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¿Qué hiciste tú en los 80, papá?

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Volví a Chile a comienzos de este maldito año que, por suerte, terminará dentro de poco. Me salvé, por azar, del terremoto y el tsunami, pero no pude escapar de otras calamidades evidentes.

Para empezar, la victoria electoral de la derecha, que devolvió el control del aparato estatal a los dueños de este país, ya sin necesidad de administradores o intermediarios molestos.

Y una ola de pequeños desastres, que culminaron con la epifanía del papelito de los 33, mostrado hasta el hartazgo. A la que siguió el golpe de Estado en la ANFP, que apuntó contra Harold Mayne-Nicholls, pero que, en realidad, tendía a derribar a ese “roto” de Marcelo Bielsa. Quien nunca ha terminado de entender la lógica de mercado que impera hoy en Chile, donde las cosas se deciden en reuniones de directorio y no hace falta la opinión de la galería.

Cuando volví, debí adaptarme al país de siempre, aunque con rasgos más marcados aún de autosuficiencia e insularidad. Los noticieros de televisión, por ejemplo, que siempre fueron malos, ahora estaban pésimos.

Antes simulábamos que nos importaba lo que pasaba más allá de nuestras narices, pero ahora descubrí que ni eso ya valía. No había comentarios internacionales, ni siquiera noticias. Y lo que campeaba, sin contrapesos, eran publirreportajes e infomerciales disfrazados de información.

El pretendido éxito económico nos ha tornado más ombliguistas que nunca. Las secciones de Economía de los diarios hablan más de mercados que de producción, innovación o esas chorradas que no le importan a nadie, según los editores. Las de Cultura brillan por su ausencia, cuando no son simples apéndices propagandísticos o de difusión de la industria editorial, musical o fílmica.

Y las de Política, una reñida batalla por la figuración, en la que todos compiten para ser los más díscolos o mediáticos con el fin de obtener quince minutos de fama en LUN o en la Teletón.

Confieso que mi segundo desexilio no fue fácil. Y en varios momentos estuve a punto de tirar la toalla y decir hasta aquí nomás llegamos. El peak de la desazón fue cuando, aún sin cable, debía mamarme un combo televisivo conformado por los matinales, Yingo, Pelotón, Primer Plano y otras sandeces por el estilo, que suele ser la dieta básica del común de los mortales que sólo tienen a su alcance la opción de la TV abierta.

Enclaustrado en esa terrible purgatorio, tan aledaño al infierno, lo que vino en mi rescate fueron dos cosas: una, el nuevo rasgo civilizatorio que se advertía en las calles de Santiago, con bicicletas disputándole espacios a los autos, ya sea en las ciclovías o en esa ley de la selva que rige en las veredas y las aceras. Y, dos, algunos capítulos de “Los 80”, probablemente preparando el terreno para el estreno de la tercera temporada, que finalizó este domingo, y que demostraban que la televisión podía ser algo más que la caja idiota destinada a anestesiar y estupidizar a las masas.

Así es. “Los 80” y las “cletas” me reconciliaron con ese paraíso perdido y recuperado que era el Chile al que regresaba después de dos años. Sentí que no todo estaba perdido. Que había un motivo para quedarse y luchar por esa pequeña utopía que es la patria. Y de ese modo me fui estableciendo de nuevo en la comarca hasta que nuevas puertas se abrieron para acogerme.

Primero, los amigos de siempre. Los de antes y los de ahora. Aquellos con los que comparto la fidelidad a la idea de una nación de hermanos y de iguales.

Y luego, por extensión debida a los nuevos avances tecnológicos, me fui internando e involucrando en redes como Twitter, donde descubrí que había espacios para ejercer una nueva sociabilidad ciudadana, en la medida en que seguía existiendo gente que no se compra los buzones que los medios nos venden envueltos en papel de regalo. Y con un moño de cinta.

En Twitter descubrí, por ejemplo -en virtud de la magia de un mundo que uno construye a su medida, de un país portátil como un IPhone- que no había sido yo el único imbécil que se quedó “con una lágrima en la garganta”, como diría el ínclito Zalo Reyes, al ver a Gabriel y Claudia a punto de caer en las garras de la CNI, mientras disfrutaban de su amor clandestino en un hotel parejero.

En Twitter supe que no era el único tarado que se había emocionado hasta la médula cuando Juan Herrera se despide de su padre lejano y semi-alcohólico, antes de que “la Pelada” lo reclutara para sus huestes. Y que, por cierto, no había sido el único estúpido al que se le atragantó la cena en el momento en que Juan le da el último adiós a su viejo, rodeado de Anita, “la patrona”, y una cohorte de prostitutas provincianas, mientras unos cuequeros tamborilean para acompañar el viaje del difunto a través de la Estigia.

Fue un momento de rara comunión.

El rating, dicen ahora, se elevó hasta las nubes. Y en muchas casas chilenas padres, hijos y nietos se toparon de frente con un pedazo de su historia –nuestra historia- que hasta ahora no estaba visible, dado que la televisión insiste, por lo general, en ser un espacio opaco que nos impone contenidos chabacanos y banales, antes que ser un espejo que nos devuelva la imagen de lo que somos. Con defectos y virtudes, y sin maquillajes ideológicos que tienden a explotar la desmemoria.

