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Labbé y la dictadura que aún sobrevive

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Con indignación leo lo del desalojo del los estudiantes que se habían tomado los colegios de Providencia, pero con indignación también de saber que quien está detrás de todo sea un alcalde que estuvo ligado a lo más duro y represivo de la dictadura como fue la DINA y que  además fue parte del círculo íntimo de Pinochet, como lo fue el alcalde Labbé.

Causa indignación que se utilice la fuerza para desalojar a un grupo de estudiantes y más aún cuando la fuerza policial sirve a los intereses singulares para pasar a llevar el Estado de derecho. No es como Labbé menciona, que se desalojó para hacer respetar el “imperio del derecho”, si no que para restringirlo y ponerlo bajo la aplicación de la autoridad de turno para cuando estime conveniente. Todo, en estricta oposición a lo que el imperio del derecho representa: la igualdad de los ciudadanos por sobre la autoridad, quienes emergen con poder sólo en la medida que son mandatarios y no mandantes. La autoridad no puede ni debe arrojarse el manejo del Estado de derecho (autoridades como administraciones) por cuanto la autoridad deja de ser mandatada. Basta recordar cómo este principio se pasó a llevar durante la dictadura nazi en Alemania, en donde el Führerprinzip significaba la obediencia al líder más que al derecho. La autoridad en sí era la ley.

En las democracias en que existe el Estado de derecho, el imperio de la ley rige a todos por sobre la orden y el mando de la autoridad, que en el caso chileno se pasó a llevar impúdicamente durante la dictadura.

Así, se ha dicho que la dictadura aún existe y que está en la Constitución, en el sistema binominal, en la preponderancia del mercado y en muchas otras instituciones. Pero también vive en el ethos político nacional, sobre todo en la idea de orden como axioma de cohesión y de paz social, idea que inspira un respeto inefable y que a su vez, se va transformando en un miedo a la disidencia, a dar opiniones fuera de los márgenes establecidos, a apropiarse de los derechos que nos son inherentes como ciudadanos. Y esa misma idea de orden es el caldo de cultivo para que personajes se hagan parte de ella y atenten contra el derecho a manifestarse y opinar como en el caso de Labbé.

La dictadura sobrevive en instituciones que están anquilosadas en la sociedad, en la cultura, pero también a través de algunos personajes. El pinochetismo sigue vivo en algunas personas que fueron parte de las atrocidades de la dictadura.

Haciendo un paralelo con la situación chilena, en el año 1968, los estudiantes alemanes salieron a las calles para protestar por la existencia de nazis en la vida pública alemana. A pesar de haber tenido los juicios de Nuremberg y luego de haber transcurrido más de veinte años de la capitulación alemana, algunos nazis aún seguían manteniendo algunas cuotas de poder que se negaban a dejar. Los estudiantes se levantaron para denunciar a quienes habían conducido al país al peor genocidio que tenga en mente la historia moderna y también para denunciar a la sociedad conservadora que se negaba a ver a los criminales entre ellos y los dejaba andar impunes por las calles.

Pongo ese ejemplo de los estudiantes alemanes porque justo ahora que suceden las manifestaciones más multitudinarias desde el retorno a la democracia en Chile, en que se plantea ampliar la democracia y erradicar los últimos enclaves autoritario de la dictadura, aún tengamos que convivir con algunos jerarcas de ella, que caminan sin pudores y que incluso son parte activa de la vida política de nuestro país, como el alcalde Labbé. No sólo debemos reestructurar la democracia chilena y abrir más puertas a las instituciones para democratizarlas; debemos combatir a quienes hayan defendiendo la dictadura o hayan sido partícipes de ella. Es nuestro problema moral y político sacarlos de la vida pública porque representan el genocidio, el crimen, la tortura y muchas otras atrocidades y además, porque no se condice con una democracia avalar a quienes no creen en ella e incluso han sido parte en destruirla. Es una contradicción enorme que quienes destruyeron la democracia se hagan parte de la política y mediante artimañas que la misma dictadura inventó intenten defender la democracia y el Estado de derecho.

Labbé, en su autoridad, demuestra que aún existen puntos en la sociedad chilena en donde pervive el pinochetismo. Durante los últimos años habíamos pensado que el pinochetismo se había retirado y que ya era parte de la historia y que si todavía daba muestras de existencia no eran más que muestras histéricas, rayanas en lo anecdótico. Sin embargo, quedan lugares y espacios en que sobrevive y se niega a morir.

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Foto: Cooperativa

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