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Tropiezos del Frente Amplio: ¿Crónica de un fracaso o de aprendizaje?

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Lo viví hace un par de meses. Su origen: una combinación de ignorancia, inexperiencia y autosuficiencia. Su efecto: aprendizaje vital, al fin y al cabo.

Dialogando con unos recién conocidos, reflexionando sobre el machismo, sus causas y consecuencias, lancé el siguiente argumento nunca antes por mí escuchado: “La mejor muestra de imposición patriarcal es que en nuestra cultura los apellidos se transmitan desde el hombre a los hijos e hijas, perdiéndose en el camino la trazabilidad materna. Invento cultural, imposición machista, ya que en términos biológicos la única certeza –por lo menos pre época high tech- era la maternidad y no la paternidad”.

Pleno y complacido con mi conclusión personal, propia, durante un tiempo la retuve como posible leit motiv de un creativo posterior artículo. Hasta que un día la compartí, muy lejos de mi hogar, satisfecho de mi ingenio y capacidad de análisis (egótica práctica bastante masculina, en todo caso). De mi aporte al relato del feminismo.

Suerte tuve al hacerlo. Evadí, así, un planchón mayúsculo. “Mira, precisamente ese es el foco que Engels desarrolla en su obra ‘El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado’ de fines del siglo XIX” me lanzó, sin sarcasmo, una mujer, activista ella, peruana. 


Donde las prácticas a las que se apunta con fiereza (incluso con cierto espíritu de superioridad moral) como responsables de la deslegitimación de la institucionalidad, del ejercicio de lo público, no son hijas del espíritu santo, tienen también un anclaje en características muy humanas, como son el personalismo, la imprudencia, la intolerancia, la ambición, las ansias de poder desmedido, la displicencia. Que compiten en nuestro interior y también en el de las organizaciones, con sus antípodas como son la visión colectiva, el respeto, la asertividad, el desprendimiento, la empatía.

Leído ya el libro de Friedrich Engels (1884), intelectual de fuste, este no solo aborda el tema basado en las investigaciones de Lewis H. Morgan. Lo desarrolla y desmenuza en páginas y páginas, capítulos enteros. Incluso, lo dice expresamente: “Las riquezas, a medida que iban en aumento, daban, por una parte, al hombre una posición más importante que a la mujer en la familia y, por la otra, hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciera vigente la filiación según el derecho materno. Este tenía que ser abolido, y lo fue…. Aquella revolución -una de las más profundas que la humanidad ha conocido- no tuvo necesidad de tocar ni a uno solo de los miembros vivos de la gens… El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo”.

En este chascarro pensé a propósito de la última controversia del Frente Amplio. No en el machismo, particularmente, sino en la muy humana tendencia a sentirnos los primeros de los primeros. El inicio y el fin de la historia. De adherir con pasión a la idea de nadie antes de mí, nadie después.

Las líneas acá plasmadas nacen de un profundo respeto, admiración y esperanza por lo que se está construyendo en el Frente Amplio. Por lo que está naciendo. Pero aún así, no obsta alertar que conocer el pasado, reconocer a quienes han reflexionado y caminado antes, con sus aciertos y desaciertos, es fundamental para dar los pasos que seguirán.

No es singular el affaire Mayol. Un recorrido por la historia de la humanidad y de Chile, de las luchas políticas de decenas, cientos de años atrás, da cuenta de los dilemas del ejercicio del poder. Tal como la demanda por una Asamblea Constituyente no nace con los así llamados gobiernos bolivarianos sino que se entronca con la Revolución Francesa e incluso más allá (porque conlleva, en el fondo, el eterno debate sobre quiénes y cómo se toman de decisiones colectivas), así también la unión en la diversidad sobre la base de objetivos comunes es un proceso que otros han emprendido en pretéritos tiempos. Y de los cuales también es posible aprender. Dicho en cliché: nada nuevo hay bajo el sol, así como cada día (o época) tiene su afán.

Donde las prácticas a las que se apunta con fiereza (incluso con cierto espíritu de superioridad moral) como responsables de la deslegitimación de la institucionalidad, del ejercicio de lo público, no son hijas del espíritu santo, tienen también un anclaje en características muy humanas, como son el personalismo, la imprudencia, la intolerancia, la ambición, las ansias de poder desmedido, la displicencia. Que compiten en nuestro interior y también en el de las organizaciones, con sus antípodas como son la visión colectiva, el respeto, la asertividad, el desprendimiento, la empatía.

El quid no es eliminar unos de raíz. Eso es imposible, siempre estarán presentes. Lo relevante es construir instituciones y sentidos comunes que enfaticen los que consideramos necesarios, fundamentales.

Por ello un mal paso, no de ahora sino de antes, ha sido alzarse (proyectarse) como el colectivo que en su práctica llevará a la hoguera todo lo cuestionable que ve en los demás. En circunstancias que aquello criticado está presente en toda organización, con mayores o menores énfasis, con lo cual es preciso siempre lidiar. Los santos de pura cepa no existen, así como tampoco los demonios totales. Ya incluso esto lo reflexionaron muchos antes que nosotros.

Alzarse como la vara que define lo bueno y lo malo ha sido un trastabillón. Y no serán los primeros ni tampoco los últimos, eso ocurre con todo proceso colectivo de transformación. Entenderlo es parte del aprendizaje, un camino donde siempre estará presente ignorancia, la inexperiencia y autosuficiencia.

Una forma de aplacar, no de extirpar, estos vaivenes es volver a los clásicos. Recurrir a la historia que nos muestra experiencias y reflexiones de aquellos que hicieron camino al andar previo a nosotros. Una ruta que nos llame a la humildad. Donde asumirnos como huestes de un camino superior, incluso intergeneracional, es un buen medio para superar los vericuetos del hacer político institucional. Y un mecanismo para construir un relato donde el hacer con el otro incorpore la comprensión de lo virtuoso y mundano de la condición humana.

Condición humana que se hace más visible cuando de acceder al poder se trata. Y eso no se puede obviar.

 

TAGS: #FrenteAmplio

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