dónde, hacia dónde disputamos? La Concertación mantuvo un proyecto neoliberal, sin memoria, con miedo a volver a la dictadura y en un creciente proceso de acomodamiento que los estudiantes en los años 2006, 2008 y 2011 lograron tensionar un poco. Pero la Concertación, aunque cambie de nombre y peguen sus pedazos rotos con Bachelet, sigue siendo la Concertación. Sigue siendo la coalición política que valida el matonaje de personajes como Girardi; sigue siendo la coalición política para la que es más importante generar gobernabilidad que una democracia participativa; sigue siendo la coalición de los cambios en la medida de lo posible y la coalición que le teme a los poderosos. No en vano el programa de Michelle Bachelet menciona casi todas las demandas sociales en boga sin arriesgar nada por ellas. Habla de educación pública, pero la gratuidad se diluye, los colegios particular subvencionados siguen en la nebulosa del mercado y el acceso a la universidad permanece injusto, en tanto no se explicita si por fin el Estado comenzará a financiar la oferta educativa en vez de la demanda. La asamblea constituyente no aparece, sino una “nueva constitución” que bien podría estar hecha por unos pocos entre cuatro paredes. (para mayores consultas sobre las ambigüedades del programa, la filtración del informe de Larraín Vial es muy decidora al respecto)

La Concertación/Nueva Mayoría pretenden ser centro izquierda entregando el máximo de concesiones a la derecha y arriesgando el mínimo por la izquierda, y aun así en Revolución Democrática muchos creen que Bachelet es una alternativa política, y después de sendos debates hemos apoyado candidaturas parlamentarias de ellos: Carlos Montes, Iván Fuentes, Alejandro Guillier, por mencionar algunos. Confunde ver personajes como ellos en una coalición que ha sabido administrar tan bien el proyecto de la derecha, y a nosotros nos genera mucho conflicto, porque estar cerca de ellos nos resta validez frente a los movimientos sociales, frente a los decepcionados de la política y las fuerzas de izquierda con quienes tenemos mayor afinidad.

En esa izquierda existen cuatro candidatos donde bien podría haber habido sólo uno, y eso es muestra de que las propuestas transformadoras en nuestro país aún no han madurado, en tanto las conservadoras (Nueva Mayoría, Alianza) se saben el libreto de memoria. El movimiento estudiantil del año 2011 fue un salto de maduración en muchos aspectos, un remezón que movió a muchos en pos de reactivarse políticamente y abandonar la testimonialidad de los proyectos de izquierda. Profundizar en distintos movimientos sociales, fortalecerlos, darles visibilidad, herramientas para el trabajo y generar nuevos allá donde se necesiten puede ser una forma de empujar a estos actores políticos dividos a unirse bajo una misma bandera. De momento no hay forma de trabajar con ellos, porque las condiciones en las que se han planteado desde el inicio no lo permiten.

Michelle Bachelet es, por ahora, la figura de unidad de muchas personas en este país. No creo en su proyecto ni creo que como Revolución Democrática tengamos que colaborar con su gobierno. Creo en la vía de ser una oposición propositiva, constructiva. Somos aliados en muchos frentes: el matrimonio igualitario, la gratuidad de la enseñanza, etc. Pero en lo referente al modelo de desarrollo y al modelo económico no estamos en la misma vereda y es importante que mantengamos esas diferencias como las fundamentales: la Nueva Mayoría apoya un proyecto de reforma neoliberal; apoya una AFP estatal cuando se demostró que el sistema de AFP es perjudicial para la sociedad (para más información leer las columnas de mi buen amigo Gonzalo Cid); apoya un cambio constitucional no participativo. La minúscula influencia de Revolución Democrática frente a los elefantes blancos del Partido Socialista, Comunista, Por la Democracia, Democracia Cristiana y Radical no va a cambiar estos puntos.
La gran pregunta es cómo conseguir aliados para una eventual nueva coalición de izquierda que asuma el poder en el mediano y largo plazo. Es el debate pendiente que debemos tener sin olvidar que quienes nos convocan no son los escaños parlamentarios ni los puestos de gobierno, sino una sociedad mejor para todos, y el empoderamiento de los que no participan, de los desesperanzados. Las alianzas que hagamos no sólo deben llevarnos al poder formal, sino darnos el verdadero poder: la capacidad de cambiar los sentidos comunes de nuestros compatriotas para bien.

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Comentarios

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15 de noviembre

Muy bien Camilo, sigue escribiendo y compartiendo,

servallas

16 de noviembre

Quizás el camino sería abandonar las ideas de izquierdas y derechas, porquería que viene de mentes europeas enfermas del sigo XIX y XX, ayudar a superar la ignorancia que nos agobia, apuntar por reconciliar a Chile, ser abiertos y no una camarilla, querer de verdad a su pueblo y no al poder por el poder, dejar de comprar el discurso de supuestos gurues históricos e iluminados que lo único que han traido ha sido falta de libertad, pobreza y muerte a sus pueblos, pensar como latinoamericanos diversos pero llenos de posibilidades, creer de verdad en la democracia, imperfecta y todo, pero es nuestra única muralla y fortaleza frente al poder absoluto, y sobre todo, sobre todo, no creerse dueños de la verdad.

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