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No se puede relativizar el triunfo de Piñera

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La contundente derrota que obtiene la Nueva Mayoría y el Gobierno en estas elecciones presidenciales agudizan aún más la crisis de los partidos de la centroizquierda y pone en entredicho su capacidad de modelar la agenda pública en la próxima etapa que comienza con el nuevo gobierno de Piñera.

Consumada la derrota, conviene huir de relatos simplistas, pero también de esa tendencia de culpar a un actor particular de las dificultades en qué se vio envuelto el gobierno y la coalición oficialista. La derrota de la centroizquierda responde a un conjunto muy diverso de factores que no fueron abordados en el primer gran traspié electoral de la Concertación a manos del mismo Sebastián Piñera el 2009. No se supo leer los factores socio-culturales que se están desarrollando en la sociedad chilena como la emergencia de los jóvenes y los sectores medios como actores sociales y políticos fundamentales.


La complejidad y la hondura de este fenómeno todavía no se pueden precisar en su real magnitud. Sin embargo, lo que sí se puede constatar es que los ciudadanos al votar por la derecha le están dando una lección política a la centroizquierda.

El peor cálculo de la Nueva Mayoría fue no intuir la necesidad de abrir en los primeros meses del gobierno de Bachelet un debate sereno y real sobre la implementación de las reformas y el funcionamiento de la coalición, estableciendo mecanismos claros y efectivos de resolución de conflictos y, de esta forma, objetivar un camino a seguir, precisamente para evitar tensiones e interpretaciones distintas sobre las políticas públicas a materializar o que algún partido pudiese situarse equidistante respecto a los demás, causando el descarrilamiento de las reformas; pavimentando, de paso, el camino al retorno de la derecha.

Por otro lado, la falta de coherencia programática de la Nueva Mayoría, carente de unidad y de amistad cívica entre sus miembros, se tradujo en los “matices” expresados por parlamentarios en la tramitación de los proyectos de ley presentados por el Ejecutivo. Asimismo, afectó electoral y políticamente al conglomerado la decisión de no realizar primarias para elegir una candidatura única en primera vuelta y no contar con una lista parlamentaria conjunta para maximizar su representación de escaños en el congreso, procedimiento que inteligentemente si fue aplicado tanto por Chile Vamos como el Frente Amplio.

El votante castiga la división. La fuerza de la centroizquierda chilena, conformada por distintos partidos, provenía de unificarse y no de fragmentarse, considerando que cada entidad política que se autocalifica en dicho sector no representa en clave social y electoral una mayoría, ni relativa menos absoluta, para ganar una elección presidencial. Las diferencias siempre se habían entendido como importantes, reales, pero nunca como suficientes para obviar acuerdos programáticos que garantizaran una gestión exitosa a los cambios propuestos.

Una coalición con sobrecarga de tensiones, deficitaria de ideario y de misión común y, que en el ejercicio del poder, no mostró suficiente convicción para encauzar el rumbo de los cambios, con recurrentes luchas intestinas que generaron un ambiente desquiciado, sin argumentos para defender un programa coherente de gobierno, auto generó las condiciones objetivas y subjetivas para su propia derrotada en forma contundente por la derecha y cuyo derrumbe la han llevado a su inanidad política y metida en una espiral hacia la insignificancia debido a sus vaguedades.

Como consecuencia de sus constantes tensiones internas, la NM le entregó  las banderas de la gobernabilidad a la derecha, tampoco supo encontrar la correcta ecuación entre mercado, crecimiento y justicia social –las reformas no tuvieron un relato político y cultural creíble- se burocratizó en el poder; se desvinculó de la sociedad civil; se desconectó de las nuevas generaciones. Tampoco promovió la renovación de sus liderazgos, proyectando una imagen de un conglomerado encapsulado en liderazgos del pasado que impedía la entrada de nuevas caras más acordes con la actual demografía del país.

La política, como la economía, tiene ciclos. Los factores que influyen son internos y externos a una sociedad dada. Por ejemplo, el fenómeno de la corrupción y la deficiente gestión política de un gobierno de derecha es parte de las razones internas de la perdida de respaldo social y electoral de ese sector político, o viceversa, en el caso de un gobierno de signo de izquierda o centroizquierda. Sin embargo, si un gobierno, cualquiera sea su signo ideológico, logra tener un desempeño exitoso en cuanto a probidad, buena gestión del aparato estatal e implementación de políticas públicas que conlleven crecimiento económico y mejor calidad de vida para las grandes mayorías sociales, estará marchando en forma acompasada al ciclo.

El proceso degenerativo de la coalición de gobierno y el canibalismo entre los partidos de centroizquierda, redujo su espacio cultural y electoral, haciendo ineluctable que terminara pagando por eso. Pero, eso se contrapone con el éxito contundente de la derecha en estas elecciones presidenciales quienes solo esperaron pacientemente a que el gobierno y la NM siguieran embancados en su incapacidad e ineptitud para que el péndulo electoral terminase decantándose a su favor.

La complejidad y la hondura de este fenómeno todavía no se pueden precisar en su real magnitud. Sin embargo, lo que sí se puede constatar es que los ciudadanos al votar por la derecha le están dando una lección política a la centroizquierda. Votaron contra la torpeza y la inacción y por eso rechazaron seguir avalando un conglomerado sin rumbo, desarticulado, con fecha de término e incapacitado cognitivamente para comprender el nuevo escenario político, social y cultural de Chile. Por tanto, dejó también de aparecer como un constructo político capaz de ofrecer no solo una crítica global a las desigualdades, sino que ser reconocido como sujeto creíble de cambio social y económico.

TAGS: #Elecciones2017 #NuevaMayoría #SebastiánPiñera

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