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¿Presente griego para Michelle?

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Preocupa la resistencia de muchos sectores de jóvenes que llaman a no participar en los procesos electorales que se avecinan. Chile ha pasado casi de manera imperceptible de la Cultura del “no estar ni ahí”, a la cultura de “no creemos en los políticos”. Esto es algo más profundo que que un buen o un mal programa de gobierno.

El presente de la Concertación está condicionado por la acción futura de Michelle Bachelet. De alguna manera en el imaginario político del país, ella es la candidata, no sólo para la Concertación, sino también para una mayoría de la opinión pública. Se une a esto que la derecha ya la considera la candidata de la oposición. No obstante, el problema tiene más complejidades que aquellas que aparecen como obvias en los análisis cotidianos: que la Concertación debe tener un programa; que ese programa debe ser creíble; que el programa debe encaminarse a reformas profundas que el país necesita, para reorientar y cambiar la direccionalidad de la política chilena en las percepciones que la ciudadanía demanda. Sobre este y otros temas, pareciera que las controversias no son tantas.

Pero hay problemas graves y urgentes que resolver en la Concertación; en los vínculos de una oposición democrática que, sin duda, va más allá de la alianza opositora y, lo que es más serio aún, en las demandas de la ciudadanía. Los que suponen que el sólo nombre de Michelle puede arreglar la muy mala opinión que muestran las encuestas sobre los partidos políticos, tanto de Gobierno como de oposición, sobre el gobierno y sobre el quehacer político nacional, están en un profundo error. Hay un quiebre generacional entre las concepciones de mundo, de sociedad y de los valores que hoy proclaman los jóvenes y gran parte de la ciudadanía, que no se puede recomponer ni con autoritarismo ni con los principios que rigen desde la Constitución que aprisiona al país.

Este quiebre generacional se representa en las pugnas con los sectores conservadores de la derecha, del centro y de la izquierda. Podemos pensar, con algún fundamento, que la carencia de respuestas adecuadas podría generar movimientos sociales más fuertes y acciones menos controlables provenientes del mundo de la educación, del trabajo y de la ciudadanía.

Ya no estamos sólo ante del desafío de que toda la oposición, levante “un buen programa de gobierno”, sino que, sobre todo, sea capaz de generar una recuperación de la confiabilidad de los ciudadanos. Esto es, creando instancias de participación con los diferentes sectores de la ciudadanía que hoy cuentan con organizaciones en pleno proceso de maduración. Preocupa la resistencia de muchos sectores de jóvenes que llaman a no participar en los procesos electorales que se avecinan. Chile ha pasado casi de manera imperceptible de la Cultura del “no estar ni ahí”, a la cultura de “no creemos en los políticos”. Esto es algo más profundo que que un buen o un mal programa de gobierno. Sólo cambios radicales, en los mecanismos de participación pueden modificar este escenario.

En este contexto, nos parece imprescindible, de acuerdo a la magnitud de la desconfianza existente hacia la clase política, plantear una “Constituyente”. Sabemos que esto no puede ser ni será fácil. Pero no puede haber calidad democrática con la Constitución vigente, ni puede haber una nueva Constitución sin participación ciudadana. Lo primero ya se hizo brutalmente por la dictadura, y las reformas realizadas no han podido modificarles el alma dictatorial a esta Carta Magna. Una Constituyente es un mecanismo para crear confiabilidad, participación y sobretodo legitimidad. Esto es tarea urgente.

Si la oposición no es capaz de ofrecer este escenario, no será posible una nueva democracia y menos aun, se dará en la ciudadanía una recuperación de la confianza en los políticos. La Constitución política de un país, aparte de establecer derechos y deberes de los ciudadanos, debe proporcionar estabilidad a las instituciones políticas y democráticas básicas. Debe representar la diversidad de intereses que la actual Constitución, heredada de la dictadura militar , no garantiza. Se traduce, esto último, en la imposibilidad que tienen los ciudadanos de generar cambios reales de acuerdo a los requerimientos de una adecuada gobernabilidad democrática.  Si los partidos políticos no son capaces de generar, desde ya, una dinámica en la direccionalidad correcta del sentir ciudadano, la oferta a Michelle Bachelet, para encabezar a la oposición en las próximas elecciones presidenciales, se puede transformar en un Presente Griego para la ex presidenta y en consecuencia para la democracia chilena.

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Foto: Walala Pancho / Licencia CC

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