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Separando aguas: Estado – capitales financieros

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Hoy, que permanecemos encarcelados por los capitales financieros, por esos capitales que se fortalecieron con el botín obtenido de las tierras de América Latina, con ese tesoro mineral, pesquero y forestal regalado por las transiciones democráticas, hemos comenzado a despertar del letargo social al que parecíamos condenados. Sin embargo, no será posible recuperar la felicidad que se nos arroja con el honor republicano si no somos capaces hoy, igual que hace décadas hicieron los que intentaron la separación de la iglesia del Estado, de separar al Estado de los capitales financieros.

Separar las aguas fue la acción más poderosa que mi conciencia infantil hubiese podido escuchar; más aún cuando el líquido era un mar que obedecía la orden de una mano anciana sosteniendo un báculo nudoso. Qué poder cósmico alimentaba el cuerpo de ese barbudo para lograr hazaña semejante, que ante el gesto de sus cejas arqueadas lograba que el mar rojo se recogiera sobre sí mismo para permitir el paso de miles de trabajadores explotados por el faraón. Esa sola imagen simbólica, en sí misma, llamaba a la tropa de cabros chicos sentados en gruesos pupitres de madera pintada de color verde a pensar en la necesidad de separar para obtener ¡Era entonces una sentencia dialéctica! O eso me enseñaron buenos amigos marxistas y masones una buena cantidad de años después.

Esta tesis se comenzaba a convertir entonces en algo que ese grupo de muchachos y muchachas utilizaba a su antojo para comprender la pútrida sociedad de fines de los ochenta. Nuestra tesis era simple, pero valiente: la dictadura militar y económica debía ser reemplazada por una dictadura proletaria; por esa masa de trabajadores humillados y cansados, mediante acciones rebeldes (mucho más rebeldes que revolucionarias) y organizadas, con muchas más piedras que balas y letras en vez de bombas. Ese grupo de actores secundarios apostábamos con nuestra limpia juventud contra la sucia conciencia de quienes se apoltronaban en sus comodidades.

Los años pasan irremediablemente, aunque la idea humana se empeñe en lo contrario, de esa manera algunos fuimos a la universidad, otro se hizo ascensorista, una fue bailarina, otras dos fueron madres (de profesión) y otro par caminó hasta tierras lejanas para colaborar con la construcción del socialismo. La antítesis se vino a colar dentro de nuestros huesos, alojándose hondo dentro de las concepciones de esa sociedad nuestra de cada día, que reaccionaba frente al capítulo mejor logrado de Sartre. Allí estábamos, los mismos que unos años antes hacían de correo o de chispas, también los que funcionaban de loros y los de la PRP, los de los grupos operativos y los de Rodríguez, los del Sebastián Acevedo y los de la Vicaría, allí estábamos contemplando consternados el traspaso del cobre pampino a los capitales financieros, el regalo de las compañías estatales a las trasnacionales; la anulación de la conciencia estaba en marcha, la farandulización de la rebeldía había comenzado.

Entre tanto, Ernesto Solé cerró sus ojos verdes para siempre. Antes los cerraba de vez en cuando para soñar o para pensar en esa república por la que soportó electricidad pasando por sus testículos, pero esta vez los cerraba para morir empobrecido, viejo y cansado en una sala de hospital mientras los administradores de sus fondos de pensiones gozaban de las comodidades propias de los grandes señores. Ernesto fue un hombre justo, medido, tierno; jamás el resentimiento se apoderó de él, porque estaba apoderado por el sentimiento.

Entonces llegó la edad de la síntesis, y si los primeros pasos fueron la resistencia y los segundos la anarquía, ahora comenzaba a sentir la pupila el brillo de la soberanía. Fue este el momento cuando recordé a Moisés y su figura delgada abriendo el mar. Fue entonces que el símbolo funcionó con pureza dialéctica: Separar para que la libertad sea con los populares, o también separar para que Dios sea con nosotros.

Así lo entendió la humanidad cuando luchó por la separación del estado y la monarquía, luego nuestros conciudadanos cuando bregaron por la separación de la iglesia y el Estado, fundando así la sociedad laica.  Una sociedad que desde Recabarren y Rocuant trabajaba por el esclarecimiento moral, en búsqueda permanente de la desconcentración y la dignidad humana. No sé cuántos se murieron así como falleció mi compañero Ernesto, el abuelo; tampoco alcanzo a sumar el horror de miles de mujeres y niños que,  hechos hoy ancianas y hombres,  siguen con la tortura dentro del pecho, pero sí sabemos que estamos en deuda, que persiste un amor herido, una mueca contrahecha.

Hoy, que permanecemos encarcelados por los capitales financieros, por esos capitales que se fortalecieron con el botín obtenido de las tierras de América Latina, con ese tesoro mineral, pesquero y forestal  regalado por las transiciones democráticas, hemos comenzado a despertar del letargo social al que parecíamos condenados. Sin embargo, no será posible recuperar la felicidad que se nos arroja con el honor republicano si no somos capaces hoy, igual que hace décadas hicieron los que intentaron la separación de la iglesia del Estado, de separar al Estado de los capitales financieros.

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