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La sociedad comunitaria de derechos comunes. Utopía para el presente

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La sociedad neoliberal o tardo capitalista, colapsa por agotamiento de perspectivas. El cansancio corroe a los monopolios especulativos del mundo y ya no es posible señalar que estos sean portaestandartes y representen una utopía, a la cual se plegaron los sectores de la derecha mundial. Lo quieran reconocer o no, el capitalismo en su fase neoliberal está encontrando los síntoma de colapso que jamás hubieran imaginado. No es que solamente se hayan dado cuenta, de que, por fin, el crecimiento tiene un límite. No solo eso. Es que la fuerza propulsora de este tipo de capitalismo se encuentra con una incapacidad para construir una propuesta que se asemeje, un poco y desde lejos, a aquellas propuestas de la sociedad de economía social de mercado, que como fantasma y remedo utópico inundaron el ambiente post consenso de Washington.

Las señales que emite la economía neoliberal, desde todos los puntos del orbe, indican que su desarrollo se encuentra incapacitado e impotente para responder al malestar cultural que se anida en la conciencia de los individuos que están inmersos y sometidos a su sistema. Tampoco emerge un atisbo de solución o remedio a los problemas que el propio capitalismo ha creado en el Mundo. Desde su interioridad se atisba una serie de crisis consecutivas.


Quizás si la primigenia conjunción de mestizos solariegos españoles y pueblo mapuches, allá en el siglo XVII en el espacio físico y cultural del Biobío Maulino, represente una de las primeras expresiones de estas primeras sociedades populares comunitarias, que estableciendo propiedad y apropiamiento familiar de la tierra, construyeron formas primigenias de solidaridad a campo traviesa, en los territorios campesinos de los bordes del río Biobío y del Itata.

Siempre se señaló que la economía mundial del capitalismo neoliberal aplastaba y engullía a las otras economías con la cual establecía una relación de dominio. Se señalaba que la economía del capitalismo imponía ciertas relaciones dominantes, haciendo desaparecer a todas a las otras economías. Fundamentalmente de aquellas que provenían de la forma comunidad del campesinado y de las comunidades indígenas. Pero también de los intentos larvados de capitalismo nacionales. Por mucho tiempo también se planteó, que el campesinado y sus formas de reproducción social marcharán ineluctablemente a su desaparición. Viviríamos en el siglo XXI en megalópolis y nuestra alimentación provendría de grandes empresas capitalistas de producción de alimentos. En algún momento la imaginación configuró un plato radiante con una solitaria cápsula,como un futuro inevitable, que simbolizaba el fin de nuestra vinculación con la tierra. La sociedad neoliberal invento la fantasía de la productividad 24/7 y la alienación se hizo cotidiana.

En la segunda década del siglo XXI, pareciera necesario señalar que los muertos vapuleados, gozan hoy por hoy, de muy buena salud. El campesinado que provee nuestra alimentación no ha muerto y sus formas comunitarias constituyen la provisión más importante de alimentos a nivel mundial. Pero sobre todo, su imaginación de una vida buena,va camino de convertirse en un deseo colectivo y comunitario. Las ciudades en el mundo siguen dependiendo de las formas comunitarias de organización de la economía. Y sus habitantes comienzan a demandar una vida alternativa que las aleje de la alienación y les restituya la utopía de una convivencia en solidaridad. En sus distintas expresiones, los moradores de la ciudad capitalista comienzan a colgar huertitos verticales desde cada ventana de sus departamentos y a utilizar sus áreas verdes como huertos comunitarios. Desde las comunidades indígenas hasta las formas cooperativas, se alimenta hoy día, una nueva forma de imaginación del futuro de nuestras sociedades. Desde la conservación de la tierra como hogar de todos, hasta los desarrollos culturales de buen vivir, indican que ha llegado el momento de construir y reconstruir una sociedad comunitaria de bienes comunes, de derechos sociales y de imaginar y construir un nuevo sentido común para imaginar nuestras utopías concretas de cada día.

En Chile, esta sociedad comunitaria de derechos sociales, es un componente cultural de larga data. Y no comienza precisamente en 1810. Quizás si la primigenia conjunción de mestizos solariegos españoles y pueblo mapuches, allá en el siglo XVII en el espacio físico y cultural del Biobío Maulino, represente una de las primeras expresiones de estas primeras sociedades populares comunitarias, que estableciendo propiedad y apropiamiento familiar de la tierra, construyeron formas primigenias de solidaridad a campo traviesa, en los territorios campesinos de los bordes del río Biobío y del Itata. Allí se gestaron nuestros primeros mestizajes. Por mucho tiempo estas sociedades comunitarias a ras de piso, construyeron una cultura plena de derechos y en conflicto abierto o solapado con las regulaciones de la iglesia colonial. Y también con los impuestos y levas de la corona española. Ejercieron resistencia antes que otros, en el Siglo XVIII, y en simultáneo con las luchas del pueblo mapuche.

Desde una política otra, la construcción de estas comunidades, constituyeron una forma comunidad de campesinos propietarios, que junto a la forma comunidad de los lof del pueblo mapuche, establecieron un proceso de larga duración cultural, que se aloja y se sedimenta en la conciencia cultural del bajo pueblo chileno, y que con múltiples ramificaciones se desplegó por todos los intersticios territoriales de lo que más tarde sería Chile. Trataban, persistentemente, de construir una vida alejada de las oligarquías hacendales y citadinas. Transitaron desde el siglo XVII hasta el siglo XX por múltiples y variadas formas de acciones contestatarias y de organizaciones políticas y mutualistas. Hoy, la denominada nueva clase media en Chile, es, sin lugar a dudas, heredera de aquellas formas ancestrales de organización popular, familiar y comunitarista. Y son, por cierto, participes de esa cultura de larga duración. A lo mejor no lo saben. Pero la sociedad comunitaria de derechos sociales está presente en ese largo e histórico inconsciente colectivo. La estructura de su sentir o de su estructura de sentimiento, es tributaria a esa larga cadencia histórica. Y con ello, es probable que una política de erosión del capitalismo se haya instalado definitivamente en Chile. Y también una política de erosión de sus clases dominantes.

TAGS: #ClasesDominantes #ClasesSociales #Discurso #Utopía

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