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Nunca y Siempre: malas señales en política

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En diciembre de 2017, tras el claro triunfo de Sebastián Piñera a la cabeza de Chile Vamos, la derecha completa, se jactaba de su triunfo diciendo que fue debido a la “unidad” del sector, a la capacidad de llegar a “acuerdos”, al liderazgo del candidato  Piñera, otros más modernos y vinculados al management agregaban que era debido a la capacidad de “trabajar en equipo” del sector. En fin, habían ganado la elección y con los triunfos, todos ganan. En la realidad cotidiana del país, comenzaba la restauración conservadora.


Lo central para las fuerzas de oposición que se reclaman del cambio, es construir un mínimo común entre ellas. Un mínimo común, que les permita fijar un marco de entendimiento maduro, capaz de racionalizar políticamente sus diferencias

Hoy, tres años después, el panorama del país, de la política y las coaliciones se haría irreconocible para alguien ajeno a nuestra realidad: colapsó el modelo neoliberal, se han vuelto a violar los  derechos humanos; la pandemia no cede y aun cuando deseablemente cediera por gestión interna, las vacunas han comenzado a ser acaparadas por los países ricos. De la crisis económica global, solo empezamos a conocer algunos de sus efectos; en Chile, la cesantía hace lo suyo. El gobierno, con su 7% de apoyo ciudadano, también.

Lo que al respecto conviene recalcar, es que Piñera no llegó solo al Gobierno. Él es producto de una coalición política, que acumuló fuerzas, ideas, que se preparó para ser Gobierno, construyó un programa y de acuerdo a los niveles de participación electoral del país, tras la existencia del voto voluntario, ganó la elección. En ese contexto, de poco sirve cargar los dados a la personalidad egocéntrica de Piñera, a su autoritarismo oculto, pero que a veces se muestra tal cual en verdad es, declarando, por ejemplo, la guerra.

Aunque su coalición se corra, o que el propio Presidente los corra por su inoperancia en la gestión política de sus equipos, conviene ajustarse a los hechos: Llegaron al poder siendo un solo cuerpo. Así lo festejaron cuando ganaron y así mismo hicieron cuando empezaron a desmantelar lo avanzado en el Gobierno anterior. Evidentemente, en el ámbito de la derecha, no es lo mismo un JA Kast a un Mario Desbordes.

En ese tinglado de un mal gobierno se encuentra Sebastián Sichel, Presidente de BancoEstado hasta el pasado viernes 18 de diciembre. Sichel quedara registrado en los anales de la Institución como la autoridad más marketera, farandulera, e irresponsable que ha pasado por la institución desde el retorno a la democracia. Servirse de su posición de privilegio proponiendo lo imposible para ganar algún punto en las encuestas de opinión, a costa de los trabajadores, los clientes y la Institución, es un buen indicativo de su estilo y ambición de poder. Mientras Sichel al salir del banco entre sus razones mencionaba que “los tiempos políticos se habían acortado”, los trabajadores sin fuero, temen represalias por opinar en público respecto a su institución. Ese es el país que tenemos, y ese es el país que es necesario superar. Con todo, BancoEstado es una institución sólida, que sabrá recuperarse de las malas experiencias y llegado el momento sabrá desplegar su potencial para aportarle a Chile soluciones útiles a su desarrollo y al de su gente.

Dicho todo lo anterior, la paradoja del momento político actual, sin embargo, no está en el Gobierno de derecha que se acerca a su término, con sus vericuetos, pugnas internas y personajes. La paradoja está en la oposición, que aún no logra concordar un diseño de futuro.

Si la derecha vuelve a ser gobierno, con este nivel de rechazo ciudadano, es porque algo no cuadra. Y lo que no está cuadrando es que mientras existe una amplia mayoría ciudadana por los cambios,  por el otro, en la oposición (la de partidos históricos y las nuevas expresiones)  se sigue en la lógica del cálculo electoral pequeño o exaltando diferencias de orden ideológico sin solución, al menos en el corto plazo. Por lo demás,  las diferencias, siendo legítimas, pertenecen al mundo de los partidos, lo que, como sistema, está impugnado por amplios sectores ciudadanos. ¿O Acaso alguien seriamente cree que el 80% que votó por la Convención Constitucional, al hacerlo estaba marcando por una u otra fuerza del espectro político de oposición?

El carácter de las demandas ciudadanas constituyen una buena pista para encontrar las respuestas políticas. Estas son en primer lugar extraordinariamente amplias y diversas, inorgánicas, que van desde demandas por salud, pensiones dignas, educación gratuita y de calidad y un conjunto variado recogido por la Institucionalidad municipal en los Cabildos Abiertos y cientos de reuniones cívicas desde el estallido social en adelante. Hay demandas por descentralización del poder político hacia las regiones y los territorios, resolver si seguimos anclados en un régimen presidencialista que no da el ancho o avanzamos hacia otro semipresidencial, resolver temas de género producto del patriarcado y la exclusión de los pueblos originarios, entre otros. En fin, la parrilla incluye desde lo sectorial a la arquitectura Institucional del país para los próximos 40 o 50 años.

