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Lecciones del arte al debate sobre matrimonio homosexual

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Cualquier debate se constituye en un espacio revelador cuando las posiciones se encuentran de modo controvertido, cuando los paradigmas de base o los valores subyacentes al despliegue de argumentos son desnudados, cuando -al fin y al cabo- los nerviosos jugadores se ven obligados a mostrar sus tiradas. Al enseñar las cartas se definen  muchas cosas. Los dimes y diretes sobre la legitimidad del matrimonio homosexual o de ese controvertido proyecto denominado “Acuerdo de Vida en Común (ACV)”, han revelado significativamente las grandezas y bajezas transparentadas en esta discordia. Especialmente, a propósito del status quo hegemónico que pone a las formas de vida heterosexuales en un sitial de legitimidad y validez inamovible, no sólo en términos de identidad sexual, sino que también atribuyendo a la relación entre un hombre y una mujer la calidad de única forma de constituirse en pareja, de formar una familia y de hacerse cargo del desarrollo y del cuidado de nuestras niñas y niños.

El debate ha tenido por momentos el carácter de forcejeo, pero también un tono revelador respecto de aquellos paradigmas que lo sustentan. Hace mucho tiempo –quizás demasiado- que se dejó de pensar en una dualidad identitaria sexual, que además era naturalizada, pero que aún se respalda majaderamente. Por eso es que la presentación del escritor chileno Pablo Simonetti ante la Comisión Constitucional del Senado que analiza el Proyecto ACV, desbaratando cada uno de los argumentos en contra del matrimonio igualitario y señalando que “la igualdad de derechos es un bien superior de la convivencia democrática”, es una de las exposiciones más notables en términos de ética política y de riqueza formativa sobre los valores de tolerancia, igualdad, libertad y fraternidad, requeridos con urgencia en las sociedades humanas.

Simonetti reivindica ante los legisladores la legitimidad y la dignidad de cientos de personas a las que en Chile se ha negado un tratamiento jurídico igualitario y el respeto social coherente con los grandes valores que exige una democracia de primer nivel. Es decir, a las chilenas y chilenos nos sube la vara en un terreno, no sólo ético, sino que también en términos del análisis político: nos enrostra con una cortesía formidable nuestras propias pequeñeces e hipocresías y nos revela cómo hemos llegado tan lejos en la negación de la legítima “otredad”.

Pero también en el terreno artístico se han expresado estos argumentos. Una muestra de ello es la exposición fotográfica que hace pocos días realizó el chileno Christian Demarco en el barrio Kreuzberg de la cosmopolita Berlin. El despliegue fotográfico, denominado Private Party, que fue objeto de una gran concurrencia en el día de su inauguración, se expresa como el registro de un concurso de belleza poco tradicional realizado en el club Fausto, en Santiago de Chile, un espacio legendario de la escena gay-trans y que abrió sus puertas en los oscuros tiempos de la dictadura de Pinochet. Demarco nos señala, a través de las imágenes de este certamen de belleza travestido, que otras identidades sexuales coexisten con aquellas legitimadas culturalmente, pero que se reivindican en pequeños espacios cargados de una atmósfera oscura y reservada, para protegerse de los golpes del prejuicio y del estigma.

El logro de Demarco no es sólo artístico-fotográfico. Ni tampoco solamente en términos de extraer la belleza y la humanidad de otras formas de vida e identidades sexuales negadas socialmente. En aquella sala de la capital alemana, la secuencia de imágenes revela el poder integrador que el oficio artístico provee a la reflexión social y política. Un artista visual y un escritor, así como muchos otros, han debido traspasar las fronteras de su producción estética, para poner en la mesa realidades que la clase política se ha negado a reconocer.

Simonetti tuvo que dar un paso más allá. Señalarle al legislador que se atreva a cambiar la historia, mostrándole –también desde su condición homosexual- toda la baraja de razonamientos que revelan el carácter antidemocrático de la reticencia al matrimonio igualitario. Esa es la jugada maestra del arte: devolverle a la reflexión política chilena el principio democrático de igualdad en la diferencia que, la mayoría de las veces, ha olvidado la conducción política de la convivencia social.

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17 de junio

Mas que excelente columna.

18 de junio

Buena columna, la difundiré. Felicitaciones Oscar , te sigo!

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