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Una oposición anónima

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Los resultados de la última encuesta Adimark dan cuenta de un proceso de deterioro en la evaluación pública de la gestión del Presidente. ¿Sorprende esto a alguien? Claro que no. ¿Alguien esperaba algo distinto, a la luz de la Virgencita de la Junji, o a la sombra de la no-tan-santa Intendenta del Bío Bío? Adimark no trae sorpresas. Pero sí trae inquietudes.
 
Un rechazo a la gestión que sobrepasa a la aprobación y que hace guiños cómplices al 50%, no es un tema menor. A su vez, la identificación con la oposición supera en más de 10 puntos porcentuales a la identificación con el gobierno. Tampoco es la gran cosa: no es primera ni última vez que un gobierno enfrenta cifras de este tenor. Pero no deja de ser llamativo que la principal “alternativa de gobierno” (es decir, la Concertación) tenga un nivel de apoyo del orden del 27%. No soy sociólogo ni estadista, y todavía multiplico con los dedos, pero hasta para mí resulta evidente que algo se cuece respecto de lo que se entiende por pposición.
 
OK, es cierto: “oposición” es un concepto amplio, del cual cualquiera puede hacerse parte, sin importar su comportamiento al momento del ejercicio del sufragio. Es una categoría modal, de la que es fácil, y hasta cool hacerse parte. ¿O alguien negará cuan de moda está reírse de los gazapos de S.E.? The Clinic no se compra solo. Pero el que esté de moda no implica, obligatoriamente, que no tenga futuro. Por el contrario, la moda opositora refleja la necesidad de algo no proporcionado por la Alianza por Chile ni por el gobierno actual. ¿Adivina? Exacto: tampoco por la Concertación.
 
Mientras aumentan la oposición y el rechazo, la Concertación se estanca en la parte baja de la tabla. Y mientras los medios insisten en englobar a la Concertación como el único referente de la oposición, los que rechazan no se sienten cercanos a un conglomerado que, democráticamente, nunca ha sido oposición. Y es que claro, no es lo mismo oponerse a una dictadura que a un gobierno democrático (con las limitaciones que nuestros “gobierno” y “democracia” tienen): los partidos más antiguos que la componen fueron oposición hace más de 40 años (y un par menos en el caso de la DC, cuando fue oposición a la UP allendista). Y ser oposición en los 80, como bien nos recuerda la televisión cada cierto tiempo, era muy distinto. Ya no corren balas, ni se interrumpen reuniones, ni se intervienen teléfonos, ni existen infiltrados… o al menos eso quiero creer. El mayor riesgo que corre hoy la Concertación es que los cambien de alcaldía/distrito/región… o seguir cayendo en las encuestas.
 
La Concertación se transforma, entonces, en una máscara vacía. Hoy por hoy, ¿a quién representa la Concertación? Vamos, levanten la mano… Bueno, como sea. Hace un par de días participé de una marcha relativa a las alzas del Transantiago. Mi úlcera se reactivó un poco cuando, delante de todos, con una batucada, avanzaban las alegres banderas de las alegres juventudes de la alegre Concertación y sentí que caminaba sin destino [Los cánticos retro de los ultrones completaron mi cuadro clínico.] Así las cosas, no es de sorprender que la cobertura mediática de la marcha haya sido mínima. ¿Quién querría caminar detrás de las mismas banderas que, durante años, apelaron a su cercanía con las personas naturales pero operaron para las personas jurídicas?
 
La oposición prescinde de la Concertación. De algún modo, se mueve, avanza, crece, como algo vivo y atento a consolidarse como… ¿Como qué? Me cuesta un poco esta homologación, pero la actual oposición des-concertacionista me recuerda a Anonymous, el grupo que ha coordinado protestas y ataques on-line por causa comprendidas como justas. Guardando las proporciones y distancias (que son tremendas), nuestra oposición me recuerda un poco ese mismo fenómeno: mediante redes sociales, gente sin rostro se organiza –quizás sin mucha claridad ni comunión– para poner en evidencia los errores y malas gestiones del Gobierno. Como Fuenteovejuna: no es alguien en concreto, no un partido ni un líder. Simplemente gente sin rostro ni poder individual, pero que consigue levantar causas como la huelga de hambre mapuche, el alza del gas en Magallanes o el corte de agua en Antofagasta. Gente anónima y hasta desconocida entre sí, pero con una sola idea clara: sin Alianza y sin Concertación. Una oposición anónima.
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