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Modernización y conflicto: Anatema del nuevo ciclo

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Estas premoniciones y sombrías advertencias han articulado transversalmente algunos actores políticos de izquierda, centro y derecha, o si se prefiere liberales y conservadores. Por ende, enfrentar este debate y superarlo, contribuye a que el sistema no se asfixie en la rutina debilitante de la llamada era del consenso o del ritualismo de la continuidad.

La erosionada opinión que la vida social siempre implica cambio, poco reporta a la actual coyuntura histórica y política en nuestro país. Distinguir entre el supuesto movimiento lento y perpetuo de cambio y continuidad de los últimos 25 años y aquellos postulados sobre transformaciones profundas y rápidas que señalan el cuestionamiento al llamado “modelo”, son algunas claves e interrogantes de estos días.

En el llamado nuevo ciclo, la sociedad chilena ha enfrentado más de un tropiezo en estos primeros meses de gobierno. También ha causado diversas emociones y provocado que el pensamiento crítico y los postulados políticos de gobierno y oposición se estremezcan en torno al cambio y la continuidad de la obra modernizadora.

Aparentemente, el principal argumento desde una perspectiva híper racionalizada para cuestionar la naturaleza de las reformas en curso, son las consecuencias -supuestamente- nefastas para el desarrollo, la gobernabilidad y el crecimiento de nuestro país.

Dos importantes y agudos analistas se han referido a esta tensión entre cambio y continuidad. Por una parte, el ex ministro Enrique Correa señaló en una entrevista reciente que: “La gente quiere cambios, pero no quiere conflictos”. Añadió además que “De la experiencia histórica, alguna de ellas muy dolorosa, debiéramos aprender a tener cuidado con el lenguaje” (El Mercurio,  sábado 24 de mayo, 2014). Por otro lado, en una columna de opinión titulada “La herencia de la dictadura” Eugenio Tironi postuló: “En cuanto al «modelo neoliberal», él fue implantado, cierto, con bayonetas y -digámoslo- con retroexcavadoras. Pero respondía a una constatación empírica: el modelo anterior había estallado por los aires, y sus esquirlas habían producido una destrucción sin parangón. Con el tiempo, sin embargo, la gente fue haciéndolo suyo; incorporándolo a su propia identidad, tratando así de escapar de la disonancia. Las cosas también se imponen por la costumbre, y 40 años es mucho tiempo. De otro modo no se explicaría que la «herencia de la dictadura» viva aún con nosotros” (El Mercurio, martes 20 de mayo de 2014).

Uno de los datos más freak es señalar que la modernización chilena de los últimos casi tres decenios ha necesitado de altas tasas de gobernabilidad y por añadidura naturalizado los costos asociados a las bajas tasas de confianza social (malestar).

Hoy, la resistencia a las principales reformas del programa de gobierno y anuncios de sello cultural y subjetivo (aborto terapéutico, por ejemplo), es enfrentada por algunos actores como una «psicosis política» que amenaza constantemente al  “establishment”. De hecho, se sostiene la tesis de la existencia de una cierta polaridad de los valores (“crispación” o “enfurecimiento”) o de una inversión de los valores que harían retroceder el desarrollo de la sociedad chilena. Estas premoniciones y sombrías advertencias han articulado transversalmente algunos actores políticos de izquierda, centro y derecha, o si se prefiere liberales y conservadores. Por ende, enfrentar este debate y superarlo, contribuye a que el sistema no se asfixie en la rutina debilitante de la llamada era del consenso o del ritualismo de la continuidad.

La vía chilena a la modernización

La modernización, según algunos autores (Habermas) señala que, el desarrollo social y político de los pueblos ocurre en el cambio de racionalidad de una sociedad basada en los afectos a una sociedad basada en los logros individuales. Se indica como hipótesis que “el desarrollo económico traerá consigo el desarrollo político”. De hecho, los custodios de la modernidad occidental exaltan el progreso científico y tecnológico de la humanidad mediante el establecimiento de los principios de libertad, igualdad y justicia para todos.

También la modernización sería una gavilla de procesos acumulativos que se refuerzan mutuamente: formación de capital, desarrollo de fuerzas productivas, incremento de la productividad y del trabajo, poderes políticos centralizados, surgimiento de identidades nacionales, amplia difusión de los derechos de participación política, urbanización, educación formal, secularización de los valores y normas. Para otros autores (Giddens) la modernización es analizada además como un proceso en el que el tiempo y el espacio se desarraigan de un espacio y un tiempo concreto.

En el caso de la lectura -a la “chilean way”- se indica que la modernización aceptaría los costos sociales como exigencias esenciales de la perpetuación del modelo y apuestan a la gobernabilidad como muro de contención sobre la subjetividad de los actores. Sin embargo, como fue señalado por Bourdeau, la subjetividad sigue siendo el refugio o resistencia contra el modelo de pensamiento único y hegemónico.

E incluso así, la convergencia de la modernización económica (definida como desarrollo económico) y la democracia liberal (representativa y sujeta al Estado de derecho) necesita siempre o casi siempre de instituciones, actores sociales y agentes públicos de nuevo tipo. En particular, del Estado y políticas públicas. En este breve panorama, la sociedad chilena ha enfrentado en los 40 años dos maneras de modernización: por un lado, el camino autoritario excluyente y neo-liberal (la dictadura del general Pinochet); y por otra parte, la senda democrática,  inclusiva y de sello social de mercado (la Concertación de Partidos por la Democracia).

Ambas esferas han configurado -con sentidos y énfasis muy diferentes- la sedimentación del llamado “modelo de desarrollo chileno”. Estos “atajos” han construido procesos de aprendizajes celéricos y por añadidura, altas tasas de demandas de bienes y servicios, inéditas expectativas, neo necesidades y deseos, lo que no siempre está acompañado de condiciones y capacidades institucionales para responder al sueño ciudadano.

Enfrentar este debate contribuye a que el sistema no se asfixie en la rutina debilitante del llamado “éxito del modelo” y conjuntamente lograr que la creatividad y los impactos de las principales reformas en curso puedan materializarse. Novedad y oportunidad esencial para millones de chilenos.

Finalmente, parece ser que esta inédita vorágine implica también socializarnos en nuevas rupturas y tensiones. Una suerte de anatema del nuevo ciclo.

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Joaquin G.

01 de junio

Comparto la columna de Olea Lagos, en lo referido a la modernización a la chilena, con altos costos de represión en dictadura y desconfianza en democracia. Ambas generan fuerte descontento ciudadano.

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