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Trump, Castro y la retórica de izquierda

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El año 2016 probablemente será recordado como uno de los más intensos en términos políticos. Sin embargo, en este momento quiero referirme solamente a dos fenómenos en específico: (i) la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos y (ii) el discurso ante la reciente muerte de Fidel Castro. Mi intención es demostrar que “la izquierda” (o las personas con ideas progresistas, si se prefiere) ha tenido un enfoque argumentativo profundamente agresivo frente a las opiniones diversas. El efecto que ha tenido aquello en el plano político explica – en parte – el ascenso de figuras como el recién electo candidato republicano en Norteamérica. De manera que, la celebración del régimen castrista por parte de algún sector relevante de la izquierda constituye un elemento peligroso si lo que se quiere es evitar resultados políticos desastrosos.


Entender que el interlocutor que está en frente no es un enemigo, sino que (a lo más) un adversario político y que siempre es posible extraer conclusiones diferentes de las que se tenían al inicio del diálogo.

Vayamos por parte. En primer lugar, el debate presidencial en los Estados Unidos estuvo permanentemente marcado por las descalificaciones personales. Así, la gente que se sentía identificada por el discurso de Trump era sistemáticamente tildada de ignorante, racista, xenófoba y sexista. Esa estrategia política develaba – tácitamente – que los partidarios de Hillary Clinton estaban en una posición de evidente superioridad intelectual que el resto. Tal vez, el equipo de la candidata demócrata, junto con la mayor parte de la opinión pública tradicional que la apoyaba creían ingenuamente que el electorado no notaría que estaban siendo tratados de una forma injustificadamente paternalista. Porque lo cierto es que el votante republicano muchas veces se sentía atacado o incluso agredido por el discurso anti-Trump, por lo que nunca tuvo tiempo para considerar seriamente su corrección argumentativa. En vez de tener una actitud de empatía por las verdaderas preocupaciones que aquejaban al partidario promedio del magnate hotelero, reinaba la sátira y la burla hacia sus legítimas ansiedades que sólo lograban ser canalizadas por el extremismo de Trump.

Hoy en Chile sucede lo mismo a nivel discursivo y se ha acentuado con la reciente muerte de Fidel Castro. La izquierda ha querido oscurecer – o derechamente obviar – las violaciones a los Derechos Humanos en Cuba en manos del régimen castrista y se ha dedicado a vanagloriar los avances en materia de derechos sociales alcanzados en la Isla. Sin embargo, eso es un error político grave por dos razones. Primero, en términos estratégicos, la izquierda se está comportando de forma análoga a los demócratas en los Estados Unidos. Es decir, está teniendo una reacción completamente agresiva frente a las personas que creen – legítimamente – que lo que sucede en Cuba cumple con los requisitos de una dictadura. En segundo lugar, la izquierda está concediendo el punto que para lograr sus fines, cumplir con el proceso democrático puede convertirse en irrelevante en la medida que el fin lo justifique, pero paralelamente critica arduamente los atropellos producidos por la dictadura de Augusto Pinochet, intentando jugar a una pobre lógica del empate. Obviamente aquello genera ruido y es difícil superar la crítica de ser llamado doble estándar. Sobre todo cuando es ese mismo sector el que protesta que ningún éxito económico puede justificar el terror de una dictadura.

En consecuencia, la izquierda en Chile debe tener presente lo siguiente si pretende evitar la comisión de los mismos errores que se cometieron en EEUU. Primero, abandonar la retórica agresiva que impide el debate de ideas. Esto significa entender que el interlocutor que está en frente no es un enemigo, sino que (a lo más) un adversario político y que siempre es posible extraer conclusiones diferentes de las que se tenían al inicio del diálogo. Segundo, que no es posible seguir sosteniendo en el siglo XXI que el régimen castrista no constituye una dictadura, pues aquello es conceder el punto de acuerdo al cual las personas con ideas progresistas buscan legitimar sus ideas en virtud de cualquier medio a su disposición. Ningún beneficio social, ni tampoco ninguna clase de nostalgia política puede justificar conductas totalitarias y punto. De manera que en un Estado de Derecho, el proceso democrático debe respetarse no sólo al comienzo de un gobierno, sino que también durante su transcurso. Como dijera un destacado teórico jurídico: “los derechos fundamentales son verdaderas cartas de triunfo”.

TAGS: #Discurso

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29 de noviembre

“Al frente se sientan los rivales, los enemigos se sientan al lado” decia Churchill. Y me alegro mucho que haya gente que no sea de izquierda y se atreva a publicar lo que piensa en uno de los pocos (quizá el único) medio digital de respeto transversal a las ideas políticas. Felicitaciones. Efectivamente el tema de la dictadura cubana ha representado una gran disonancia que deja en entredicho los apasionados discursos contra el gobierno militar.

Dicho esto no quiero desanimarlo pero su emplazamiento es estéril: La izquierda chilena, salvo contadas exepciones, se aleja del debate de ideas, su norte es absolutamente totalitario.La dictadura militar chilena, que se obliga desde los textos escolares llamar asi al gobierno de reconstrucción nacional porque no soportan que alguien piense distinto, es criticada por lo mismo que aplauden la cubana. Es estéril pedir coherencia en el debate de ideas con otros a quien no tiene ni le importa la coherencia de su propio relato.

Saludos cordiales

Servallas

30 de noviembre

Bueno, concuerdo en lo fundamental, la izquierda en todo lugar opera igual, es parte de su ethos, descalificar muy agresivamente. Asumirse moral e intelectualmente superior es parte de su apuesta y los epítetos de nazi o fundamentalmente fascista son los favoritos, no sé cuantas veces al día el Sr. Maduro lo repetirá, pero resulta hasta cacofónico. En mi caso veo que la derecha no actúa así pero ejecuta acciones u omisiones que también generan problemas. Ambos tipos de pensamientos nos hacen daño, nos hacen sufrir, por eso es que la pregunta de ¿qué tan lejos estaremos del día en que abandonemos esas formas de pensar y acojamos otras más humanistas y menos dañinas? me parece que esta muy vigente.

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