Después de las lágrimas y los nudos en la garganta, el pasado quedó reverberando en la mente de muchos. Ideas y emociones agolpadas. Necesidad de reconocimiento y afirmación. Una nostalgia que atenaza el alma cuando descubrimos que quizás nunca fuimos mejores ni peores que en esos años terribles, en que otros vivían protegidos por la burbuja del viejo cuento del “nunca-supe-lo-que-pasaba-a-mi-alrededor”.

Cuántos Gabrieles y Claudias que conocimos. Y cuántos que no conocieron ningún final feliz… Pienso en mi amigo X., al que lo levantaron de la pega para atormentarlo en las mazmorras de Borgoño, porque su foto apareció entre las pertenencias de una ex polola suya que era del Frente. O pienso en R., al que conocí como un tierno secundario, con rostro aniñado y mirada alegre, y que murió en un enfrentamiento en el aeródromo de Tobalaba, cuando su vida ya había dado una completa vuelta de campana.

En el Chile de los 80, una cosa estaba clara: ya no había inocentes. Había quienes eligieron la violencia institucionalizada y estatal para terminar de ejecutar la obra de un país reconstruido a la medida de su voluntad refundadora. Y había quienes, cansados de poner la otra mejilla y de ser los eternos “patos de la boda”, llamaban a rebelarse, con lo que hubiera a mano, contra el orden impuesto por la fuerza.  

En medio de estos dos campos, unos pocos políticos –que de a ratos parecían predicar en el desierto- convocaban a tender puentes entre estos dos mundos que simulaban ser irreconciliables para que una inevitable catástrofe no terminara por arrastrarnos a todos.

¿Quién estaba en lo cierto? ¿Quién actuó mejor? Si la respuesta a estos interrogantes, no tiene en cuenta el contexto de los duros tiempos que se vivían, se corre el riesgo de que, además de formular juicios ahistóricos, seamos injustos con nuestro pasado y nuestra conciencia. Un pasado que se ha hecho carne en nuestras vidas y del cual somos parte indisociable.

Pero, claro, eso es lo bueno de “Los 80”. Que nos obliga a reflexionar sobre lo que somos. Sin anestesia y sin mediatintas de ningún tipo. Probablemente, el espejo sea cruel. Y el retrato salga un poco desenfocado.

Algunos se verán como Gabriel, el militante decidido y audaz, y comprometido hasta las últimas consecuencias. Otras, como Claudia, la chica “lana” y algo ingenua que salta de las protestas y las peñas, a enfrentar pruebas mayores, casi de forma involuntaria.

Y no serán pocos los don Genaro, que deberán admitir, con no poca vergüenza, que fueron cómplices, por acción u omisión, de un régimen dictatorial que terminó creando una atmósfera enrarecida y opresiva.

Entre los verdugos y los héroes, habrá, desde luego, un amplio espacio para que se ubiquen quienes, como Juan Herrera, se replegaron hacia el ámbito doméstico de sus casas cuando el terror y el toque de queda empezó a dominar las calles.

De todos esos fragmentos, sin duda, está hecho Chile. Un país que hoy debe ajustar las cuentas con su historia y responder de la mejor manera que le sea posible la pregunta que esta teleserie, que entró ya en su tercer año, deja abierta para todos y cada uno de nosotros: “¿Qué hiciste tú en los 80, papá?”

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21 de diciembre

Si al espectador de la serie de Chile o de otro país , le preguntan: quiénes eran los buenos? quiénes eran los malos? la respuesta serían siempre la misma.

Qué increible recordar que algo a todos ojos natural en una serie no necesariamente era claro en aquel entonces. La pregunta con que finalizas tu nota es muy profunda pues hay gente que responderá : «hijo, yo torturaba»; «hijo, yo guardé silencio» «hijo, yo arriesgue la vida por salvar a otros». Son esas respuestas la que configuran el ser chileno.

Ojalá ese Chile no se pierda en las lecciones de la historia, ojalá que el miedo no se le siga quedando pegado en el paladar y se sigan guardando silencios poco sanos. Ojalá que a nadie se le vuelva a ocurrir que la tortura es un medio para obtener datos y ojalá que sigan otros arriesgando la vida, si es necesario, por quienes sufren o son perseguidos.

Muy buena la nota Artemio.

enzo-abbagliati

21 de diciembre

No viví en Chile en los 80, de hecho regresé en octubre del 89. Si hay algo que me ha llamado la atención de la serie es el tono melancólico, la sensación de estar siempre nadando contra la corriente, de un país triste, apagado. Lo he conversado con varios amigos y en general coinciden en decirme que cuando recuerdan esa década, coinciden con el tono de la serie. Sin querer justificar, pero si comprender, quizá responder «¿Cómo estabas tú, papá?» ayude a responder «¿Qué hiciste tú, papá?

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