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Las prácticas

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Las prácticas en política son muy antiguas. Las hay de muchos tipos y de todos los gustos. Pueden ser útiles, justas, peligrosas, seguras, conciliadoras, necesarias, exageradas, interesadas, en fin. Las prácticas en política son esenciales, inevitables, dramáticas, obvias, absurdas, y astutas. Son, así como los seres humanos, sabias y estúpidas. Son.
 
En los tiempos modernos, sin embargo, las hemos ido clasificando en dos tipos muy fáciles de exponer. Las buenas y las malas. Son buenas aquellas que se hacen pensando en el bien común, lo que casi siempre hace el segmento de los verde claro. Pasan a ser malas prácticas aquellas en las que el beneficio es algo más acotado, lo que es normal en la manera de actuar de los verde oscuros. Esto es muy fácil de resumir para todo el resto, los azules, los rojos, los amarillos y los cafés, que generalmente se notician con pocas palabras, distintas todos los días, pero en el mismo papel de siempre.
 
La vida no es tan simple ¿cierto?
 
Decir ayer que lo que hice hoy era una mala práctica fue una torpeza; eso vale para verdes claros y oscuros.
 
Nombrar ministros o subsecretarios a perdedores en una elección anterior es una práctica lógica y razonable. Alguien nos quiso hacer creer que el hecho de perder una elección debía suponer un castigo perpetuo para un político. Eso, sin embargo, era válido mientras este fuera de color claro. Ahora que es de color oscuro, eso ya no es válido. Doble standard,  como se conoce.
 
Dedicarse a la política no es fácil. El contrato de trabajo de un político no es indefinido, y eso es algo que TODA la ciudadanía debe entender. Nuestros políticos, así como los de los países que tanto admiramos, también tienen el derecho de saberse protegidos en términos de expectativas laborales. No se trata de proteger a aquellos que hacen mal su trabajo, lo que un tribunal más objetivo que aquel que lee titulares en los quioscos debe tratar de establecer.
 
La lealtad es una de las virtudes que toda agrupación política necesita mantener, y es en su nombre que algunas prácticas son necesarias.
 
La pequeña ética, entonces, juega su papel más digno. Queremos mejores políticos, entonces debemos ser mejores personas.
 
La oposición de antes, acostumbrada ya a su status, no pensó que podría ser gobierno y no se detuvo a ver el documental que de vez en cuando pasaban en el Discovery Channel, aquel del boomerang. Si lo hubieran visto, habrían aprendido que esa arma es utilizada por los aborígenes para cazar. Y la caza, en política, es una mala práctica.
 
Ser gobernante es un oficio que no se aprende rápido. Las torpezas son inevitables y no tienen dueño. Las torpezas enseñan y se pueden cometer durante cuatro años. No es necesario cometerlas todas, ni por adelantado.
 
Decir que era una mala práctica nombrar ministros y subsecretarios a perdedores de elecciones fue una torpeza. Ni la primera ni la última, lo que de este lado tendremos que comprender pacientemente. Así, cuatro años durarán tres años, trescientos sesenta y cuatro días, veintitrés horas y cincuenta y nueve minutos.
 
Reconocer errores, además de noble, es una buena práctica. hacerlo a medio día, a plena luz y en voz alta es mejor. Reconocer errores es algo que queremos que haga el presidente, no un ministro ni un subsecretario en su nombre.
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