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Las tres disputas por la memoria

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“Los muertos no reclaman venganza, sino memoria…”

(Gonzalo, militante del MIR, sobreviviente a la dictadura, en Chile, un largo septiembre, de P. Navia)

A casi 40 años del Golpe de Estado que terminó con el gobierno de Salvador Allende y de paso con los sueños de miles de compañeros y compatriotas de construir el socialismo mediante la vía democrática e institucional, se pueden distinguir dos claras disputas por la memoria histórica, que entendiéndola de acuerdo con el postulado de Pierre Nora, es la forma en que la sociedad construye su pasado, en la dinámica de desarrollo de las memorias fuertes y débiles o memorias oficiales enfrentadas a las memorias subterráneas. La primera disputa por la memoria se abre inmediatamente después del Golpe y dice relación con la imposición de la memoria sobre la UP, satanizando el marxismo, demonizando la figura de Salvador Allende, criminalizando los movimientos sociales y resaltando la crisis económica y la escasez de alimentos. Esta memoria se centraba en el desprestigio de la política y los partidos políticos, señalados como los únicos responsables de la polarización social. El Golpe Militar implicó la detención, tortura, secuestro y desaparición de miles de chilenos, que habían apoyado el gobierno de Allende. Pero esto era negado por las autoridades de la Junta Militar, desconociendo por sobre todo a los detenidos desaparecidos.

El control absoluto sobre los medios de comunicación facilita esta transmisión de memoria, en conjunto con la neutralización de las organizaciones sociales y políticas que podían disputar esa narrativa. Sin embargo, con las primeras manifestaciones y la copiosidad de denuncias, este discurso cambia la trayectoria, reconociendo a los detenidos, pero, sindicándolos como terroristas, empatando las fuerzas, dando mayor énfasis al contexto de guerra interna y el cese de los derechos constitucionales para combatir la insurgencia.

La segunda disputa por la memoria se produce en el contexto de la transición que llega de la mano de Aylwin, reconocido opositor al gobierno de la UP y posterior cabeza de gobierno de la Concertación, impulsando el informe para la reconciliación nacional, donde se reconocían los crímenes del Estado y se buscaba la reparación para las víctimas. Se levantaron memoriales y se apresa a unos cuantos oficiales implicados en los casos más simbólicos y evidentes durante la dictadura. Con todo, Pinochet hace uso de su cargo como senador vitalicio y no hay intención de condenarlo; los asesinatos no le son imputados directamente, bajo el débil argumento de los excesos por parte de sus subordinados. Durante este período, los militares mantienen riguroso silencio y en la izquierda y la sociedad en general el trauma es evidente; el tema del Golpe de Estado se evita y se hace popular el lema que dicta q no se debe hablar de política, de fútbol, ni de religión, evitando el debate y el esclarecimiento histórico de ese pasado reciente. Los llamados de los sectores que mantuvieron el poder, siempre fue a la unidad y, el mismo Ricardo Lagos (sí, el que apuntó con el dedo al General en un acto de “enemistad plena”) nos invitaba a unirnos a buscar a nuestros vecinos y trabajar juntos para “crecer con igualdad”, instando a dejar atrás las divisiones que tan mal le habían hecho al país tiempo atrás.

Bajo la administración de la Concertación se inauguraron los parques por la paz, el Museo de la Memoria, todos orientados a la relativización de los crímenes bajo la consigna del “nunca más”. Muere Pinochet, pero sus leyes, plasmadas en la Constitución, permanecen inmutables, y la deuda por justicia queda ahí, como cerrando el capítulo, y el pasado puede ser representable. Indicador de ello, es que antes de la muerte de Pinochet la única producción que representaba del contexto de dictadura es la película Machuca, recién estrenada en el 2004. Con amplia distancia le sucedieron las series como los 80′ y los Archivos del Cardenal, entre otros.

Pero el pasado nunca está cerrado y vuelven a abrirse los debates pendientes; las movilizaciones sociales por educación llegaron de inmediato a la figura de Pinochet como responsable de la municipalización, la subvención y la privatización de colegios, la mala distribución de los tributos al Estado, etcétera. Pareciese que la memoria implantada por la Concertación triunfa, pero la impunidad lleva a que últimamente los militares en retiro libres y presos, entren a disputar la memoria oficial, jactándose de su rol refundacional y lo bien que le hizo al país el régimen, obviando los crímenes y resaltando los avances del país al neoliberalismo. Es por ello, que ahora nuevamente ocupan los recursos retóricos que los mantuvieron  17 años en el poder, despotricando contra los políticos y su forma de conducir el Estado, y expresando su odiosidad contra los movimientos sociales. Así lo señala el ex Teniente Juan González cuando, en una entrevista para CNN Chile, se le pregunta cuáles son los motivos para realizar este homenaje y el documental, a lo que responde que estamos volviendo a la UP, de acuerdo con su lectura del momento histórico actual. Para que una memoria subterránea logre imponerse frente a la oficial, requiere de un sustento contextual, que permita que ciertas cosas sean dichas, pues esto le da credibilidad a la narrativa.

Afortunadamente la memoria del pueblo sigue siendo dominante y para la opinión pública: es inaceptable no admitir las violaciones sistemáticas a los Derechos Humanos. Por ahora, el tipo de memoria de los militares es de las que se rotulan como “memorias denegadas”, que refieren a las que no tienen cabida en el contexto de enunciación actual. Pero no nos quepa duda: esta tercera lucha por la memoria recién comienza; los pinochetistas, invisibilizados por mucho tiempo, no son tan pocos como se piensa y, hasta nuestros días, Pinochet genera identidad entre derechas e izquierdas, a favor o en contra. Y la derecha, consciente de su poder económico, logró dominar nuevamente el Estado por el poder político. Sólo les falta el poder de la memoria, e intentarán que al menos se cumpla el deseo del general para las futuras generaciones: “No quiero que futuras generaciones piensen mal de mí y quiero que sepan lo que realmente ocurrió, ya que siempre actué bajo principios democráticos”. (Pinochet, entrevista al Diario el País, 26/11/2003).

Sea legítimo o no, que quienes estén de acuerdo con esa visión le rindan pleitesía, no es lo central de la discusión que se ha desatado en torno a este hecho. Lo importante es mantener estas memorias como denegadas, no darles cabida y que se mantengan incapaces de imponerse, si no queremos que en la conmemoración del centenario del golpe se instale al lado del monumento de Salvador Allende, el de Pinochet, tal como se hiciera con Carrera y O’Higgins, para simbolizar la reconocialiación nacional.

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