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Los movimientos sociales y el asesinato del Estado

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Cuando miles de estudiantes reclaman una educación pública y estatal, cuando un ex candidato a la presidencia pedía “más Estado, más Estado”, cuando actores políticos piden rescatar al Estado, las preguntas evidentes son: ¿Quién es el Estado? ¿Qué enfermedad padece? ¿Quién se la ocasionó? Primero quisiera adelantar una respuesta: los movimientos sociales e intelectuales de izquierda asesinaron al Estado, al menos argumentativamente. Fue en los años 60.

Cuando miles de estudiantes reclaman una educación pública y estatal, cuando un ex candidato a la presidencia pedía “más Estado, más Estado”, cuando actores políticos piden rescatar al Estado, las preguntas evidentes son: ¿quién es el Estado? ¿Qué enfermedad padece? ¿Quién se la ocasionó?

Primero quisiera adelantar una respuesta: los movimientos sociales e intelectuales de izquierda asesinaron al Estado, al menos argumentativamente. Fue en los años 60. Modernamente pocos definieron tan bien al Estado en sus orígenes como Hobbes: es una persona ficticia que actúa en representación de cada uno de los individuos de la sociedad. Es así como se habla de él adjudicándole intenciones, acciones, deseos y voluntad. Desde sus inicios estará vinculado a la generación primero de paz , orden y luego de bienestar. Su carácter mutará a lo largo de la historia: desde la encarnación del espíritu de la nación, pasando por el garante de la libertad y justicia social, hasta símbolo de un aparato represivo.

El Estado, para legitimar su poder, se apropió para sí de bondades mesiánicas. Se transformará con los procesos de secularización en los más parecido posible a un Moisés que cuida de su rebaño. Esa aura de bondad no se la arrebatará el capitalismo sino la New Left de los 60. En él identificará a un aparato ideológico y de dominación, inclusive en su versión democrática liberal. La crítica neo-marxista de Althusser , Marcuse y post-estructuralista de un Foucault, entre muchos otros, tendrá su correlato en los movimientos sociales de los 60: desde los hippies, feministas, ambientalistas, pacifistas, etcétera, todos tendrán como hilo conductor común el considerar al Estado como una ficción de los grupos realmente de poder en la sociedad. Sería una máscara que permitiría oprimir a la mayoría. Un medio de dominación de una oligarquía oculta. Como lo ha destacado un historiador como Bo Strath, fue esa crítica socio-política la que destruirá la idea del Estado como ente redentor y permitirá su suplantación por una nueva ficción: el Mercado.

Cierta crítica de la Escuela de Frankfurt se encontrará con la Escuela de Chicago. La economía keynesiana y su predominio lo fueron de una época donde “lo estatal” estaba vinculado, al menos, a una capacidad de “actuar por el bien de la sociedad”. Si ese mito era destruido, el individualismo social resultante debía tener un símil en una nueva estructura social. Es entonces cuando el Mercado se transformará en un nuevo ente ordenador.

El lenguaje de la Nueva Izquierda fue de una fuerte crítica hacia el Estado Social de las sociedades industrializadas. La caída del Estado como ente redentor y asegurador de un paraíso terrenal lo fue también de la ideología casi religiosa que le acompañó en la forma de “modernismo”. La ilusión de creer en una suerte de escatología secular donde el progreso se podría alcanzar de modo indefinido. La crítica de la izquierda terminaría socavando al Estado respecto a su validación normativa, junto a las transformaciones socio-económicas, su propio lenguaje ayudará a consolidar un nuevo tipo de hombre, no el prototipo marxista que era de mente colectivista, solidario y basado en una idea de clases sociales, sino el de un individualismo que no reconoce anclajes ni limites naturales. Tanto el Mercado como su justificación ideológica a nivel mundial bajo el concepto de globalización (el capitalismo ya no dependiendo del estado-nación y fronteras) tenderán a naturalizarse. Sus mecanismos serán concebidos casi como leyes de la naturaleza. La idea del ciudadano-republicano clásico lo es de un Estado mitificado. Por eso no sobrevivirá a la muerte de ese mito y el hombre como animal político dará lugar a un hombre como consumidor. El mall y el irse de shopping tomarán la forma de un nuevo espacio público.

Lo que está por verse es si la ciudadanía, más allá de los dirigentes sociales y políticos de turno, desea una redefinición de su propia comprensión como ciudadano o si simplemente lo que busca es ser un consumidor en una situación más ventajosa que la actual. Si es lo primero, significa que efectivamente el llamado “modelo” podría estar en una crisis, no necesariamente terminal pero que reflejaría una confrontación a escala mayor entre una comprensión de lo que Weber definió como una racionalidad técnico-instrumental y una asentada en valores que se revelan hacia la primera. Si es solo lo segundo, cambiar nuestra condición de consumidores, la mala noticia para los movimientos sociales es que puede ser que los individuos estén “consumiendo protesta” y en ese caso, los Vallejo, Boric y otros, pueden tener el mismo destino del Che: terminar en una polera cool.

Columna publicada en El Dínamo

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