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Los porqué de la bronca

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Hay bronca, mucha bronca. Profunda, esencial, viva y creciente. Cada grito, cada piedra, cada paso de esta interminable marcha nace de ella. Bronca múltiple que pesa más que la suma de sus partes.
 
Nos preguntamos el porqué de tanta ira y se nos viene a la memoria Barrancones y Castilla, HidroAysén, Puchuncaví y ahora Isla Riesco. La lista es incompleta. El gas de Magallanes, Calama, Dichato. La desdichada reconstrucción que avanza a tropezones. La demagogia de una intendenta, las crisis de gabinete, los desmentidos, los contradesmentidos, los rumores, las ceremonias cinematográficas, los enroques y reemplazos. Las designaciones. La ineficiencia crónica y grotesca, casi una caricatura en un gobierno que se hizo elegir sobre la base de promesas de eficacia. Mediocridad donde se prometió excelencia.
 
Las promesas, oh, las promesas. Gigantografías que anuncian fines de fiesta para los señores delincuentes. El fin de las colas en los consultorios. Tantas otras que se disipan entre las brumas del recuerdo. Es incluso posible que alguna de ellas se cumpla, en alguna medida. No pretendemos un panfleto político. No todo lo actual es malo, como tampoco – y con mucho – lo pasado fue bueno. Carencias, omisiones, vacilaciones son consubstanciales a la política, toda política.
 
Pero hay una justa medida. Matar a Nicanor no es un crimen, es una torpeza. Resucitar a Robinson no es un milagro, es ignorancia. Atribuirse descendencia incaica produce algo de vergüenza, pero termina en una sonrisa. No es alimento para la bronca.
 
Sí lo es la educación. Todos conocemos sus problemas. No está bien nuestra educación. Construimos muchos edificios (cosa que había que hacer) pero descuidamos sus contenidos. En alguna medida vale la manoseada alusión al gobierno anterior. No se puede negar que en este aspecto y no obstante los avances, los gobiernos anteriores quedaron en deuda. No desmantelaron el engendro creado por la dictadura, lo remendaron. Lo mismo ocurre con nuestro sistema político, que hace agua a raudales. Se hace manifiesta una parálisis política que produce una falta de credibilidad mayoritaria en los políticos y los partidos. Esto último también ocurre a babor y a estribor.
 
Y entonces hace irrupción en la escena la juventud. Con bailes, cantos, marchas y manifestaciones. Una ventana se abre, entra aire fresco. Se insinúa la primavera. Una juventud ruidosa invade  plazas y  callas con  su graciosa insolencia. Nos dicen en su particular lenguaje que vienen a darnos una mano, que quieren ayudarnos a zafar el país de la indolencia. Quieren mostrarnos que somos más que consumidores y deudores. Que tenemos un alma. Adormecida tal vez, cansada y resignada, pero alma en fin de cuentas.
 
Pero no es sólo bulla lo que traen. Es un diagnóstico certero. De una crudeza y generosidad que sólo la persona joven es capaz de desplegar. Nos piden que mejoremos la educación de nuestra sociedad. Una mejoría cuyos resultados nosotros, obviamente, no podremos recibir, ni siquiera ellos. Pero sí, sus hijos, nuestros nietos y bisnietos. Una educación que contribuya a la igualdad y no incremente la desigualdad, que nos prestigio en el concierto mundial y regional, que nos vuelva al sitial que alguna vez sí tuvimos.
 
Una educación que, obviamente no es gratuita. Pero que estamos dispuestos a pagar. Sí, a pagar. A meter las manos bien al fondo de nuestros bolsillos y sacar los recursos necesarios. Usar los fondos que hemos depositado y que, de paso, peligran de naufragar en una de las tormentas periódicas de la economía mundial. Invertirlos en lo más valioso que tenemos: nuestra juventud. Comprender que la educación es más que un artículo de consumo y susceptible de lucro.
 
Y si para ello es necesario derribar estructuras, derribarlas. Ir en búsqueda activa de una expresión más democrática y participativa. Incinerar la Constitución de 1980 y regalarnos una nueva Constitución que nos haga más responsables, más conscientes, más ciudadanos y más participativos.
 
Nuestra respuesta no puede consistir únicamente en reprimir, emponzoñar la atmósfera con gases venenosos, infiltrar agentes embozados y salpicar a los muchachos con excrementos. Ése no es Chile. Es un residuo de la dictadura.
 
Los mayores debemos aportar nuestra experiencia y sabiduría a los bríos juveniles. Ser parte del medio millón que colmará los límites del parque. Gritar también nuestra bronca para aplacar la de ellos. Así, tomados de la mano y orgullosos de que ellos nos acepten en su marcha.  
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