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Neoliberalismo e inequidad versus nuevo contrato político y social

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Este contrato político y social que recoja las aspiraciones de la ciudadanía es impostergable. Porque, y hay que decirlo con todas sus letras, sin y en contra de la ciudadanía no se puede gobernar sin una pérdida trágica que en Chile es evitable: la paz social.

El neoliberalismo ha terminado dominando todo el planeta, maximizando, hasta ahora, las desigualdades sociales y económicas, no sólo en los países en vías de desarrollo, como Chile, que ya tienen un superávit en estas abominables asimetrías, sino también en los desarrollados.

Sin embargo, y para no ser inicuos, hay que reconocer que nunca en la historia en tan poco tiempo -40 años de neoliberalismo hegemónico- se ha creado tanta riqueza en medio de una verdadera revolución tecnológico-científica.  Y si bien es cierto que hay más ricos y menos pobres, la diferencia económica per cápita entre uno y otro grupo es tan demencial como  injusta y no deja de producir vértigo.

El problema central de esta desavenencia está, sin duda, en la matriz ideológica neoliberal. Aquí mencionaré sólo tres elementos: a) la individualización extrema a problemas que son colectivos; b) la privatización excesiva, y c) la desregularización (casi) total del mercado en detrimento del poder político.

Con esta base ideológica se ha cortado hasta el hueso la responsabilidad social, económica y de bien común que debe poseer el Estado. Esta minimización del Estado se ha producido tanto por una política de privatizaciones salvaje como por la aplicación de una carga  tributaria regresiva que ha terminado por dejar al Estado con un cuadro de anorexia crónica. El Estado bajo el dominio neoliberal, se convierte en un ente imposibilitado de atender el bien común (en Chile con apenas el 18% del PIB). Con un Estado tan raquítico, el ciudadano queda expuesto a los designios del mercado y sus problemas reducidos al ámbito individual y privado.  Aquí está la clave del descrédito de las instituciones democráticas, de la política y de los políticos, sin herramientas económicas para hacerse cargo de los problemas de la gente.

La obsesión, muy cerca del delirio, por el crecimiento económico y las cifras positivas macroeconómicas -necesarias, sin duda, pero no válidas por sí solas- han deshumanizado la economía, despojándola de su objetivo central: buscar el bienestar de la ciudadanía. El neoliberalismo ha convertido la economía en una disciplina con pretensiones de ser ciencia exacta y no lo que es, una ciencia social al servicio de la gente.

También se ha comprobado que el sistema neoliberal de privatizaciones de todo el mapa económico y el crecimiento por sí solo, no produce equidad, sino sólo un “chorreo,” lento, tedioso e injusto hacia las capas más vulnerables de la sociedad. En una imagen: el famoso “chorreo” son las migajas del banquete de los enclaves financieros (que representan sólo el 20% de la ciudadanía).

Pero una de las consecuencias más perversas y devastadoras después de 40 años de  neoliberalismo hegemónico, ha sido la incubación de una corrupción de proporciones apocalípticas debido a la total desregulación política del mercado. La enorme potencia económica que han alcanzado las empresas llamadas “sistémicas”, que han quebrado por corrupción, afectan al funcionamiento del sistema en su totalidad (las empresas sistémicas representan casi el 30% del PIB). Paradójicamente, el sistema neoliberal que dinamita y reduce al Estado hasta proporciones vandálicas, ha acudido al él, o sea, al 80%  de los contribuyentes -que reciben las migajas del sistema- para salvar un modelo financiero corrupto; en lo que se ha denominado, en un ejercicio de cinismo supremo, “privatizar las ganancias y socializar las pérdidas”.

En el caso chileno, el neoliberalismo se instauró manu militari,  institucionalizándose en la Constitución del 80, aprobada en un plebiscito en plena dictadura.

En este marco de rigidez institucional, los gobiernos postdictadura de la coalición de centro izquierda trataron durante 20 años, contra viento y marea, de conciliar lo que para muchos era imposible: crecimiento económico con equidad social bajo el sistema neoliberal. Un proyecto político por cierto muy loable y que ha alcanzado grandes éxitos, no podemos negarlo. Entre otras variables, cuadruplicó el poder económico, y rebajó la pobreza del 38,08%  en 1989, al 13,17% cuando entregaron el gobierno a la derecha en 2010.

No obstante, a este meritorio intento de conciliar equidad social y neoliberalismo, y tener que convivir dentro de una institucionalidad antiequidad, consagrada en la Constitución de 1980, los movimientos sociales han reaccionado con una presión de gran envergadura pidiendo un ajuste estructural del sistema, la repartición de la riqueza y la democratización plena de Chile.

Cambio de la Constitución, reforma al sistema tributario por uno más solidario y no regresivo como el actual, educación gratuita universal y de calidad, y mejoramiento sustancial del sistema de salud, son las más importantes propuestas que puso en la agenda política el movimiento social, recogidas ahora, desde el centro político hasta a la izquierda del partido Comunista, en sus programas de gobierno para la elección presidencial de noviembre 2013.

Una propuesta de este calado es una reformulación del mapa político, económico, social y cultural del país. Porque para que Chile continúe creciendo, es necesario un nuevo contrato social y político transversal que lo democratice plenamente y se establezcan las bases de una institucionalidad con derechos garantizados, como también crear las condiciones de una repartición equitativa de la riqueza que funcione en provecho del desarrollo económico y de todos los agentes sociales.

Estamos inmersos en una oportunidad histórica para construir un Chile plenamente democrático, con justicia social garantizada en una nueva Constitución. Este cambio estructural, necesario e impostergable, pone los cimientos para que Chile se convierta en un país desarrollado, en los cuales, la justicia social está institucionalizada.

Para preservar la paz social debe acometerse este nuevo contrato político y social a través del diálogo político transversal. Chile ya tiene una  experiencia exitosa en la construcción de soberbias ingenierías políticas transversales realizadas en forma pacífica a través del diálogo político, como fue la transición a la democracia, en un escenario mucho más complejo. Este contrato político y social que recoja las aspiraciones de la ciudadanía es impostergable. Porque, y hay que decirlo con todas sus letras, sin y en contra de la ciudadanía no se puede gobernar sin una pérdida trágica que en Chile es evitable: la paz social. La clase política, junto al movimiento social, tiene una oportunidad única para recobrar la legitimidad de las instituciones democráticas y la credibilidad en los políticos. Qué no se pierda esta oportunidad histórica, porque sin este pacto transversal, sería, en palabras de Simón Bolívar, “arar en el mar”. 

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camila annilieth

18 de abril

como tu lo comentas es necesario el cambio de la constitucion. donde se garantice los derechos fundamentales de toda la poblacion,,como la seguridad social,con un 100×100,la salud,educacion gratuita,y trabajo,ya que son los fines de un estado de derecho y de justicia social. ..en cuanto a lo tributario que el mas gane mas pague par no afectar a la poblacion de bajos recursos

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