#Política

La vaca de diez lucas

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El principal dirigente del movimiento social de Aysén nos ha dado una lección de política en días recientes. Con una claridad de conceptos que bien nos gustaría apreciar en diversos parlamentarios y ministros, nos ha señalado con singular certeza y simplicidad el meollo de nuestras dificultades políticas.

Recuerda que en tiempos de su viejo, se sellaba con un apretón de manos la venta de un vacuno. -La vaca vale diez lucas – era la conclusión, el fin de la negociación previa, el término del regateo. Llegados a un acuerdo, ambas partes se podían retirar tranquilos hasta el día siguiente, cuando el acuerdo de la víspera, mirándose a los ojos, llegaba a su concreción.

La vaca era la misma, el billete era auténtico. El precio no se cambiaba. El negocio se realizaba porque era un acuerdo entre caballeros. Pobres, tal vez, humildes. Probablemente analfabetos. Pero honrados hasta la médula, confiables y confiados. Las palabra empeñada, el apretón de manos, eran sagrados. A nadie se le pasaba por la mente la idea de un engaño, que la vaca sería cambiada por otra, más flaca o enferma. O que el billete fuera falso, o se llegara con nueve lucas en vez de las diez convenidas.

Lo que estamos viendo en la sociedad en general, pero en la política en especial, es otra cosa. Ahora, la palabra y el apretón de manos valen callampa, para decirlo en términos actuales. – Te puedo ofrecer nueve, tómalo o déjalo – ya no es una falsedad, es un recurso de negociación plenamente válido y que en algunos casos, es celebrado como una estratagema brillante, propia de ganadores.

En política reciente lo hemos visto mil veces. Va un ministro a conversar, pero tras algunos días ni siquiera ha saludado. En privado promete – tal vez, de buena fe – y luego le quitan el piso y lo dejan colgado de la brocha. Se negocia con presiones ilegítimas, con fuerzas especiales, gases lacrimógenos, guanacos. El discurso oficial  iterado hasta el cansancio, habla de buena voluntad, de disposición al diálogo, de generosas soluciones a cambio de un cierto sentido de las proporciones, justicia y sobre todo, paciencia.

Yo creo que paciencia sobra. Aysén lo ha demostrado. Los dirigentes han sabido frenar algunos excesos, productos de le la ansiedad. Han sido responsables, han sido valientes, prudentes y dialogantes. Entienden que las negociaciones son complejas, que se concede, se pide, se exagera, se menosprecia los argumentos del otro.

Se encuentra la vaca flaca, que no vale porque no ha parido antes, que su madre era mala lechera, que los tiempos están difíciles y que los pastos escasean. El otro dirá que la vaca está bajo su precio, que los vacunos escasean, que en el mercado se han transado a doce lucas, que en un año valdrán quince. Pueden pasar la tarde entera en esos argumentos. Entre mate y mate se han acercado las posiciones, la hora avanza, el sol está bajo. Lleguemos a un acuerdo , compadre, ni los once que usted pide ni los nueve que ofrezco, quedemos en diez. La mano que se estira, un segundo de vacilación y la otra mano que sale a su encuentro. –Hecho, compadre, quedemos en diez.

Tal vez, el hecho de hacer la mayoría de nuestras compras en lugares que machacan por la tele interminables ofertas a través de despampanantes modelos que guiñan el ojo, que tienen una fraternal paciencia para esperar tu pago, que te ofrecen – en el mejor de los casos – renegociar cualquier deuda y que luego te aplican una letra diminuta que jamás has leído y que pocos comprenden, nos ha llevado a olvidar la palabra empeñada y el apretón de manos. El comercio detallista, aquel que nuestra siutiquería nos hace llamar retail, nos ha enseñado hábitos lamentables  y nosotros hemos sido buenos discípulos. Nada nos indica que la sección reclamos del público de las grandes tiendas, pertenezca a la misma organización que monta fastuosas vitrinas y campañas de publicidad. Cuando llega el momento de devolver un producto defectuoso, los trámites, las malas caras y el intento de aprovecharse de la ignorancia de algunos es la respuesta habitual. A veces se logra capturar la simpatía del funcionario, quien en el fondo entiende perfectamente lo que ocurre y con aire cómplice te ofrece la siguiente explicación: le encuentro toda la razón, pero son las políticas de la empresa.

La mentira, el engaño, la sinvergüenza y la estafa campean en el comercio y extienden sus oscuros métodos al terreno de la política. Se promete, se amenaza, se miente con descaro, se niega la evidencia en completa impunidad. La palabra no tiene valor alguno, el apretón de manos es, en el mejor de los casos, un saludo. Aún la palabra escrita y firmada ante notario está sujeta a caprichosas interpretaciones. Los abogados viven de encontrar vacíos legales y precedentes absurdos.

La buena gente de Aysén no se resigna a este sistema y añora el apretón de manos, la mirada franca y el acuerdo oral. Yo pienso que debiéramos seguir su ejemplo. Confiar para que confíen en nosotros. Mostrar que la buena fe y la decencia son posibles. Que no todos los métodos valen. Que ser honestos no equivale a ser ingenuos.

Si queremos que las cosas cambien en nuestro país, se hace indispensable que volvamos al sano hábito de la honestidad. Que la palabra vale, que las promesas se cumplen. Que la vaca vale diez lucas.

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Foto: Carlos Luna / Licencia CC

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29 de marzo

Lamentablemente es muy cierto. Desde hace años que se trata de cubrir bajo otros mantos los problemas valóricos y morales. Por ejemplo, se culpa a la economía, pero la verdad es que el problema es que las personas detrás de la economía, los que la forjan, tienen serios problemas éticos. Se culpa a los delicuentes, cuando está comprobado que la delicuencia no es más que un síntoma de las sociedades desiguales (ni siquiera de la probreza, sino que de la inequidad en la distribución del ingreso) que ha sido prácticamente modelada para ser así, para favorecer a unos pocos a costa de muchos.
Mientras antes Chile acepte que el problema es valórico y moral, y TODOS actuemos de manera honesta (pagando el pasaje en el transantiago, dejando de buscar pitutos para todo, pagando los partes y no tratándo de sacárselos, dejando de copiar en las pruebas, etc.) mejor será para el país, pues sólo a través de un cambio así podemos pensar en lograr un país decente.

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