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Lagos

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Recuerdo cuando te vi por primera vez. Tenía 13 años y observaba el programa de Raquel Correa. Me sorprendió tu audacia y quedé prendada de ti, cual adolescente viendo a una estrella de rock. Bueno, yo era adolescente.

Pasaron los años y me tocó votar para la elección presidencial de 1999.

Ni en primera ni en segunda vuelta voté por ti. Aquello que me hizo admirarte se desvaneció conforme se construía la “democracia”. Mucha palabra, mucho discurso, mucha formalidad. En fin, el mundo “corporativo” que se comenzó ha dibujar desde 1989.

Pero ganaste.

Durante los seis años que estuviste en el poder, terminé por desconocer al hombre que me había invitado a "cantar sus canciones". O, tal vez, comencé a eliminar de mi mente esa imagen que construí en torno a ti. Ya sabes, las adolescentes tendemos a fantasear.

Aún así, mientras gobernabas, te busqué en las palabras que decías frente a los empresarios. Frente al ciudadano que, desesperado, se desnudó frente a ti para protestar porque el MOP le expropiaría su casa. Te leía en la prensa tratando de imaginar que tal vez enviabas señales entre líneas para esos-as ciudadanos-as que esperábamos un nuevo despertar. Más amable, alegre, comprometido.

Pero no estabas.

Desapareciste del sueño que nos compartiste e invitaste a vivir, aunque prefiero pensar que te fuiste de viaje para cumplir un anhelo personal.

El día 17 de enero te observé. Tuve la sensación de que no esperabas esa derrota y de pronto te escuché recordando el NO que Chile dio a la invitación para atacar a Irak. Me pregunté: ¿por qué nombrar algo así ahora?

¿Pero sabes qué creo?, Que la derrota te recuperó. Te hizo volver, tal vez de golpe, irónicamente.

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