Pero hasta el momento, y pese al enorme consenso en esta amplísima diversidad por cambios que existe en la sociedad, la oposición no logra expresarlo políticamente. Es cierto. Este es un periodo de profundo reacomodo de las fuerzas políticas en todo su vasto espectro. En términos de procesos históricos, se asemeja a aquel de fines de la década de los 60 que cristalizó en la UP y la elección presidencial de Salvador Allende en 1970, o aquel reacomodo que se vivió en las fuerzas de oposición a la dictadura cívico-militar previo al Plebiscito de 1988. En consecuencia, dada las crisis aguda del Chile actual, lo natural es el reordenamiento que se vive estos días. Y es por lo demás sano que se empiecen a decantar los proyectos políticos.

Al respecto, uno de los puntos por dilucidar es alrededor de cuales ejes articular una propuesta que logre expresar políticamente la voluntad por cambios que está instalada en la sociedad. Desde esta perspectiva, se trata de aproximarse lo máximo que sea posible a representar a ese 80% que votó Apruebo en el Plebiscito del 25-O y a las demandas que vienen planteando las movilizaciones desde 2019. No hay recetas mágicas, pero sí pistas que pueden contribuir a “relajar la vena” al interior de la oposición y  empezar a cerrar la brecha, a veces abismo, entre la política y la sociedad.

Una de ellas es la elección de los convencionales. En ese sentido, un paso básico pero vital es que los próximos convencionales reflejen la diversidad social, política y cultural del país  en el sentido más amplio. Eso es lo que garantiza de mejor modo el pluralismo que deberá  expresarse en el órgano constituyente. Como bien lo apunta el analista Ernesto Aguila, en su columna “Proceso constituyente, identidad y unidad” los cuerpos colegiados posibilitan generar acuerdos y construir mayorías. Por el momento, en el clima actual, al parecer, eso también está por verse.

En cualquier caso, lo central para las fuerzas de oposición que se reclaman del cambio, es construir un mínimo común entre ellas.  Un mínimo común, que les permita fijar un marco de entendimiento maduro, capaz de racionalizar políticamente sus  diferencias y en cuyo proceso ninguna de las expresiones políticas tenga que ocultar su identidad propia, a nombre de una supuesta unidad sin contenidos o con contenidos autorreferidos a la orgánica  y al margen de las demandas sociales; o bien en su extremo, concentrarse excesivamente en la identidad propia exacerbada al punto de llegar a colindar con el fundamentalismo.

Pero también ayudaría a ganar en racionalidad si los principales actores con potencial de representación Presidencial y en otros niveles del Estado, definen mejor su posicionamiento. Es, por ejemplo, el caso del actual  posicionamiento  del alcalde Jadue, quien siendo una figura destacada de la oposición, ha decidido, para utilizar jerga futbolera, jugar de arquero, de defensa central, mediocampista y además quiere hacer los goles. Y todo ello a nombre del PC. Es una opción legítima, pero si quiere ser Presidente de Chile, líder de una coalición por los cambios, que además requeriría de otros respaldos sustentables en el tiempo, la mejor posición  es la de articulador, es decir, volante creativo.

Hoy por hoy, sin embargo, el riesgo de que con un 7% de respaldo ciudadano  la derecha gane en los eventos electorales más importantes que se avecinan, empezando por la elección de los convencionales,  está a la vuelta de la esquina. Ello,  de proliferar la tentación del camino propio, la construcción de identidad al margen de la realidad social y política, o el sectarismo liso y llano que se puede observar a partir de expresiones categóricas, en blanco y negro, tales como: “nosotros nunca”, “siempre nos hemos opuesto”, “somos los únicos”, como si la política fueran bloques rígidos e inmutables y como si quienes hemos estado y tenemos posiciones distintas debamos adoptar una postura culposa y casi religiosa. Eso es inaceptable y marca el límite de la tolerancia y aceptación a lo distinto.

Más bien, la convicción que es necesario alimentar es aquella en la que la superación del neoliberalismo solo es posible  mediante la profundización de la democracia (es decir, distribuyendo el poder en el marco de un país  basado en derechos sociales universales, políticos y económicos, todo ello anclado en la defensa irrestricta y sin dobleces de los derechos humanos en Chile y en cualquier lugar del mundo).

Concluyendo, el perfilamiento propio es subalterno  en relación a la necesidad de expresar políticamente la voluntad de cambios que demanda la población. El peso específico futuro de cada fuerza política o coalición de partidos se define en la apertura,  voluntad y disposición concreta y sin excusas por aquellas fuerzas que se la jueguen de verdad por la identidad de pueblo más que de sector.

El cálculo pequeño y autorreferido no será capaz de llevar a puerto las enormes exigencias de transformación democrática de la sociedad, en un mundo postpandemia que no volverá a ser el que fue, y el que fue ya estaba bastante exigido.

A fin de cuentas: nunca y  siempre, es mucho y poco a la vez, aunque, por lo general, más bien achica.

 

TAGS: #Democracia #Gobiernos #Poder

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